Juan Antonio López Larrea. Cuando tuve noticia de la aparición de su libro supe que no me defraudaría. Hay vidas que merecen ser contadas. Y la suya lo era y lo es. Por muchos motivos. El principal para que quienes le acompañamos en edad nos veamos reflejados en aquellos años apasionados. El otro, y no menos importante, para hacer ver a quienes alumbran ahora primaveras que la vida es algo más, mucho más, que un dejarse pasar por lugares de ocio sin horizontes más alla de lo visible.

Si hay algo que cuesta hacer entender a una sociedad hiper consumista y narcisista es la existencia misma de otra concepción de la vida que no reporte ningún tipo de beneficio material y sí peligro y riesgos. A esa línea de elegidos por un destino caprichoso pertenece Larrea.

Supongo que él, como yo, y como muchos, tuvo el feliz momento de acceder a una lectura que le cambió para siempre. En mi caso se que fue una trilogía, la de Gironella y sus cipreses que creían en Dios la que me llevó al pensamiento de aquel joven asesinado en las cárceles de Alicante.

Hablamos de un tiempo muy determinado de España. De aquellos años de finales de los 70 y primeros 80. Cuando los que no conocíamos ni de lejos la guerra civil, ni el hambre de la guerra, ni la acomodación de un régimen que debió ser transitorio o haber evolucionado de otra forma a aquella con la que murió un 20 N de 1975 se desmoronó ante nuestros ojos. Hablamos de un cómo y un por qué a aquellos que un destino no elegido nos “tocó” de una forma que nos hizo para siempre de un estilo inconfundible.

A nuestro alrededor, padres, amigos, conocidos, todos quisieron creer en otra España mejor. Al fin y al cabo eso era lo que anunciaban los mismos hombres que estaban demoliendo el régimen en el que ellos se habían instalado políticamente. ¿Quién iba a pensar que iba a ser para algo peor?

Con la rebeldía de una mirada que para nosotros era azul Mahón quisimos revolvernos contra un teatro que desfilaba muy rápido ante nuestros ojos.

Larrea y otros tantos como él, formaron parte de un cuerpo de elite extremadamente radical en sus afirmaciones y acciones. ¿Qué es –o debe ser la juventud- sino una afirmación soberana y radical?

Quizá entonces no supimos ver la trastienda, el antes de lo que prepararon para España y el después de aquellos años 80. Nosotros solo veíamos los atentados de ETA, la reconversión industrial, el desmantelamiento de un Estado y el nacimiento de 17 que se afirmaban pronto contra el que les daba esa autonomía de movimientos. Nosotros solo veíamos como la bandera de España se nos negaba. Todavía era pronto para contemplar como llegaríamos a tener 5 millones de compatriotas en paro, cómo miles podrían ser desahuciados de sus hogares, o cómo las condiciones de vida de los trabajadores podrían descender hasta hacer imposible todas las posibilidades materiales que nuestros padres habían logrado alcanzar para nosotros.

Y lo hacíamos con una rebeldía ciega, con instrumentos que se nos revelaron –quizá- anticuados, porque muchos de nuestros compatriotas ya no se reconocían en ellos. Pero fuimos y eramos abiertamente sinceros en la generosidad y limpieza de los ideales que debían abrazar a todos los españoles sin distinción.

En nuestro fracaso el tiempo nos ha dado la razón cuando hemos visto crecer la injusticia y la desigualdad entre los hombres y las tierras de España.

Esta obra de Larrea no es una carta testimonial de nada pasado ni olvidado. Al contrario, de todas sus letras salta una esperanza que continua viva y su deseo es pasar esa llama . Ser testigo y testimonio de una carrera que está lejos de terminar.

Reconoce errores, algunos de ellos graves y muy serios, pero lo hace con la nobleza del guerrero que sabe que llegar hasta Maraton no era ni es un sendero limpio de trampas y caidos. Precisamente de esos caidos habla Larrea y del recuerdo de su noche más triste al conocer el asesinato de su más insigne camarada. Deja para las palabras de Utrera la descripción de una atmosfera casi medieval en el velatorio del guerrero abatido. Y es aquel hombre andaluz el que nos eriza la piel describiendo aquellos jóvenes formados y firmes con lagrimas de rabia y nos deja con la mirada enturbiada con el relato de aquella carga policial en el dia del entierro. De aquella jornada quedaba claro que el enemigo no era el marxismo, sino el Sistema mismo.

No es un libro de rendición de cuentas. Ni siquiera de rendición. Es el saludo de quien sigue conservando el azul en su mirada por encima de toda contingencia política temporal.

Escuetamente gracias Larrea. Sin más.