La espiral del odio y la espiral de la violencia. Mutuamente imbricadas, una y otra se realimentan, se fortalecen y crecen. Parten de un mismo punto, son engendradas por una misma madre y un mismo padre: la ambición y el ansia de poder. Luego se pintan de un color u otro: la defensa de la democracia, una fe religiosa, el islam o el cristianismo, da igual, los valores de la civilización europea, ¡la libertad!...

 

En nuestros medios de comunicación algunas partes de las espirales, las que desarrollan los otros, se pintan con los colores más llamativos: los atentados de París y Bruselas se ven como obras de un odio y una violencia fanáticos y demenciales. Levantan brillantes llamaradas de indignación. Grandes titulares en primera plana e impactantes fotografías. Comentaristas y tertulianos mantienen vivo el tema de los atentados islamistas durante días y días. También se resalta el atentado de Lahore, donde la mayoría de las víctimas eran cristianos. Pero aquí no se utilizan colores tan vivos porque, aunque eran cristianos, eran cristianos paquistaníes, o sea, de segunda categoría. ¿Podemos imaginar la que se hubiera armado si la bomba estalla en Notre Dame de París?

 

En cambio las partes de esas espirales que son desarrolladas por EE.UU. y sus aliados se pintan con un color tan suave que se confunden con actividades totalmente justas y necesarias para defendernos de unos agresores brutales y crueles. Parece que los bombardeos de la OTAN en Siria o en Irak o en Afganistán son totalmente asépticos y no producen miles de víctimas tan inocentes como los franceses o los belgas muertos en los atentados. Pero sí, realmente sí las producen, y son combustible para el crecimiento de la espiral del odio y la espiral de la violencia

La expulsión de los refugiados se presenta como una decisión inevitable para defendernos de la invasión de una peligrosa horda.

Pero es una medida xenófoba, contraria no sólo a la más elemental humanidad, sino a principios básicos de los derechos humanos. Y desde luego, lo mismo que los bombardeos, las inhumanas expulsiones empujan a la desesperación y son alimento formidable para fortalecer las espirales del odio y la violencia

Pero es una medida xenófoba, contraria no sólo a la más elemental humanidad, sino a principios básicos de los derechos humanos. Y desde luego, lo mismo que los bombardeos, las inhumanas expulsiones empujan a la desesperación y son alimento formidable para fortalecer las espirales del odio y la violencia.

 

Lo que pasa es que esas espirales llevan el sufrimiento y la muerte a los pueblos de uno y otro lado, pero grandes beneficios a las oligarquías de los países occidentales. En primer lugar a los fabricantes de armas, los que viven de la muerte de los demás. Y también al gran capital internacional. Parece que el objetivo final de las intervenciones occidentales es dejar toda la zona de Oriente Medio llena de “estados fallidos”, con unos gobiernos títeres y corruptos. Una zona donde las grandes multinacionales se puedan mover a sus anchas.

Puede que este objetivo lo consigan. De hecho Libia e Irak son ya dos regiones caóticas donde los recursos naturales, sobre todo el petróleo, han quedado a merced de las grandes compañías petrolíferas. Pero así las espirales del odio la violencia crecen más y más, alejándonos cada vez más de un mundo en paz y de la seguridad y la democracia que dicen defender.

 

Somos los pueblos de uno y otro lado, los que ponemos las víctimas, los que tenemos que romper esas espirales, sin dejarnos arrastrar por el clima racista y xenófobo que tratan de fomentar, y descubriendo los intereses económicos que son los verdaderos motores de la escalada del odio y la violencia.