Alguno de mis compañeros juristas me ha reprochado (en términos amables, pero reproche, al fin y al cabo) que escriba más sobre cuestiones de índole política que de temas estrictamente jurídicos. No voy a negar que sea así, porque es cierto y, a pesar de que suelo incidir en la necesidad de preservar el Estado de Derecho, (lo cual sí es propio de un jurista) se me suele ir la tecla hacia los acontecimientos políticos de la semana. No lo puedo evitar porque me siento y soy un ciudadano que vive preocupado por el raro ambiente que respiramos (no me refiero solo al dichoso “bichito”) y por la deriva que están tomando las cosas desde la perspectiva del Estado de Derecho.

Lo confieso, por tanto …..soy un Zoon politikón, concepto creado por Aristóteles, cuyo significado literal es «animal político» o «animal cívico» y hace referencia al ser humano, el cual a diferencia de los otros animales porque posee la capacidad de relacionarse políticamente; es decir, crear sociedades y organizar la vida en ciudades[1] Cierto es que existen también especies animales como abejas, avispas y hormigas (entre otros), también son capaces de organizarse por un objetivo común, pero en ninguna de estas especies se da el sentido de la crítica que es completamente propio del ser humano. Tenemos la facultad de ver (observar) y oír lo que sucede a nuestro alrededor y, sobre todo, tenemos el don de la palabra dicha o escrita para expresar nuestra opinión sobre la forma en que somos gobernados.

Esto último es lo que vienen a expresar los conocidos “monos sabios” que ilustran este post y cuyos nombres (Mizaru, Kikazaru e Iwazaru) significan «no ver, no oír, no decir», sin especificar lo que los monos no ven, oyen o dicen.[2] Representan, por tanto, a esa mayoría silenciosa que asiste impávida a todo cuanto les rodea, bajo el convencimiento implícito de que poco podrán hacer para cambiar el rumbo de los acontecimientos. No es mi caso, desde luego, porque no pienso permanecer ajeno y en silencio a los continuos atropellos a los que se está sometiendo al Estado de Derecho, que, en definitiva, es lo que va a condicionar al propio Derecho. Y, si como dice el Eclesiastés, hay un tiempo para todo, creo que en estos momentos no estamos en tiempo de callar sino en tiempo de ver, oír y hablar claramente.

Curiosamente, el nuevo atropello al Estado de Derecho, viene de la mano de una supuesta “libertad de expresión” que es la que, bajo el silencio e inactividad de algunos grupos políticos está permitiendo la violencia en nuestras calles. Una violencia bajo la falsa reivindicación de una supuesta “libertad de expresión”, bajo la que se encubren delitos de incitación a la violencia e injurias de toda clase. Y es que todos los derechos (incluido el de la libertad de expresión) tienen unos límites, más allá de los cuales entran en colisión con otros derechos, aunque ciertamente, no resulta fácil establecer de modo genérico esta frontera. Es lo que sucede con el derecho al honor y a la intimidad, la injuria o la calumnia, que son los aspectos que colisionan con mayor frecuencia con la libertad de expresión.  De igual modo, la apología del terrorismo, la incitación al odio o la violencia, así como la discriminación racial o sexual, son otros casos que también llegan a los tribunales después de haberse realizado alguna manifestación verbal o escrita.

No voy a entrar aquí en esa difícil determinación apriorística del derecho a la libertad de expresión, porque los episodios de violencia callejera desatados con motivo del llamado “caso Hasél” no creo que tengan justificación de ninguna clase. No se trata de ciudadanos pacíficos reclamando mayor libertad de expresión (lo cual sería justificable), sino de una panda de individuos sin credo alguno, saqueando y quemando todo a su paso, muchos de los cuales ni siquiera son españoles.[3] NI los partidos separatistas (especialmente, los catalanes) ni Podemos, que, para colmo, forma parte del Gobierno, han condenado estos actos y, en una especie de deliro, piden que se investigue la actuación de la policía (caso de la CUP), lo cual resulta tan inadmisible como incompatible con el Estado de Derecho.[4] 

Lo que es más grave aún, El último ejemplo llega vía Twitter. «Llegará el día que los vándalos uniformados se encontrarán al otro lado gente 100% preparada para la confrontación. Cuando esto ocurra, será cuestión de horas que el régimen caiga como un castillo de naipes. Significará que han perdido toda autoridad por parte de quien la había concedido: la gente». El comentario pertenece a David Fernández, número 2 de la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC), el brazo civil del separatismo catalán representado políticamente por ERC y JxCAT. Lo escribió el mismo día que un grupo de violentos quemó un furgón de la Guardia Urbana con un agente dentro.[5]

Todo este vandalismo, acompañado del silencio de quien debería salir al paso del mismo, casa muy mal con el Estado de Derecho, en donde el monopolio de la fuerza queda reservado al Gobierno y a sus fuerzas de seguridad.[6] No se puede incitar a la violencia ni injuriar bajo el manto protector de la libertad de expresión y, menos aún cometer actos vandálicos. Pero sí se puede y se debe denunciar la pasividad de quienes tienen la obligación de preservar el orden público porque esto sí que es “libertad de expresión”. Y no hacerlo equivale al no hablar, no oír y no ver de los tres monos sabios que, en este caso concreto, representan más bien la complicidad de quienes por no querer ver ni oír, optan por no hablar y por no actuar.

