Es sabido que los pobres y los humildes son pasto de los ricos y de los poderosos. Habla el pobre o el humilde, y dicen: ¿quién es ése? Ante su arrogante vejación y maltrato, los ciudadanos comunes deberían despreciarlos a su vez como ejemplos de locura, y maravillarse de paso de los honores casi divinos que los hombres-siervos, sin deberles nada y sin obligación alguna, rinden a los opulentos, únicamente por ser ricos y poderosos, sabiendo que no recibirán de ellos ni un ochavo.

Pero, aunque la plebe conoce y sufre el menosprecio, la indisimulada codicia y la oculta violencia de la plutocracia, de las grandes multinacionales y de los políticos, sicarios suyos en su mayoría, se rinde a ellos y les muestra adoración. Todos los amos que ejercen de tales, hacen suyas las palabras que Shakespeare puso en boca de su Ricardo III, y que ya antes las habían pronunciado los sabios antiguos: Conciencia es la palabra que emplean los cobardes, inventada para frenar a los fuertes. Por eso hacen de sus brazos ensangrentados su conciencia, y de sus espadas sus leyes. Y por eso no tienen nada que ver con la dignidad y la grandeza que se hallan en el sentimiento de lo bello aplicado a los actos de la vida.

Es bien sabido que los ladrones y los asesinos, una vez convertidos en señores por el despojo, instauran a tiros y golpes de soga su modelo particular de ley y de moralidad. Estas gentes forman parte de las principales especies de la iniquidad, que nacen del apetito desordenado de dominar y poseer; constituyen ese poder afrentoso e inhumano, que va contra el orden natural de las cosas.

Son diablos que engañan a las gentes bajo careta benefactora. Más que autoridad se creen seres sobrenaturales, emancipados de los dioses, que torturan, premian, castigan y perdonan a quien quieren, ordenan el mundo a su deseo, y siempre son justos; y que tienen por divinidades las leyes de su sistema, por dogma sus placeres y sus instintos por adivinos. En realidad, así como el torturador no persigue, como primer objetivo, información, tampoco el globalismo capitalsocialista se conforma con amoldar el mundo a su manera; es la humillación exacta y absoluta que fuerce a un individuo a abdicar de su resistencia lo que mueve su primer impulso y lo que se halla inscrito a fuego en su naturaleza.

Con estos mimbres, lo que se llamó «tercera vía», allá por la década de los pasados 90, ha devenido en «nuevo orden». Es otro curioso invento de los amos, muy propio de este nuevo siglo, que consiste básicamente en hacer la misma política que se viene haciendo desde hace décadas, pero con pretensiones justificativas. Los del «nuevo orden» te dejan en el paro, te suben los impuestos o te amenazan con no poder pagarte la pensión, igual que los otros; pero, más modernos, te implantan un chip para controlarte, diciéndote que lo hacen por tu bien, para asegurarte la felicidad futura. Porque ellos tienen sensibilidad, y su meta es conseguir tu bienestar y tu ventura.

Y además de organizar, a través de sus esbirros, eventos -que son negocios- millonarios, con la coartada moral de reservar el 50% para beneficencias, se montan unos grandes congresos o simposios o unas más o menos sibilinas reuniones interdisciplinares con los hermanos, sectarios y cofrades para hacer el seguimiento y constatar el influjo social de sus agendas, retocándolas, si es preciso, al hilo del viento corredor. Ya se sabe: hoy montamos una epidemia, mañana una guerra, pasado mañana una catástrofe ecológica y el jueves un nuevo impulso migratorio, etc. Dando de vez en cuando un paso atrás para disimular.

Creen, con razón, que la estructura material e ideológica la tienen bien sustentada y que controlan la neurosis colectiva y las disfunciones psicopatológicas de la multitud. Y están convencidos de que no son tan ineficaces como los demiurgos del pasado. Pues si bien sus antecesores carecían también de escrúpulos ante la humanidad, ellos poseen un inigualable poder, una sólida unidad y una firme convicción en el objetivo marcado.

Que el Nuevo Orden o Sistema es injusto, es algo que sólo ignoran sus lacayos y los nescientes de todo tipo y color; pero, sobre todo, es moralmente indigno por su radicalismo liberticida, pues pretende la destrucción identitaria de individuos y grupos sociales. Su objetivo final, una vez instalados sus miembros de modo permanente en la atalaya del poder global, es el despotismo lucrativo y el abuso, y su método consiste en hundirnos definitivamente en la subordinación y la dependencia.

Para ello, según expresan tácita o explícitamente sus agendas, se debe destruir la religiosidad natural en todo ser humano y crear una sola religión: la prometeica. Devastar toda raíz del hombre con la naturaleza y toda identidad individual, arrasando sus instituciones personales y sociales, familia, símbolos y tradiciones, sobre todo. Y fomentar la ideología de la muerte, y la del sexo sólo como goce genital: aborto, eutanasia, matrimonio homosexual, mafia LGTBI... Todo ello además de hacerse con el control absoluto de los recursos y procurar la modificación climática y alimenticia; crear un Gobierno universal y una moneda única; mantener una estricta vigilancia y control poblacional y una tiranía sanitaria: altercados y pandemias permanentes, vacunaciones obligatorias, etc.

Pero este neocolectivismo, que trata de ignorar que el alma humana no es colectiva, sino individual, cuenta con la ignorancia o indiferencia de las muchedumbres, dispuestas, aun sin saberlo o sin querer saberlo, a facilitarles la labor. Eso, además de halagarles; porque hagan lo que hagan los tiranos, la plebe consiente, o ríe y adula. Porque esta sociedad no acaba de entender que cualquier cosa es mejor que la parálisis del miedo, que el suicidio de la resignación, que la indignidad del alma servil y estabulada.

Si bien, tarde o temprano, todo intento colectivista acabará en fracaso, el sufrimiento que su vesania impondrá a la humanidad, si esta lo tolera, será brutal e irreversible. Mientras tanto hay que seguir caminando entre tanta pasividad suicida.