Un año de Biden en la Casa Blanca. Caos. Inmersión de Afganistán en el poder talibán y la vuelta de la guerra al continente europeo.

La inestabilidad de Europa en las últimas décadas es cosa de administraciones norteamericanas demócratas utilizando a socialistas españoles como matones de la OTAN: Bill Clinton y el entonces Secretario General de la OTAN, el socialista Javier Solana, regaron de sangre la antigua Yugoslavia en los años 90. Crearon avisperos bélicos, religiosos y étnicos y dejaron a mafias de la droga y el terrorismo en el poder de muchos Estados para satisfacer la estrategia norteamericana de influencia. El narco Estado de Kósovo fue resultado de esta política.

Vuelta a las andadas, esta vez con el senil Biden.
Si la política exterior de Donald Trump generó paz y apagó buena parte de los conflictos heredados de Barack Obama en Oriente próximo, Biden ha empezado a arrastrar, de nuevo, a gobiernos títere como el español a guerras donde nada se nos ha perdido.

La OTAN siempre ha sido una alianza al servicio de la hegemonía global estadounidense. La OTAN pudo parecer un dique contra el comunismo, pero derivó en correveidile de EEUU. La OTAN no es una institución supranacional pues teóricamente no implica la cesión de Soberanía española. Pero sí es una institución internacional de compromisos. Y España entró en ella sin negociar su autonomía y rindiendo sus intereses. Ha entregado a esta organización su tropa, convirtiéndola en auxiliar de EEUU. Nos hemos convertido en una colonia por voluntad propia y aceptando un Tratado que no sólo no protege la españolidad de Ceuta y Melilla ni el Archipiélago canario en caso de agresión, sino que nada opone a la ocupación infame, ilegal e inmoral que Reino Unido ejerce sobre territorio español gibraltareño. PSOE y PP lo han permitido.

El descabezamiento de España viene de atrás. La entrega del Sáhara español en noviembre de 1975 de espaldas a la orden de defensa dada por el General Franco; el lobby español promarroquí encabezado en 1975 por el ministro José Solís y que continúa a día de hoy con otras caras; el acuerdo secreto consignado por Juan Carlos I en 1979 para la entrega de Ceuta, Melilla y Canarias con tal de evitar otra “Marcha verde” (desclasificado por la CIA en 2014); la eliminación de ese ambicioso programa para la bomba atómica y el rearme nuclear defendido por el presidente Luis Carrero Blanco en contraposición a la OTAN y a la sumisión exigida por Henry Kissinger…A todas estas calamidades había que añadir otras posteriores: la apertura de la verja de Gibraltar en 1982 y la entrada en la OTAN consignada por los socialistas que gritaban “OTAN de entrada NO”.

La política exterior y de defensa española del presidente Luis Carrero Blanco se basaba en la amistad hispano-árabe, la renegociación de las bases militares useñas en suelo español, la defensa inquebrantable de Ceuta, Melilla y el Sáhara contra Marruecos, el rechazo a la democracia liberal y a la cesión de soberanía para entrar en la OTAN –como exigía Kissinger- así como la potenciación del programa nuclear español. Esta era la posición soberanista española que molestaban al secretario de Estado Henry Kissinger y que marcó la tensa reunión del 19 de diciembre de 1975, tras la cual Carrero fue asesinado.

La muerte del Almirante supuso el fin de la soberanía militar española.

España es una vulgar ramera de Joe Biden: envía fragatas como la Blas de Lezo, envía cazas y enviará soldados como carne de cañón si es necesario, contra Vladimir Putin.

Desde 1975, puertas adentro centrifugamos nuestra soberanía creando autonomías y exaltando separatismos; puertas afuera aceptando la política dictada por Bruselas, Rabat y la Casa Blanca.

En el actual contencioso entre EEUU y Rusia a cuenta de Ucrania existe un hecho impepinable: Rusia está sitiada por bases norteamericanas apostadas en la frontera Este de Europa; sin ir más lejos en Letonia 300 soldados españoles con carros de combate apuntan a Rusia. A España nada se le ha perdido allí salvo lamer las botas de EEUU.  Vladimir Putin se dedica a hacer en su territorio, y ante los que tratan de achantarle, lo que España no hace: defenderse y sacar músculo.

Putin puede no ser un santo completo de mi devoción, pero tiene una política exterior que es clara: que el matón belicista de turno no le achante, ni le haga una encerrona, ni le sitie con bases militares ni amenazas permanentes.

Joe Biden no se enfrenta a China, verdadero enemigo planetario de la libertad, líder del Foro de Davos, pero si pretende sembrar de conflictos a la Europa sumisa y plañidera utilizando como coartada a Rusia.

Las cuestiones que puedan existir entre dos Estados –Ucrania y Rusia-, entre ellos deberían quedar, y no con la injerencia internacional de la OTAN/ EEUU cuando: primero, Ucrania no es miembro de la OTAN y, segundo, las aventuras intervencionistas de EEUU para “llevar la paz” y la seguridad acaban como en Vietnam, Filipinas o Afganistán. Es decir: sangre, Estados fallidos (véase Irak) y conflictos internacionales permanentes.

Biden es un señor de la guerra. Un tipo pegado a la industria belicista que tanto molestaba a Trump. Por eso anhela la guerra, y lo que es más repugnante: posee a lacayos como el gobierno español. Gobierno español que acaricia el lomo de Marruecos cuando en 2020 se apoderó de las aguas territoriales de Canarias; cuando invadió Ceuta en mayo de 2021 lanzando 10.000 súbditos en edad militar; o cuando convierte el Sáhara occidental –cedido ilegalmente por España en noviembre de 1975- en puerto estratégico para explotar el petrolero de las aguas canarias españolas o para la invasión gradual del archipiélago mediante inmigrantes ilegales obedientes a las élites militares y policiales de Marruecos.

Hoy asistimos a la deshonra máxima de haber desarticulado desde 1975 nuestra soberanía militar y haber convertido nuestra tropa en auxiliar de EEUU para acudir a mataderos donde nada, repito nada, se nos ha perdido. Una completa vergüenza.