Un verdadero rey nada tiene que le pertenezca; su propia persona, inclusive, se debe a los demás, del mismo modo que la jurisdicción no se establece en favor del jurista, sino a favor del juzgado. Cuando se designa un superior no es para su propio provecho, como entienden hoy los mandatarios, sino para provecho del inferior. Los médicos están para curar a los enfermos y si se les llama es para que los auxilien, no para que se atiendan a sí mismos y se despreocupen de la vida de aquellos a favor de su propia vida, como en ocasiones hemos visto en estos días víricos en los que todos los grupos sociales se han retratado, más para mal que para bien, y sólo han brillado algunas individuales, a cuya abnegación debemos estar agradecidos.

 

Reyes -y tiranos- hubo que fueron sacrificados al odio de la muchedumbre por las mismas manos de a quienes injustamente se plegaron y con los que condescendieron. Y el que quiera entender que entienda. Esta clase de monarcas y déspotas, creyendo asegurar la posesión de los bienes y cargos ilegítimamente recibidos, están rápidos para desdeñar a aquellos que representan y están obligados a defender.

 

España está hoy dirigida por individuos que han abandonado las razones de Estado y los principios éticos más elementales para dedicarse a medrar o subsistir desde sus puestos institucionales o desde sus particulares sinecuras. No es posible saciar a esta tropa depredadora que sufrimos, cuyos deseos crecen a medida que se satisfacen. Quien tiene su pensamiento fijo en recibir, no se acuerda de lo que recibió, porque la cualidad esencial de la codicia es la ingratitud.  

 

El juicio de un rey ha de estar por encima de las contingencias de su reino y de su reinado, y ha de ver y considerar a éste como una dominación providencial, un accidente debido a las circunstancias del destino, acertando a cumplir sus obligaciones sin olvidar nunca un código universal de valores, ni la dignidad que, ya que así lo ha dispuesto el azar, corresponde a su misión.

 

Según Marcial, el mayor mérito de un príncipe consiste en conocer a sus súbditos. Y hay que admitir que en esto si se aplican nuestros monarcas democráticos, pues precisamente porque creen conocerlos bien, saben que pueden firmar con absoluta impunidad todo lo que las izquierdas hispanicidas y sus cómplices decreten. Pero no deben confiarse, porque la vida da muchas vueltas, y la muchedumbre, en ocasiones, es impredecible.

 

En su testamento político Franco reinstauró la Monarquía y designó como sucesor suyo a Juan Carlos I. Ese rasgo de sentido común y de generosidad es algo que los beneficiados no se lo han perdonado jamás. Lo que Franco no supo prever es que con su decisión iba a preservar y activar la barbarie frentepopulista contra la que luchó cuarenta años de su vida, dando opciones a los agentes represivos -económicos, sociales, educativos y políticos- para reiniciar el camino hacia la revancha. Y para lograr dicho objetivo la operación se puso en marcha de inmediato.

Una vez logrado o a punto de lograrlo, hoy, en nuestras conversaciones, podemos referirnos a dichos agentes represivos como «los impunes», porque la ley no vale para ellos; y podemos decir que la Transición fue el eufemismo elegido para hacer creíble la gran mentira, pues es sabido que dar credibilidad a una patraña depende de la potencia mediática con que se proclame. No hay verdad que sobreviva al agitprop plutócrata-marxista, ni relato que soporte la laminación de los televisores.

 

Los que no cierran los ojos, quienes nutren sus puntos de vista de razón y de conocimiento, son los únicos que pueden hallar soluciones de futuro. La Transición -la Monarquía parlamentaria-, pues, vista desde nuestra perspectiva actual, ha quedado como un período histórico definido por cuarenta y cinco años de engaño. Si quienes la bendicen son los poderes globalistas, los socialdemócratas occidentales, los hispanófobos en general, todos aquellos para los que Franco, óptimo garante frente al comunismo y frente al resto de Grandes Sectas, era el enemigo a destruir, es que no ha sido ni es buena para España.

 

La corrupción, en estas casi cinco últimas décadas, se ha instalado en las instituciones, es decir, en todos los resortes e instrumentos del poder. Y ello del rey abajo. Y con la tolerancia de una ciudadanía despolitizada, vendida al consumismo y a la libertad sexual más vulgares y disolventes. Los enemigos de España, internos y externos, tratan de dividir a ésta porque saben que todos los imperios y todas las naciones divididas se convierten en ruinas.

 

De ahí que nuestra Transición haya quedado como instrumento de los hispanicidas y como perífrasis de trampa y de corrupción. El engaño con que los poderosos pudieron mantener sus intereses sin correr ningún riesgo. Socialistas, comunistas y sus cómplices de la derecha y del separatismo aceptaron ser los esbirros de la plutocracia sectaria para preservar dichos intereses. Y los llamados «Padres de la Constitución» los encargados de cerrar el modelo con que enterraron aquella España del futuro que dejó en marcha el franquismo.

 

A pesar de todos los intentos por justificar lo injustificable, los hombres normalmente constituidos, intelectualmente hablando, están obligados a advertir que, en todo tiempo y ocasión cuentan más los ejemplos que las palabras, los hechos que los dichos. Que los gobernantes deben ser, por encima de todo, los mantenedores de la justicia. Y el caso es que nuestros reyes de la Transición vienen firmando, y nuestros gobernantes promulgando, aberraciones disolventes tanto para la patria como para el mismo ser humano, con sospechosa y tendenciosa connivencia.

Y ello, bien por sus propias miserias, por servidumbre a las miserias del NOM o por ambas miserias a la vez. El caso es que, en la actualidad, con independencia de la causa, todos ellos representan ante los españoles -al menos ante los españoles de bien- la despreciable materia de la servidumbre. Y que estos españoles no pueden dar al Rey su acatamiento sincero mientras contemplan la postración y tristeza de su patria. 

Odioso entre los reyes cometer -o aceptar- el mal, pues el trono se afianza gracias a la justicia. (Proverbios, 16, 12)