El “Deep State” norteamericano no es moderno, ni proveniente de 1950, como sostienen algunos: es el que mató a Abraham Lincoln, el presidente que quiso desligar a EEUU de la finanza usurera internacional. El que mató en 1963 a Kennedy cuando éste quiso alterar el sistema dinerario fiduciario en manos las grandes familias bancarias privadas que dirigen la Reserva Federal al pretender acuñar moneda soberana. El que organizó el Watergate que derribó a Nixon. El que, a través del Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger amenazó a Luis Carrero Blanco, presidente español, por su ambicioso programa atómico, y finalmente mató al mandatario español empleando explosivo militar y cómo ejecutores a algunos etarras desarrapados. El que intervino, con su necesaria impronta, en el atentado del 11 S de 2001 para la voladura controlada de las Torres gemelas.

Ese “Deep State” existe. Es un complejo interior, industrial, militar y político entrelazado por intereses compartidos de dominio social. Es una estructura alentada por los grandes magnates y sus aliados del “intra Estado”.

Lo tenemos en España, donde el atentado de Atocha del 11M de 2004 estuvo respaldado por servicios de inteligencia españoles y exteriores en colaboración directa con la masonería francesa. Fue un golpe de Estado para llevar a Rodríguez Zapatero al poder y alterar la historia de España. La resolución del atentado concluyó con una sentencia judicial fraudulenta e inverosímil basada en pruebas falsas y que el PP, máximo perjudicado político, se negó a revertir pues sus amos, a los que Rajoy se consagró durante su visita a Veracruz –Méjico- se lo impidieron.

Si tenemos un “Deep State” en España, ¡cómo no lo van a tener en EEUU!

A Trump le montaron un particular “11 M” basado en el aquelarre del circo del “bisonte” y los líderes de Antifa entrando en el Capitolio a través de las verjas abiertas por parte de los servicios de seguridad dirigidos por la demócrata Nancy Pelosi. La “toma del Capitolio” fue una falsa bandera: un movimiento hilvanado por agentes de la CIA y sectores elitistas del poder montando el circo del asalto, con personajes como el ya popular “bisonte” haciendo selfies. El episodio sirvió para diabolizar ante el mundo al verdadero patriotismo trumpista: el de los 75 millones de votantes y 88 millones de seguidores de Donald Trump, dos millones de los cuales salieron a las calles la mañana del 6 de enero para aclamar a su líder.

La Corte Suprema de EEUU, como el Tribunal Supremo de España con la  sentencia golpista del 11M, había apuñalado a la Verdad: no entró a valorar las pruebas materiales del delito, empleó tecnicismos jurídicos absurdos y violó sin escrúpulos la Constitución de EEUU. Biden tenía que ser presidente a toda costa.

La macro dictadura digital de las grandes redes sociales Twitter y Facebook tomó las directrices dadas por sus directivos –miembros de la Banca Rothschild, Goldman Sachs, activistas del Partido demócrata y, en resumen, fondos buitre-, y amordazaron a Trump, no sólo mediante la censura sino lanzando la mentira de que éste había animado un golpe de Estado violento cuando la realidad es que los mensajes del presidente sólo estuvieron dirigidos a fomentar la libre manifestación de sus seguidores desde el rechazo a la violencia y la llamada a la paz.

Los grandes lobbies de la sangre: los abortistas, los pedófilos y los digitales/censores, están ya satisfechos. Tras el golpe de Estado, Trump no ha querido un baño de sangre y se ha ido; no ha llamado a la guerra civil como nos contaron y se ha marchado a vivir junto a su familia, apartado de los globalistas y demoníacos politicastros que ahora pretenden inhabilitarlo por miedo al social patriotismo que, como movimiento de masas, ha sabido excitar la política proteccionista, nacionalista e identitaria de Donald Trump.

El “Deep State” no sólo existe, sino que ha ganado una vez más la batalla. Pero no la guerra. 75 millones de estadounidenses que votaron al partido Republicano no son republicanos; son de Donald Trump. Defensores de las políticas trumpistas de oposición al aborto, de oposición al supremacismo negro de Black Lives Matter, de persecución a la pedofilia de las grandes élites, de oposición a la masonería iluminada satanista, y de consagración a los valores cristianos.

En EEUU no sólo hay un presidente despojado de su victoria; hay un movimiento de masas que esperamos, anhelamos y deseamos que fructifique en un divorcio absoluto del pueblo respecto a las élites y a una democracia trucada, falsa e intervenida por los plutócratas. La polvareda patriótica debe sacudir a EEUU, y demostrar a Occidente que pese al triunfo momentáneo de las fuerzas del mal, hay esperanza.