El capitalismo se presenta como muy actual y muy moderno, pero nadie puede decir que haya nacido en nuestros días, ni siquiera en el siglo pasado. Viene de bastante más atrás. Ha ido evolucionando y adaptándose, pero siempre fiel a unos principios que vienen desde su origen. Tan fiel a esos principios que su evolución y adaptación son fundamentalmente cosméticas, pues sus principios no han sido sensibles, en absoluto a la evolución de la humanidad. Estos principios fundamentales e inamovibles tienen su origen en siglos pasados. Discutirán los historiadores en qué época podemos considerar que nace el capitalismo, pero en todo caso nos tenemos que remontar a tiempos en que las condiciones materiales de la humanidad no diferían mucho de las reinantes en los dos milenios anteriores.

 

La famosa obra de Adam Smith, La riqueza de las naciones, donde se formalizan las bases teóricas del sistema capitalista, fue publicada en 1776, nueve años antes de que Cartwright patentara su telar mecánico, cuando la máquina de vapor de Watt sólo contaba siete años –fue patentada en 1769-, y la población humana se calculaba en mil millones de personas en todo el mundo. La tecnología moderna, incipiente y reducida a unos enclaves geográficos muy reducidos, todavía no había logrado modificar de una manera sensible las condiciones de vida de los seres humanos. El mundo era mucho más igualitario en su pobreza, pues la diferencia de riqueza entre unas regiones del mundo y otras se mantenía en una relación de dos o tres a uno. Las épocas de escasez y hambruna estaban todavía inevitablemente presentes en toda la humanidad, y la producción era costosa e insuficiente. La tarea de incrementar la escasa riqueza de las naciones, era primordial para toda la humanidad.

 

En esta tarea se enfrasca Adam Smith, tratando de descubrir los principios económicos que, en ese momento y en esas circunstancias, permitieran hacer frente a los grandes problemas que entonces padecía la humanidad. Y se encuentra con El Mercado y sus leyes, que le parecen la panacea que los seres humanos necesitan para incrementar esa riqueza tan escasa de que disponen. Adam Smith lo ve como algo maravilloso. No se trata de un simple mecanismo económico, sino que está dotado de una mano invisible (son sus propias palabras) que, como providencia benévola, es capaz de conducir todas nuestras iniciativas económicas, por muy egoístas y rastreras que sean, al mayor bien de la sociedad. (Desde un punto de vista ético y moral las consecuencias que se derivan de aceptar esta presunta mano invisible son tan demoledoras que requerirían un capítulo aparte)

 

Este papel benéfico del mercado es el dogma fundamental e incuestionable abrazado por los capitalistas desde entonces. Para ellos, si alguien se opone, es debido sólo a su poca agudeza visual. Es que no es capaz de percibir esta benéfica y poderosa mano invisible que nos va a conducir al mejor de los mundos posibles. Lo que estos panegiristas del Mercado no son capaces de percibir es el evidente tufillo mágico que se desprende de la confianza en la famosa mano invisible, lo cual viene a confirma el carácter primitivo, precientífico, de la economía capitalista.