Una de las sensaciones más hermosas, impresionantes y sensibles que puede tener un ser humano es escuchar -en la silenciosa oscuridad de su butaca- el roce de unas zapatillas de baile sobre las tablas de un escenario. Me encanta el ballet y me encanta El Lago de los Cisnes. Tal vez sin habérselo propuesto, Chaikovski supo reflejar en esta obra maestra la tremenda complejidad del sentimiento nacional ruso, siempre forjado sobre las profundas paradojas de una eterna contradicción. El alma de Rusia o la lucha constante entre las radiantes luces europeas y las sombras terroríficas de Asia. Algo así como los Cisnes de Chaikovski.

Una Rusia abierta hacia Europa dotada de una cultura rica, profunda y brillante. El Cisne Blanco como elemento simbólico de los principios universales de libertad y de progreso. Y un Cisne Negro como reflejo de una Rusia centrada en sí misma y en las fuerzas oscuras de la autocracia despiadada. Una Rusia que, al igual que el Príncipe Sigfrido, es seducida por la fascinación del Cisne Negro por obra y gracia del hechizo del malvado Hobarth. La Historia de Rusia está jalonada por una interminable sucesión de Hobarths maléficos, siempre escorando al pueblo ruso hacia su lado más oscuro. Hobarth alejando a Sigfrido de un Cisne Blanco que bien pudiera ser esa Rusia libre y democrática que muchos deseamos.

Esta contradicción constante ha producido brillantes destellos que ya son patrimonio de todos nosotros. De Tolstoi a Eisenstein, de Rimsky-Korsakov a Andréi Tarkovski, de Rudolf Nureyev a Dostoyevski, de Chéjov al propio Chaikovski, del Bolshoi al Ermitage. Un legado cultural europeo que conmueve, emociona y sacude -cada vez que nos asomamos a estas obras- nuestra conciencia crítica y nuestra sensibilidad emotiva.

Sin embargo, todo esto no debe llevarnos a engaño. La Rusia del Cisne Blanco -la Rusia ilustrada de la cultura universal- no es la Rusia de Putin. Porque no estamos hablando de un legado cultural, sino de un poder dictatorial, militarista, nacionalista y agresivo. La Rusia de Putin no es la Rusia de la sensibilidad poética ni de las vibrantes sinfonías. Es la Rusia de la brutalidad: la heredera de la tradición de inmisericorde tiranía que lleva siglos sojuzgando a un pueblo. Nada que ver con la literatura, con la pintura o con la música y absolutamente inmersa en los modos dictatoriales, en la distorsión propagandística y en la instrumentalización de la violencia. La Rusia de Hobarth y de los poderes oscuros del Cisne Negro.

La cuestión no deja de tener aspectos divertidos. A todos aquellos que hemos defendido a Ucrania desde la primera invasión de 2.014, se nos ha acusado -machacona y tercamente- de rusófobos. La imputación de rusofobia ha sido una constante en el relato del poder ruso frente a su propia ciudadanía como una muy útil herramienta de cohesión. Los rusos lo son siempre y exclusivamente contra algo. Y es que cuando Occidente se ha opuesto a la incesante política expansiva de Moscú, ello ha sido explicado de manera invariable -para consumo interno- como un patológico odio occidental hacia lo ruso. La clave de la rusofobia siempre ha estado presente en la justificación del imperialismo moscovita. Es curioso porque los mismos argumentos y las mismas justificaciones del Régimen de Putin constituyen elementos idénticos a los utilizados en la Guerra de Crimea en 1853 o después de la Batalla de Tsushima en 1.905 o en la declaración de Guerra a los Imperios Centrales en 1.914.

Menudo armazón mediático están montando nuestros particulares rosiyany con eso de que no se ha escuchado a Rusia y que, por eso y a raíz de ese total desprecio de Occidente hacia el mundo rusoPutin no ha tenido más remedio que organizar esta carnicería. Tan peculiar interpretación de la Historia nos echa la culpa a nosotros -los que no creemos en la bondad de la Dictadura Rusa- en vez de a los directos responsables de los bombardeos, de los tiros en la nuca, de los saqueos, de la destrucción de las ciudades y del sufrimiento del pueblo ucraniano. Sin embargo, yo creo que el único enemigo de la cultura rusa es el propio Régimen de Putin, como lo es el militarismo expansionista de toda manifestación cultural: como lo es la pavorosa sinfonía provocada por la artillería pesada de cualquier sinfonía de Serguéi Rajmaninov. Y es que decir que no a las delirantes reivindicaciones geopolíticas de la Federación Rusa equivale -ni más ni menos- a no caer bajo el terrible embrujo seductor del Cisne Negro