Los primeros días de febrero marcan el ecuador del invierno, por lo tanto, ya solo queda la mitad de esta fría estación para alcanzar la deseada primavera que, poco a poco, comienza a adivinarse próxima con la paulatina crecida de los días en detrimento de las noches que acortan su tiempo de estancia con nosotros.

Tal vez esa presencia primaveral, que se advierte casi a la vuelta de la esquina, motive a los hombres a salir de sus casas, pese a que los rigores invernales todavía no nos han abandonado, para celebrar con alegría e ilusión la vuelta a las tareas agrícolas, abandonadas al principio del invierno.

Desde el final de las fiestas navideñas, cuando los Reyes Magos despiden este episodio del ciclo festivo, comienzan a dejarse ver por nuestros pueblos y aldeas una serie de extraños y misteriosos personajes enmascarados que constituyen auténticas reliquias del pasado y que, por uno u otro motivo, alegran los fríos atardeceres invernales, haciendo un paréntesis en la dura vida cotidiana.

La Vijanera cántabra; las Carantoñas extremeñas; el Zangarrón zamorano; el Jarramplás cacereño o las numerosas Botargas manchegas, son buena muestra de estos personajes cuyo origen incierto se pierde en la oscuridad de los tiempos y que, como en el caso del Jarramplás, aguantan estoicamente el ensañamiento de sus convecinos que, literalmente lo apedrean, lanzándole tronchos de nabos, mientras la máscara recorre las calles haciendo sonar un tambor.

Son éstas, un somero ejemplo de las múltiples mascaradas que desde principios de enero se convierten en verdaderos protagonistas del escenario que constituye el marco rural español. Personajes vestidos con ropas multicolores y cubiertos sus rostros con extrañas caretas; jóvenes ocultos tras un disfraz de oso; mascaradas en las que los disfraces hechos con paja adquieren un singular protagonismo; todos toman parte en esta representación popular que presagia la llegada de la primavera y con ella la ansiada vuelta a las labores agrícolas tan necesarias para la economía en el ámbito rural.

Sin embargo, quizás sea febrero el mes en que estas mascaradas se convierten en algo cotidiano, casi rutinario, en una buena parte de la geografía de España.

Se trata fundamentalmente, como en toda fiesta, de desdramatizar la realidad lo que sin duda se consigue con estos viejos ritos populares, nacidos de lo más profundo del alma del pueblo, que sirven para reivindicar el concepto de colectividad, de grupo social, dotado de ciertas peculiaridades propias de una comarca o de una región concreta.

Febrero se apoya, como hito festivo, sobre cuatro pilares: La Candelaria, día 2; San Blas, día 3; Santa Agueda, día 5 y el Carnaval, fiesta movible en función de la celebración de la Pascua de Resurrección. Alrededor de estas cuatro fechas se condensan la mayor parte de las celebraciones festivas más singulares de este curioso mes.

En febrero, entre sus pliegues gélidos, parece conservarse, llegando a nosotros a través del tiempo, los últimos vestigios de las Saturnalias, las Lupercales y la Matronalia romanas; así, pese a las múltiples prohibiciones y a las constantes presiones del poder eclesiástico ejercidas a través de los siglos, los postreros restos de la esencia de estas ancestrales fiestas se han proyectado hasta nuestros días.

La inversión de valores sociales; el gobierno del estamento femenino; las mascaradas, etc., nos evocan unas fiestas nacidas en la lejanía de los tiempos y cuyo enclave cronológico ha sido adoptado, bajo una advocación santa, con la llegada del cristianismo.

Todavía se conservan curiosos ritos relacionados con el día de la Candelaria, la fecha en la que, según el gallego Fraguas, se casan los pájaros. Así, aún en zonas de la ruralía gallega las mujeres van a la iglesia para que les bendigan sus hachones de fuego que luego servirán para ahuyentar las tormentas o para alumbrar al moribundo.

Con la Candelaria media el invierno y por ello no es difícil observar, en alguna de las mascaradas que salen en esta fecha, la presencia de algún disfraz de oso haciendo alusión a la próxima llegada de la primavera, representada por esta joya casi extinguida de nuestra fauna que abandona, con la llegada de la nueva estación, su letargo invernal, renaciendo a la vida al igual que sucede con la naturaleza con los primeros vestigios de la primavera.

Son muchos los pueblos de toda España; desde Vascongadas a Andalucía, desde Valencia a Galicia, en los que se celebra la festividad de San Blas con procesiones y romerías que invocan la protección de este Santo milagroso.   

Una de las fiestas de más rancio sabor es la que se celebra en varios pueblos el día de Santa Agueda. Zamarramala (Segovia), Espinosa de Henares (Guadalajara), Grañen (Huesca) o Casacola (Avila), son buena muestra de los muchos lugares de España en los que, durante un día, asume el mando el estamento femenino. Alcaldesas y Aguedas salen a las calles con sus mejores galas y tras recibir el Bastón de Mando y otros presentes de manos del Alcalde titular, gobiernan durante toda la jornada la vida y milagros de la colectividad, dictando órdenes y tomando acuerdos.

Sin embargo, la cita festiva más señera de este mes la constituye, sin duda alguna, el Carnaval. Antroido, Antruejo o Entroido; poco importa la acepción que se emplee, para denominar a este ciclo festivo que representa, sobre todo, el triunfo de la regeneración vegetal. 

Domingo Faraleiro; jueves de Compadres; domingo Corredoiro; jueves de Comadres; domingo de Antroido o Gordo y lunes y martes de Antroido, son los ejes cronológicos sobre los que se asienta esta fiesta de esencia pagana y cuyo origen se remonta más allá del cristianismo.

Mascaradas, comparsas, chirigotas, invaden con su alegría y satírico humor las calles de pueblos y ciudades durante estos días en los que se exalta la fertilidad, presagiando el final de un invierno largo y especialmente frío.

Personajes míticos, extraños e inquietantes, sacados de antiguas leyendas contadas en baja voz en noche invernal, alrededor del fuego, adquieren en estos días carta de naturaleza. Miel Otxein, el gigante de Lantz (Navarra) o el Peropalo de la comarca de la Vera cacereña, son buen ejemplo de ello. En ambos casos se trata de personajes arrancados de viejas leyendas populares que personifican toda la carga negativa de la que hay que desprenderse ante el inminente despertar de la naturaleza y por ello, en el atardecer del Martes de Carnaval, son juzgados, golpeados y quemados ante el regocijo de todo el pueblo del que han nacido.

Generales, Peliqueiros, Pantallas o Choqueiros, son algunos de los singulares personajes que protagonizan el Carnaval rural gallego, tal vez el más importante, desde el punto de vista antropológico, de todos los que se celebran en España. Se trata de reafirmar, por encima de todo, la realidad de la colectividad de la que forman parte.

Verín, Laza y Xinzo de Limia constituyen la trilogía del Carnaval gallego, algo que hay que vivir para comprenderlo en toda su dimensión social e ideológica. Es preciso perderse entre sus gentes, una fría tarde de Carnaval, para penetrar en su más pura esencia, llegando a conocer sus claves más secretas y mejor guardadas con el paso del tiempo. 

Al final, el Entierro de la Sardina y, con ello, entre llantos de plañideras y abstinencias carnales, la entrada en escena de la temida Doña Cuaresma que viene a poner orden en toda esa inversión festiva que hemos dejado atrás.

Este año, lamentablemente, no podremos celebrar estas fiestas; sin embargo, es de esperar que cuando volvamos a ser los de siempre, podamos nuevamente vivir con toda intensidad estos viejos vestigios de un pasado que se pierde en la noche de los tiempos.