Decía el Doctor Eduardo Núñez Martul en un artículo para el diario liberal-conservador La Voz de Galicia, que Australia es un "régimen democrático pleno" y poco sospechoso de comunista, cuestión que no le impide aplicar decretazos para la salvaguarda de la salud de la mayoría sobre los derechos fundamentales de la minoría.

El texto en cuestión, seguro que ha sido del agrado del rey de taifa Núñez Feijoó y sin duda que también gustará a los caciques de Andalucía, Cantabria o Canarias. Para ellos la democracia no puede ser representativa y defender el interés de la mayoría, porque viola los derechos de sus minorías. Sin embargo, ellos sí pueden imponernos, en aras de la seguridad y salud de la colectividad, normas que cercenan los derechos fundamentales más básicos. La cuadratura del círculo realizada por estos prestidigitadores de la farándula política.

Por eso no dudamos que al Doctor Eduardo Núñez y a sus ávidos lectores de la cosa pública, se les pondrá dura cuando leen que el jefe de gobierno del estado de Victoria hizo uso de las de las trazas de Coronavirus "en las alcantarillas" para imponer un confinamiento a 6,5 millones de habitantes en Melbourne. O cuando ven que la dirigente de Nueva Gales del Sur (Sydney), Gladys Berejiklian, admite abiertamente que las restricciones para trabajar o moverse libremente por la calle no terminarán nunca, "incluso con cero casos y el 80% de las personas doblemente vacunadas".

El experimento totalitario en la tierra de los prófugos que aún hoy son súbditos de su majestad la Reina de Inglaterra, no es más que el preludio para llevar esos ensayos y sus resultados a la metrópoli o al otro lado del charco por parte del senil Joe Biden. Por eso nuestros políticos y sus palmeros apesebrados prestan tanta atención a lo que allí pasa, porque como buenos siervos bien saben que deberán obedecer llegado el día que el nuevo sistema se implemente en Nueva York o la pérfida Albión.

Esperemos por el bien de Occidente que prosigan los levantamientos, las manifestaciones y las algaradas callejeras de los australianos en cuyos genes perdura aún la masculinidad tóxica. De ser así, nuestras autoridades nunca podrán implantar ese sistema totalitario que no existe ni en la China más autoritaria y controladora. Y no se crean que les exagero cuando les afirmo, que el nuevo Peter Fechter bien podría ser un australiano que tiene terminantemente prohibido salir de aquella nación en la actualidad. Una distopía al más puro estilo orweliano que en España, teniendo en cuenta nuestra propia peculiaridad, contaría con la posiblidad de que un inmigrante pudiera entrar a nuestro territorio ilegalmente a la vez que no se le puede echar del mismo ¿Se apuestan algo?