Pero es que, además, la complicidad con el vandalismo (o terrorismo urbano), que tiene como supuesta bandera o excusa la libertad de expresión, se ve acompañada por una propuesta en el Congreso para controlar los medios de comunicación presentada por Podemos. Y, la verdad, no puede haber nada más contradictorio que semejante propuesta cuando al mismo tiempo se defiende la libertad de expresión de un individuo como Pablo Hasél por cuya boca solo han salido injurias y amenazas (eso sí, a ritmo de rap). Esto es soplar y sorber a la vez porque hay tal desbarajuste en los Poderes Públicos que ya ni sabemos si van a setas o a Rolex (aunque, igual, van a por ambos según les convenga).

Pero todos estos Grupos políticos han debido quedarse con la boca abierta y absolutamente descolocados con la publicación en la revista Harper’s de una carta firmada por más de ciento cincuenta intelectuales, en su gran mayoría de lengua inglesa, en la que reclaman el derecho a discrepar y ha levantado ampollas. Nombres como Salman Rushdie, Margaret Atwood, J. K. Rowling, Noam Chomsky o Francis Fukuyama son solo unos pocos de una pléyade de personalidades heterogéneas entre las que hay negros, blancos, judíos, musulmanes, hombres y mujeres. Carmen Posadas así lo ha puesto de manifiesto afirmando que, en el texto de la carta, los firmantes dicen haber apreciado en la izquierda activista, esa que dice defender causas minoritarias y supuestamente progresistas, una actitud cada vez más agresiva que se concreta en manifestaciones descalificadoras que niegan el derecho a la discrepancia.[7]

Y alguien libre de toda sospecha como Javier Cercas,[8] por ejemplo, dijeron suscribir sin ambages sus postulados. «En España, una carta de estas características es absolutamente inimaginable. La gente está asustada y teme que la vayan a tachar de facha». Incluso apuntó una posible causa para esta inquisitorial conducta. «Las redes sociales –sostiene él– fomentan la aparición de un rebaño mugiente que se dedica a linchar al personal a la mínima. Es peligrosísimo. Se ha instaurado un puritanismo de izquierdas y ahora lo que se lleva es el porno de la indignación moral: qué puro, qué de izquierdas y virtuoso soy». Carmen Posadas termina su artículo diciendo: Me gustará mucho ver cómo Pablo Iglesias y otros puristas acusan ahora de fachas y reaccionarios a Noam Chomsky o a Margaret Atwood.[9]

O sea, que de defensa de la democracia nada de nada, porque todos estos grupos políticos están haciendo lo posible por saltarse la Constitución, acabar con el Estado de Derecho y acercar a España a un régimen comunista-chavista pasándose por la entrepierna lo conseguido pacíficamente desde hace ya más de cuarenta años. Algo para lo que no podemos cerrar los ojos ni los oídos y tampoco la boca (o la tecla), mientras estemos a tiempo. Lo contrario sería convertirnos en cómplices de su burda maniobra. Cierto es que una sola voz se pierde en el desierto cuando denuncia, pero si esa voz se hace coral puede llegar a cambiar las cosas.

De modo que, con esta denuncia, me despido de todos conservando mi sonrisa etrusca, recordando a todos que, como dice el maestro Ihering, el pueblo que no lucha por su Derecho no merece tenerlo

 

 

[1] Aristóteles se preocupó tanto por la naturaleza del ser humano como por sus relaciones sociopolíticas, creía que el individuo solo se puede realizar plenamente en sociedad y que posee la necesidad de vivir con otras personas (civismo), pues mediante las organizaciones políticas o polis puede alcanzar los fines propios de su especie. También, expresó que aquellos que son incapaces de vivir en sociedad o que no la necesitan por su propia naturaleza, es porque son bestias o dioses. Política , I. 1253a 9-10:

De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre.

 

[2] Los tres monos, también conocidos como los «tres monos sabios» o «tres monos místicos», están representados en una escultura de madera de Hidari Jingorō (1594-1634), situada sobre los establos sagrados del santuario de Toshogu (1636), construido en honor de Tokugawa Ieyasu, en Nikko, al norte de Tokio (Japón). El significado del tema de los tres monos es complejo y diverso; así como para la élite intelectual se encontraban relacionados con el mencionado código filosófico y moral santai, entre el pueblo el sentido era «rendirse» al sistema, un código de conducta que recomendaba la prudencia de no ver ni oír la injusticia, ni expresar la propia insatisfacción, sentido que perdura en la actualidad

