En las elecciones autonómicas madrileñas del próximo 4 de mayo, muchos patriotas -o que se consideran a sí mismos patriotas- van a votar a quienes han colaborado y siguen colaborando en hacer de la patria un estercolero. Depositarán su voto en las urnas de los traidores, de los que han apoyado las leyes totalitarias, de los pervertidos y corruptos, de los que pactan con la antiespaña.

 

¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo un patriota puede otorgar su confianza y reelegir a los enemigos de su patria, a los arteros y cobardes reincidentes? Tres son las razones que pueden explicar esta terrible paradoja, a saber: sectarismo, despecho o ignorancia culpable. No hay más motivos. Todos los móviles posibles se encierran en esas tres causas. Que cada lector elija la que quiera.

 

Y guste o no guste el diagnóstico, no es honesto silenciar en estas horas tal pensamiento. Por mi parte, no quiero, después del día 4, ser reprendido por las palabras que no proferí cuando tuve ocasión y era alentador hacerlo. Nos hallamos en una encrucijada tan dramática que hay que llamar a las cosas por su nombre. Con la modesta intención, si aún es posible, de esclarecer o despertar a las conciencias confusas o dormidas y evitar la deriva hacia el desastre inmediato.

 

Viendo el contradictorio conflicto de tales patriotas es legítimo pensar que en nuestra sociedad actual no existe sino ceremonia, es decir, hipocresía o confusión. La hipocresía y el desatino nos arrastran, privándonos de expresar lo natural y lícito, mientras que acatamos mayoritariamente lo hipócrita, el contrasentido ceremonioso que no es hoy día otra cosa que el pervertido relato de los frentepopulistas resentidos y de sus cómplices.

 

Prescindimos de la esencia de las cosas; abandonamos las raíces y nos vamos por las ramas, y en ellas permanecemos, escondiendo la cabeza bajo el ala para no ver una realidad que nos desasosiega y confunde y que, en cualquier caso, nos retrata, porque a la hora de actuar manifiesta nuestra pereza indiferente, nuestros torpes instintos, nuestra indecisión o nuestra cobardía.

 

Sólo unos pocos parecen guiarse por el sentido común. La mayoría se abandona al viento corredor, aunque sople hacia la catástrofe, y asume las leyes ceremoniosas de la época con un estómago digno de mejor causa, aunque sean éstas, como ocurre en la actualidad, leyes totalitarias y liberticidas, aberráticas en todos los casos.

 

España está sucia. De odio, de violencia, bajo la amenaza de los matones. Pero muchos patriotas parecen dispuestos a desaprovechar la nueva oportunidad que se nos ofrece para limpiarla y, mediante argumentaciones anecdóticas, se muestran dispuestos a reelegir a quienes la han infamado, sin decidirse a coger el toro por los cuernos, ni saber o querer percatarse de que la mirada ha de dirigirse a la luna, es decir, al fondo de la cuestión, no al dedo que la señala o a la manipulación que la oculta.

 

Estamos ante unas elecciones autonómicas en las que se decide el futuro de España a corto/medio plazo, y sólo una interpretación errónea de la democracia, reduciéndola a un nuevo plebiscito mayoritariamente irresponsable o sectario, puede hacernos olvidar la degradación en que se halla la patria en todos los aspectos: institucional, social, cultural, educativo, económico, político y judicial.

 

No existe división de poderes, la Monarquía se halla en entredicho, la unidad de España bajo la piqueta de los violentos, las fronteras desprotegidas por los traidores y violadas por invasores de diseño globalista, el pueblo secuestrado bajo la excusa de una turbia y misteriosa pandemia, la infancia amenazada por los pervertidos, las familias desestructuradas, las tradiciones a punto de extinguirse, la propiedad privada al servicio de los okupas, la religiosidad transformada en tecnología de progreso… y el Estado patrimonializado por los bárbaros y sus lóbis, que viven en la opulencia de los sátrapas a costa del pueblo trabajador.

 

Ha llegado la hora, y en esta hora sólo hay un partido -con posibilidades parlamentarias, ojo- que no ha tenido nada que ver con la ruina que nos envuelve: VOX. A él debieran dirigir su voto aquellos españoles esperanzados en ver resurgir a España de sus ruinas actuales.

 

Luchar contra la barbarie de las izquierdas no es sólo denunciar los atropellos frentepopulistas hasta conseguir aprisionarlos, también lo es aislar para siempre a su nefasto cómplice, el PP, que, además de ser reincidente en sus pactos con éstos, se ha empeñado en obstaculizar permanentemente la irrupción de partidos verdaderamente patriotas a su derecha.

 

Por todo ello, la abstención crítica de ayer y el voto útil de hoy, sólo tienen un camino en este momento crucial. Un camino que, a más inri, debe culminar en la mayoría absoluta. Ojalá que la lucidez de los espíritus libres lo sepa y lo quiera ver.