Pablo Iglesias quería acercar, teóricamente, el Congreso de los Diputados a la calle. Sin embargo, lo que ha hecho ha sido introducir la calle en el Congreso, haciendo que los debates, que engrandecieron los sistemas parlamentarios mediante el diálogo feroz pero cortés, se conviertan en peleas callejeras entre los diputados de los distintos partidos políticos.

Ante la notoria escasa relevancia política de Podemos, sus representantes parlamentarios se las están apagando, con pataletas y peleas, para no dejar de tener trascendencia mediática. Que apenas estén impulsando iniciativas importantes no parece importarle mucho a Pablo Iglesias.

Rubén Amón, con claras intenciones, ha titulado un artículo suyo, que se ha publicado en El País, “El Parlamento no es un bar”. La asimilación es errónea en ese punto por razones muy simples, ya que, ahora mismo, en cualquier bar, la convivencia es más sencilla y el respeto es más claro que en el Congreso. Sin embargo, si acierta al destacar que se está convirtiendo en algo habitual ver pequeños espectáculos, que demuestran la conversión de la política en un show, con actuaciones que bordean los límites con lo adecuado a efectos éticos y estéticos. Concretamente, Rubén Amón indica que “vestir como la gente viste, al límite del chándal, hablar como la gente habla —me la pela, me la bufa— es la manera que ha encontrado Iglesias para reivindicar sus facultades de mediador social privilegiado”.

En lo que queda de legislatura, seguirá habiendo sesiones que se asemejarán más a un programa de cotilleo o a una pelea de tíos chungos que a una disputa educada y correcta sobre cuestiones que preocupan a los ciudadanos. Así se mostrará la representación de los ciudadanos.

No hay que descartar que un día tengan que ir los antidisturbios al interior del Congreso. Sería algo lógico teniendo presente la progresión de las disputas dialécticas protagonizadas por los diputados de Podemos, que son luchadores incansables.

Habrá que preguntarse por lo que pretendía la mayoría de los votantes de Podemos, en particular. Si querían trivializar la política y convertirla en un programa de televisión de basura, lo han conseguido, pero si pretendían lograr una mejora para los ciudadanos, pueden haber errado en su elección, aunque puede ser algo pronto para averiguarlo.

 

Por el momento, habrá que ir viendo lo que ocurre con Coca-Cola en la mano y, si es posible, con palomitas. Toca asumirlo todo con humor y disfrutar.