Desde el minuto siguiente de fallecer el Caudillo, España comenzó un proceso de deriva suicida de proporción inimaginable, al que hoy pone la guinda con el peor Gobierno posible. Un gobierno de incapaces, surgido de la nada, sin proyecto y pendenciero, de ideas extravagantes y sectarias que acierta sólo cuando rectifica. Un Gobierno, además, sostenido por la peor de las chusmas, los verdaderos enemigos de España, rufianes y criminales que hoy lavan sus biografías abyectas y delincuenciales con la categoría de “señorías”. Gentuza protegida física y judicialmente. Si no tuviéramos fe, si no supiéramos que esto se termina y que todo sirve a la mayor gloria de Dios, seguramente ya nos estaríamos matando.  

Somos un país irresponsable, deshonesto, de timoratos y acomplejados, que no tenemos memoria histórica ni conciencia de identidad, y así nos va. Aquí todo se reduce a nuestro pequeño espacio, a nuestro mundo, y sólo se da uno cuenta cuando llega la tormenta a la vida de cada uno, o cuando cansados y viejos se piensa en el mundo que se conoció, que es el que quisiera quedar a sus nietos. Lo que para nada quiere decir que a estos fulanos no se les dé reconocimiento como si no tuvieran arte y parte en la deriva a la que hoy nos enfrentamos. La lista es larga, cada vez más larga, están entre nosotros, y algunos encumbrados.

Si las gentes del Ejército a las que el pueblo proporciona el rancho no son capaces de advertir cuál es su función, cuál su responsabilidad, cuál su deber, mejor haríamos en quitárnoslos de en medio, y emplear ese presupuesto que gastamos inútilmente para que los pijos les vean desfilar una vez al año, mientras agitan sus banderita nacionales de plástico compradas a los chinos. Puede que sólo con la Guardia Civil tuviéramos suficiente, y no digamos nada si el Instituto estuviera mandado por un Jefe como Don Antonio Tejero.

De las muchas cosas que aprendí durante mi paso por el Ejército, una la he sostenido siempre. Los militares son incapaces de ver la realidad porque se asustan ante ella hasta que no es tan evidente que no queda otra que la razón de la fuerza. Que es siempre un derroche de energías. Y eso, además, porque son instados por los patriotas que son los que antes han tomado la iniciativa. Por eso siempre he admirado a los “espontáneos”, porque, puede que sin un plan suficiente trazado, son capaces de desencadenar una reacción plausible. Y como bien sabemos, bien está lo que bien acaba.  

La historia nos enseña que no se puede esperar, que el problema o los problemas hay que atajarlos antes de que se descompongan. Como hace el cirujano cuando amputa una pierna para salvar la vida.

Seamos claros y veámoslo todos, sobre todo quienes lo pueden atajar. La invasión extranjera es hoy el mayor y más grave problema de España, muy por encima del separatismo, que todavía se puede subvertir; fundamentalmente porque el español, por muy cabrón que sea para con su patria, puede volver a amarla. Mientras que el extranjero siempre amará lo suyo, importándole un bledo lo que nunca considerará como propio, a menos que pueda obtener beneficios.  

Se pudo, no se hizo, pero se puede, articular una política migratoria priorizando a las gentes de los países hispanos, y si de negros se trata, ahí tenemos a nuestros hermanos guineanos, a los que hemos tratado igual que a los de Gambia, Mozambique o Camerún con los que no tenemos absolutamente nada que ver.

Y si es de hablar de la extranjería musulmana, ¡cuidado! Cuidado, y demos sólo dos datos que todos conocemos, y que es conveniente tener en cuenta:

1º.- Que hasta ahora la mayor parte de los residentes entre nosotros eran musulmanes sociológicos, una población que no era monolítica sino plural y diversa, que habían llegado buscando mejorar su  nivel de vida a España.

2º.- Que la yihad, que el derecho musulmán vigente impone como obligación, es la única forma legítima de guerra según el  principio teológico por el cual todo el mundo debe llegar a ser musulmán y construir una comunidad bajo una autoridad musulmana.

Por mi parte nada más salvo alentar una campaña….

¡Qué se desguace el “Audaz”!