Siguiendo las directrices de la nueva Ley de Bienestar Animal, he adoptado una rata de alcantarilla a la que he llamado Belarra, desconociendo si entra en los supuestos de mascotas permitidas por el restrictivo marxismo cultural que emponzoña nuestro país.  Belarra me parece un nombre acertado, aunque suena a otras cosas repulsivas por parecido silábico, pero repartidos a partes iguales los cariños por la nueva mascota y la repulsión por lo que representa,  no me he resistido a la adopción aun ignorando a qué clase de multa estoy expuesto a cuenta de la especie protegida que, pese a sus demostrados perjuicios, está sobrealimentada y podemizada. Además las ratas paren como lo que son, a cientos se multiplican, y con la nueva ley, redactada por vagos y maleantes que no han trabajado en su puñetera vida, las sanciones por especie preñada en un descuido ascienden a 60.000 euros, como si fuese tan fácil ganar la pasta prostituyéndose en lo político y lo social y llegar a ostentar por la jeta vil un ministerio. Qué mejor que un perro o un gato sino tener por mascota a mi rata Belarra. Cuidando así de que no pueda reproducirse entre barrotes, me sale a cuenta pues si se me descuida una hembra de otra especie y se queda preñada, con las sanciones de estos roedores bolivarianos pueden ventilarse cualquier economía, si no sirve para el propósito los impuestos saqueados por una desquiciada verdulera del Isofotón. Multas desorbitantes impuestas por criminales de baja estofa. Es lo que tiene robar, a destajo de chiringuitos, las arcas públicas: que pierden la noción de la realidad quienes legislan a decretazos en esta granja que se ha montado a su antojo la chusma socialcomunista. Esta nueva adquisición, la rata Belarra, hará las delicias de mi tiempo libre pues además deseo observar sus costumbres parásitas y depredadoras tal y como analizo el nido bolivariano que se ha convertido en la plaga de Galapagar. Con estos denuedos en pro de los derechos de los animales, por parte de asesinos de niños, quiero que conste mi interés en adoptar alimañas por si fuera posible convertirlas en mascotas inofensivas, tal y como sería si otras ratas humanas dejaran de pulular en el alcantarillado político para quedar recluidas en jaulas a la medida de una Justicia no intervenida, así quebrarles el instinto carroñero y bolivariano.

 
Mi rata Belarra no va en coche oficial ni está a sueldo corrupto de narcodictaduras; es refinada a diferencia de otras y si no enseña los incisivos hasta parece inofensiva,  a pesar de esa mirada escrutadora y repugnantemente fría que poseen los mismos que legislan, con imposición de mamarrachadas, arruinando a millones de hartos ciudadanos.