[3] “El conseller de Interior de la Generalitat, Miquel Sàmper, ha apuntado a la presencia de activistas del anarquismo procedentes de otros países de Europa como responsables de algunos de los altercados más graves que se han vivido en Barcelona en los últimos días a raíz del encarcelamiento del rapero Pablo Hasél. En concreto, Sàmper ha confirmado este mediodía en la rueda de prensa posterior a su reunión con la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que entre los catorce detenidos durante el fin de semana, ha siete vinculados al anarquismo, y de ellos cinco son italianos, uno francés y otro tiene nacionalidad española”. Vid: https://www.lavanguardia.com/politica/20210301/6261783/conseller-interior-senala-presencia-anarquistas-italianos-altercados.html

 

[4] La jerga de Podemos para culpar a la Policía de la violencia en las revueltas a favor de Pablo Hasél. En el siguiente link: https://www.elespanol.com/espana/politica/20210218/podemos-culpar-policia-violencia-revueltas-pablo-hasel/559944526_0.html

 

 

[5] Vid el siguiente link: https://okdiario.com/espana/anc-llama-violencia-vandalos-uniformados-encontraran-dia-gente-combate-6904030

 

[6] El monopolio de la violencia (en alemán: Gewaltmonopol des Staates) es la definición de Estado expuesta por el sociólogo Max Weber (en su obra La política como vocación), que ha sido predominante en la filosofía del derecho y filosofía política en el siglo XX. El concepto define a una sola entidad, el Estado, en ejercicio de la autoridad sobre la violencia en un determinado territorio, de la misma forma que el territorio también se consideró por Weber como una característica del Estado. Es importante destacar que dicho monopolio debe producirse a través de un proceso de legitimación, en la que una reivindicación se establece para legitimar el uso de la violencia por parte del Estado.

[7] Y sigue diciendo Carmen Posadas: “Esta izquierda intransigente –continúa señalando el escrito– cree que su causa es suficientemente justa y necesaria como para anular toda discrepancia y, de paso, sustituye el debate por el silenciamiento o, en los casos más preocupantes, por el linchamiento mediático». Los firmantes aluden a continuación a lo que en inglés llaman cancel culture, ‘cultura de la cancelación’, y que se manifiesta en la nueva costumbre de colgar un sambenito al apestado y denostar su obra y, de paso, también la de todos aquellos que osan expresar una opinión diferente que no comulgue cien por cien con sus premisas reivindicativas. La carta expone, asimismo, que, si bien las causas que se defienden son muy nobles y loables (lucha contra la discriminación racial, sexual, etcétera), el modo de hacerlo es inquisitorial e intransigente, y señala: «La manera de vencer las malas ideas es exponiendo, argumentando, no intentando silenciar ni censurar». Recientemente, un periódico nacional recabó la opinión de intelectuales españoles sobre esta carta. Algunos prefirieron tirar balones fuera. Argumentaron que los firmantes eran unos privilegiados que se sentían agraviados porque su predicamento había disminuido. Otros adujeron que, a grandes rasgos, estaban de acuerdo con sus postulados, pero creían que la carta no llegaba en el momento oportuno y que, con un presidente como Trump en el poder, sus palabras podrían ser instrumentalizadas”. Lo publicado por Carmen Posadas puede leerse en el siguiente link:

https://www.xlsemanal.com/firmas/20200727/derecho-a-discrepar-carmen-posadas.html

 

[8] En 2001 Javier Cercas publicó su novela Soldados de Salamina, la cual lo convirtió en un escritor mundialmente reconocido, recibiendo excelentes críticas por parte de prestigiosos escritores tales como Mario Vargas Llosa,15​ J. M. Coetzee, Doris Lessing, Susan Sontag y George Steiner.16​ Las numerosas ventas de esta obra permitieron al escritor dedicarse exclusivamente a escribir, dejando su oficio como profesor de filología.1​ Una versión cinematográfica de esta novela se estrenó dos años después, bajo la dirección de David Trueba. Su siguiente novela, La velocidad de la luz, que apareció en 2005, revalidó su calidad como escritor y además de ser considerada como libro del año por el periódico La Vanguardia y Qué Leer, obtuvo distintos premios.8​ En sus novelas siguientes, Anatomía de un instante (2009), Las leyes de la frontera (2012), El impostor (2014) y El monarca de las sombras (2017), el autor ha mantenido un fuerte interés por los períodos históricos de la Guerra Civil Española y la Transición española posterior al Franquismo. En la actualidad su obra ha sido traducida a más de veinte lenguas. Por su parte él mismo ha traducido a autores catalanes contemporáneos y a H. G. Wells.

[9] Y dice, también: “Por eso, el saber que un grupo de intelectuales del mundo occidental había decidido alzar la voz para denunciar esta deriva me ha llenado de esperanza y, a la vez, de temor. De temor porque siempre pensé que el hecho de que en España no pudiera alzarse la voz en según qué temas tenía que ver con el inveterado complejo ideológico derivado de cuarenta años de franquismo, y ahora, en cambio, constato que dicha intransigencia es mucho más global. Y de esperanza porque ya era hora de que voces autorizadas y nada sospechosas de ser carcas o fascistas se atrevieran a denunciar los tics cada vez más autoritarios en los que caen las sociedades avanzadas.”