Nunca debiéramos olvidar que en la vida de los hombres todo es pasajero. El tiempo todo lo va desgastando, pero los seres humanos tenemos un instinto de conservación tan fuerte que nos negamos a aceptar lo inevitable. Así como cada cual ve la muerte como algo que sólo afecta a los demás, del mismo modo vemos como incombustible nuestro vigente sistema político, pero lo cierto es que al final también él acabará inexorablemente en el cementerio de la historia. Nosotros, precisamente nosotros, los españoles que tan de prisa aprendimos a claudicar de todas las seguridades y certezas, que hemos echado por la borda todos los dogmas científicos, religiosos, morales, sociales y familiares, seguimos aferrándonos al dogma político de que el Régimen de 1978 es perenne e inamovible, a través del cual se ha ido inoculando el virus de que importa más el sistema que la propia España y que en caso de que uno de los dos tuviera  que desaparecer que fuera ésta y no aquel; tan demencial como decir que lo importante es el color de la escalera y no la escalera en sí misma. Que a nadie se le ocurra el más leve cuestionamiento sobre la supervivencia de la sacrosanta democracia, cuyas excelencias están por encima de todo lo humano y lo divino, cuando la realidad es que este sistema político es meramente coyuntural como los demás y sin duda llegado el momento tendrá que dar paso a otro sistema diferente, porque así lo exige el signo de los tiempos o porque llegue un momento en que  la situación político-social   se haga insostenible siendo preciso cambiar de rumbo. Bien mirado bastante de lo que está pasando no difiere tanto de lo que sucediera  en la década tenebrosa de los años 30 del siglo pasado; los enemigos de España han vuelto a estar dentro de las  instituciones del Estado y  la cristofobia de  los que gritan: “la mejor iglesia es la que arde” sigue existiendo,  si bien parece que de momento  se contentan con derribar solamente cruces, que dicho sea de paso, ya van unas cuantas.    

  Debiéramos estar apercibidos de que en el momento presente los acelerones y cambios se suceden muy rápidamente y cualquier acontecimiento inesperado puede trastocar el rumbo de la historia.  Aparte del azote del coronavirus, el ejemplo lo tenemos en el 15 M. que originariamente fue un movimiento trasversal, neutro, integrado por las diversas capas sociales, que surgió súbitamente y aunque no llegara a cuajar, bien pudo acabar siendo el principio del fin. Acontecimiento reseñable fue también el asalto al Capitolio Norteamericano el 6 de enero de 2021, cuando nadie lo esperaba, que puso en jaque el sistema político de este país. La cosa no llegó a mayores, pero se comenzó a decir que la democracia había quedado tocada, pasando a ser este acontecimiento en cuestión, un punto de inflexión a nivel mundial, que permite hablar de un antes y un después.       

 A nadie se le pasa por alto de que estamos viviendo tiempos de incertidumbre en todos los órdenes y  el mundo de la política, en cualquier momento puede convertirse en un volcán en erupción.  Los signos de turbulencias son claros, las precedentes crisis de humanismo y de pensamiento lo venían anunciando ya, pero ha tenido que llegar la crisis económica para que el pueblo se percatara de que la cosa no era tan idílica como nos la habían pintado. Aquí en España, las campañas propagandísticas de los estómagos agradecidos, encaminadas a exaltar las bondades de aquellos “Pactos de la Moncloa”, cada vez van siendo menos creíbles para unos ciudadanos que han sido engañados mil veces por unos y por otros, que sufren los efectos del desencanto, viviendo bajo la amenaza constante de la inseguridad y el sobresalto. Si bien hoy resulta exagerado hablar de explosión social, ésta pudiera llegar a producirse finalmente de no darse una regeneración capaz de suscitar en la ciudadanía renovadas esperanzas, tanto en el orden material como en el moral y espiritual.  Se habla ya de la necesidad de que desaparezcan los privilegios y prebendas de la casta política, se desconfía de su autoridad y se añora a personas honestas y eficaces, que pudieran ejercerla más dignamente. La España de los separatismos  se encuentra en una situación política y económica delicada y por si fuera poco el asunto del Rey Emérito ha venido a echar más leña al fuego que bien pudiera acabar en una cuestión de Estado, debilitando aún más el sistema que el mismo propició. Se vislumbran muchos frentes abiertos y cualquiera se da cuenta que “el horno no está para bollos”, los primeros en apreciar el delicado momento que atravesamos son los mismos políticos que enzarzados en un fuego cruzado no cesan de culpabilizarse mutuamente del deterioro del sistema.

