La semana pasada desde las alcantarillas de Moncloa nos mandaban la enésima cortina de humo en forma de ataque homófobo de ocho encapuchados por Malasaña,  que por lo visto iban sembrando el terror por las calles y apresando jóvenes indefensos a los que pegaban y dejaban en sus nalgas una inquietante firma. Poco a poco se fue sabiendo la verdad y fue en el momento en que esta ganó terreno cuando los medios controlados por el Gobierno dejaron de darle importancia al asunto, hasta el momento actual donde ha llegado a desaparecer por completo de la prensa pero no de las memorias de todos los que queremos a España y deseamos una fumigación a fondo de esas alcantarillas.

Y la verdad comenzó cuando la Policía se puso a revisar las cámaras de seguridad de una de las capitales del mundo con más videovigilancia por metro cuadrado. Y, oh sorpresa, del rastro de los encapuchados, nada de nada. Es decir, que los ochos encapuchados además de estar bien organizados para sus fechorías tenían el poder de la invisibilidad.

Al final, el mozo confesó. Que nada, que la historia contaba se la había inventado, que se había pegado una fiesta sadomasoquista con unos amiguetes y se lo quería ocultar a su cornuda pareja. ¿Y quién mejor que Vox para que cargue con los platos rotos de los deslices del chaval? Por supuesto el Ministro del Interior y la Fiscal General del Estado no han tardado en emprender acciones: el primero acciones contra Vox en rueda de prensa y la segunda la acción del silencio. ¿Y el chico? De rositas, por supuesto: ni su cara nos han mostrado en los medios... no sé por qué siempre que hablo de estas cosas me acuerdo de la cara de “El Prenda”, que nos pusieron hasta la saciedad, muestra de la ingeniería social que están desarrollando desde el poder hacia nuestros cerebros. ¿Soluciones? Desenchufe la tele ocho horas al día, su cabeza se lo agradecerá y comenzará a desprogramarse. Y también su bolsillo, que la luz después de la subida comunista de la luz de un 200% va a provocar que los lavados de mentes gubernamentales sean artículo de lujo. Pero salimos más fuertes, que nadie olvide la propaganda.

Me dirá que se va a aburrir sin tele... ¿quiere entretenimiento? Aquí le propongo uno del bueno, pero no me hago responsable de lo que le pueda pasar. Hágase con un ejemplar de Mi Lucha, un libro de autoayuda de un pintor austríaco que la lió parda en el siglo XX. Luego vaya a una biblioteca pública, esa que paga con sus impuestos, y siéntese cómodamente a leer, ahorrará luz y calefacción. Y por último espere, seguro que su libro causa sensación y no deja a nadie indiferente, excepto a los analfabetos funcionales creados por la ESO que no saben de lo que estoy hablando.

Pasado pues el bulete del culete, a la espera del siguiente y echando de menos en qué acabó el bulo de las balas de la rata chepuda que ahora vomita sus ideas en las páginas del diario Gara. Y todo este circo nació no hace tanto. La bulocracia comenzó cuando escuchamos por la radio aquello de las tres capas de calzoncillos y el pubis afeitado. Escuchar eso cuando desde la pantalla veíamos desfilar víctimas es jugar muy muy sucio. Y ahí, pienso yo, nació este régimen putrefacto que nos desgobierna y lleva al país al abismo. Por supuesto que antes de eso se mentía desde los medios, pero a partir de ahí se intensificó hasta llegar a nuestros días donde el bulo ya se ha profesionalizado. La bulocracia como forma de gobierno está entre nosotros y es muy difícil combatirla ya que hoy en día la verdad tiene menos valor que un bolívar venezolano (no lo busque, se lo informo yo: 1 euro son 4'8 millones de bolívares).

Una de las vías de escape a todo esto puede ser el humor. Por eso nadie mejor que Chiquito, ese genio de la pradera, para conocer su versión de los hechos: