Este sábado se ha celebrado la feria del cine español: la concesión de los "Goya" (la versión doméstica de los Óscar USA) a la presunta mejor película española y con la misma amable presunción, los mejores directores, mejores actrices y actores y así, hasta a la mejor señora de los retretes de los estudios donde se hicieron los montajes de filmes.

La gran fiesta de nuestra cinematografía, independiente de la alegría de los premiados, según muchos de los que viven de ese negocio subvencionado con cerca de doscientos millones de euros, ha resultado triste por el mal momento que está sufriendo el sector, porque ya nadie nos entretiene criticando groseramente al Gobierno.

Y es que el gobierno actual está funcionando tan dentro de las más exigentes normas de decencia; honestidad; transparencia; rigor; ecuanimidad; y responsabilidad, que muy mala gente habría de ser alguien -en ese gremio sería como una gota de Acíbar en gran superficie de Miel San Francisco- para argumentar un mínimo reproche a una falta inventada. Como no podría ser de otra manera.

Y también fue triste por la no aparición en pantalla de las más clásicas figuras de nuestra pantallas, como son la dulce Pilar Barden y sus dos preciosas criaturas, los simpatiquísimos querubines bardenitos, tan finos, a la vez que delicados querubines, pero, sin pecar de cursis como corresponde a la austeridad de estos dos conspicuos izquierdistas.

Menos mal que quien no faltó, lo que agradecieron los millones de telespectadores nacionales y extranjeros, fue Santiago Segura, una de las grandes figuras de nuestro celuloide, el creador del personaje mundialmente celebrado, Torrente, el Brazo Tonto de la Ley. Cinco filmes que pasarán a la historia de la cinematográfica mundial junto a la clasiquísima "Casablanca" con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.

Al que se le echó de menos fue al inefable Wily Toledo con su inteligente y florido verbo anti todo (es cierto que la gala transcurrió sin la aparición de la nutrida manada de gilipollas que suele aparecer, siendo él, como el buey conductor). Frustrante  para muchos de sus correligionarios rojos su falta, como excesiva la aparición, aunque fuera a distancia, de actores (la comparación rompe la lógica del conocimiento) como Robert De Niro, Al Pacino, Dustin Hoffman, Tom Cruise, Margot Robie, Helen Mirren, Sylvester Stallone, Naomi Watts, Matthew McConaughey o Mahershala Ali, que junto a Antonio Banderas, consiguieron hacernos recordar que el cine existe.

Triste; muy triste también porque no hubo nadie que pudiera acusar de fascista al presidente del gobierno -ya no es Rajoy; es el listo socialista Sánchez- al ministro de cultura (ahora ministra ¿por sus vastos conocimientos? Tal vez por encontrar la ansiada paridad) a la Conferencia Episcopal que, posiblemente por ronquera no se la oye una voz más alta que otra, ni al resto de españoles que seguimos pensando que en el cine español, lejos de que continúe siendo un vehículo de cultura, como se nos quiere hacer creer y es posible que alguna vez lo fuera, lo que están persiguiendo con denuedo quienes lo tienen secuestrado, es acabar de convertirlo en un producto propagandístico de la izquierda, en lucha constante contra todo cuanto pueda ser trastocado de su ser natural, como por ejemplo la biología humana, con un discurso subversivo tratando así de introducir en la sociedad, como bonis en el acerico, unos usos anómalos que, filme a filme; boñiga a boñiga, vayan socavando la normalidad, la moralidad y la ética, valores cuya falta tanto se evidencia en ellos; en sus hechos y en sus dichos, ante la mirada y oídos de las personas consecuentes y respetuosas que, como aficionados al cine, están alejados de los que tienen en España montado ese tinglado, esquirla del trasnochado Soviet Supremo.