Se está llamando al boicot en Twitter al restaurante “Solana” que visitó el señor Iván Espinosa de los Monteros y su esposa Rocío Monasterio.

    La razón que aducen, “que atendieron a la extrema derecha”. ¡Bárbaro!

    Estamos ante un claro caso de “acoso” y puede que “derribo” a un profesional, el cocinero cántabro Ignacio Solana, su propietario, al que pueden hundir el negocio, y a dos personas que de esta forma ven coartada su libertad de acudir a donde quieran y les apetezca.

   En un contexto más amplio, esto es, abarcando a toda la izquierda, es su modus operandi

    Dijeron que con la llegada de la democracia se olvidarían las rencillas, los odios y las afrentas que NO EXISTÍAN entre los españoles. Lo dijeron, pero el odio rojo no cese, no acaba nunca, y si no hacen más, es porque no pueden TODAVÍA. ¡Qué conste para cuando llegue el día de la ira!

    De las acusaciones falsas y los acosos a los domicilios que practicaron con alegría (que ya no practican desde que se lo hicieron a la repudiable paraje Pablo Manuel Iglesias e Irene Montero), ahora, aprovechando las redes en las que son maestros, llaman a boicotear todo lo que no tenga que ver con su mundo de inmundicia. Lo llevan en los genes. Esperemos que cuando haya JUSTICIA en España, y no sea demasiado tarde, todos estos ilícitos se castiguen.

    Ahora bien, también se puede hacer, y hay muchas cosas en este sentido. No ver cine ni teatro español, nicho o nido que viene retroalimentándose de basura ideológica desde la llegada de su democracia. En cuanto a la televisión, ver sólo aquellos programas que todos sabemos. No comprar productos cuando las personas que los anuncian no representan por su raza, AL MENOS HOY POR HOY, a la sociedad española. No caer en el engaño de comprar “producto español”, cuando quienes los sacan de la tierra o los fabrican son extranjeros. Y así, un sinfín de cosas porque el grano no hace al granero, pero ayuda al compañero.

La Audiencia Nacional rechaza el “derecho al olvido” del secretario del juicio que condenó a “muerte” a Miguel Hernández

    Para empezar, a Miguel Hernández no se le ejecutó. Murió en la cama de una tuberculosis, cuando estaba a punto de ser liberado. Comunista pendenciero, a diferencia de toda su familia y de su propia mujer, Josefina, natural del pueblecito de Orihuela (Jaén), pastor de cabras y prácticamente analfabeto, era un pobre paleto que quedó deslumbrado en Madrid, y maleado sexualmente por Teresa León y sus amigas comunistas, a las que les hacía gracia la simpleza del poeta, y a las que Miguel estuvo siempre muy agradecido de lo que le habían ensañado. Tan agradecido, que el protegido y amigo del gran Ramón Sijé, a quien hace una de las mejores poesías de la lengua española (Elegía a Ramón Sijé), se hace comunista recalcitrante.

    Comunista activo y combativo durante los tres años de nuestra Cruzada, fue lógico y normal que habiendo participado del jolgorio criminal de la chusma, tras la Victoria se le procesase y condenase a muerte, pena que, en la inmensa mayoría de los casos y SIGUIENDO EL PROTOCOLO PENAL, se conmutaba por la de cadena perpetua, siendo igualmente que al cabo de unos pocos años se quedaba al preso en libertad.

    Ahí tenemos el caso de Antonio Buero Vallejo, igualmente condenado a muerte, conmutada la pena y puesto en libertad al cabo de seis años. GANADOR SEIS AÑOS MÁS, en 1949, DEL PRESTIGIOSO PREMIO “LOPE DE VEGA” DE TEATRO. Amén de los que obtuvo durante la oprobiosa dictadura1956 y 1957: Premio Nacional de Teatro. 1967 y 1970: Premio El Espectador y la Crítica. 1974: Premio Mayte de Teatro. 1974: Premio El Espectador y la Crítica.

    Esperemos que el DERECHO AL OLVIDO tampoco se conceda cuando el susodicho sea de la parte contraria, esto es, ROJO.