Un recuerdo de hace muchos años. Travesía solitaria hacia una cima donde nunca había estado, en las primeras estribaciones de los Apeninos, Italia central. A la ida, un sendero bien marcado al principio, luego a veces desaparece y mi única referencia es el contorno de cimas, barrancos y quebradas.

Apenas comienzo el regreso se levanta una espesa niebla que no permite ver a más de veinte metros. Como sabe cualquiera que haya estado en la niebla, el sentido de la orientación se pierde inmediatamente, la única referencia es lo que se puede ver en los siguientes diez o veinte metros, en esas condiciones todas las rocas y todos los árboles son iguales. El camino no es fácil ni evidente, no hay sendero y tengo que orientarme, lentamente, trabajosamente, con el mapa y la brújula que por precaución había traído. Si no hubiera contado con esta ayuda, podría haber acabado en cualquier sitio o incluso malamente. Pero al final, tras cierto tiempo y algo de zozobra, inútil negarlo, llego donde el sendero es nuevamente evidente y sin más problema llego a mi automóvil.

Hay a veces ocasiones como ésta en que las cosas que nos suceden, aunque sean triviales, nos hacen pensar. Porque atisbamos en ellas algo más, un símbolo donde podemos leer algo más que la realidad nos está diciendo, quizá incluso lecciones para nuestra vida.

Y la verdad es que no siempre, por no decir raramente, podemos ver con claridad por dónde nos estamos moviendo, de dónde venimos y adónde vamos en nuestro camino personal; tanto en la vida cotidiana como en la sentimental, más aún y especialmente en nuestra vida interior y espiritual. Pocas veces el aire va a estar tan limpio y claro como para divisar las cosas a distancia nítidamente, perfectamente, tanto como para seguir nuestro camino sin errar. A veces habrá un poco de neblina y tendremos que pararnos a reflexionar un poco. Otras veces habrá niebla cerrada y no veremos a un palmo de nuestras narices. Quizá tengamos un mapa del territorio o sepamos en general la dirección en la que tenemos que movernos, pero si no tenemos otra ayuda, fácilmente terminaremos en nuestros barrancos interiores, extraviados en parajes impracticables o en laberintos de donde no sabemos salir.

Nos puede ayudar un sendero, un camino que otros han recorrido; sabemos que al menos lleva a alguna parte, y el único problema es decidir otorgar nuestra confianza a quien hizo el sendero. Es una cuestión importante, porque no todos los senderos son lo mismo, los hay que terminan en un pantano, que nos llevan al borde de un precipicio. Puede ser anchos o estrecho, fácil o fatigoso, puede ser seguro o requerir atención porque esté resbaladizo, con placas de hielo o incluso plagado de peligros terribles como mierdas de vaca. Con todo, si es un camino válido nos llevará a alguna parte.

Más difícil es llevar solamente una brújula interior, moverse sin sendero o por un sendero mal trazado, teniendo sólo una idea en nuestra cabeza o un mapa que puede ser inexacto. Aun así, si tenemos nuestra brújula, nuestro criterio que nos indique los puntos cardinales, sabremos lo que estamos haciendo y no es poco. Los peligros son mayores que siguiendo un sendero trazado y comprobado, pero es una elección de vida.

Ahora bien, lo que sí necesitamos es una de las dos cosas; no es suficiente simplemente tener un mapa o una idea del camino a seguir. Cuando llega la niebla, como nos llega a todos varias veces en la vida, si no tenemos un sendero o una brújula estamos perdidos.