 Siempre es arriesgado hacer vaticinios al respecto,  aún  con todo, no deja de ser oportuno hacer previsiones  de futuro  después de haber tomado nota de un fenómeno que forma parte del escenario político-social que nos está tocando vivir y que no es otro que un generalizado estado de frustración popular que se manifiesta a través de los medios digitales de comunicación y a través también de manifestaciones en forma de rechazo. La gente en su gran mayoría no quiere agitaciones en la calle, no está por la violencia, es verdad, pero eso sí, se muestra hastiada, desesperanzada, y habría que preguntarse si existen razones para tanto enfado.  Así las cosas, no es descabellado predecir que antes de lo que se piensa, la gente puede acabar por no conformarse con hacer el caldo gordo al embaucador de turno de manera indefinida y se lo piense dos veces a la hora de tener que acudir borreguilmente a depositar su voto en las urnas cada cuatro años. Estamos hablando de frustración política, pero  existe también la frustración social.

Si proyectamos el foco sobre nuestro presente histórico, pronto nos damos cuenta, que de los tiempos de la transición a esta parte, el panorama ha cambiado sustancialmente y las sensaciones ya no son las mismas. La euforia se ha convertido en pesimismo desencantado, lo cual no deja de ser un mal augurio ¿Qué ha pasado? ¿Qué está pasando? Sin duda la ciudadanía esperaba más de este sistema político; nunca se imaginó que los frutos cosechados iban a ser tan amargos. Nuestra Nación no se merecía estar al borde del abismo, plagada de escándalos, con una deuda pública aterradora, viviendo de prestado y con una tensión constante por lo que pueda pasar en un futuro más o menos inmediato.  Los españoles no acabamos de entender, cómo en pleno siglo XXI, cuando la ola del desarrollo nos envuelve, existan tasas de desempleo elevadísimos, frustración generacional, depauperización económica a niveles alarmantes, que hace que ciudadanos honorables tengan que soportar colas interminables para poder comer un plato caliente.  La hasta hace poco tiempo, encomiable España, tampoco merecía transitar por este desierto de desafección familiar, desorientación moral, hipersexualismo enfermo, libertinaje desacerbado, corrupción social como el que estamos sufriendo; tiempos también  en que los regionalismos insolidarios apegados al terruño, anteponen sus mezquinos intereses o pequeños motivos de orgullo provinciano a la grandeza de una Nación con un pasado histórico tan brillante, sin que apenas acierten  a ver en la Madre Patria otra cosa que no sea un Estado centralizador al que se le puede castigar con deslealtades sangrantes que  producen sonrojo y vergüenza.  En fin, existe la impresión generalizada de que España y los españoles decentes estamos siendo víctimas inocentes de una política nefasta.

Razones hay para sentirse defraudados, claro que las hay, por eso la autocrítica es hoy más necesaria que nunca. Son muchas las preguntas en el aire que  están pidiendo una respuesta urgente  ¿Dónde y en qué  situación se encuentra España tanto a nivel interior como exterior?  ¿Qué hay detrás de todo el entramado político? ¿Cuáles son esos poderes y fuerzas ocultas que actúan entre bastidores? ¿Qué está pasando para que hoy se hable del invierno de la democracia? ¿Por qué los políticos están tan mal vistos y son considerados como una casta parasitaria? Preguntas, muchas preguntas, incógnitas muchas incógnitas.

Dando por supuesto  que hemos entrado en un proceso de desconfianza institucional, bien se puede decir que, hoy por hoy, no parece que la mayor amenaza al régimen del 1978 provenga de fuera, sino de su propia conflictividad interna, de sus propios desajustes y fallos, que están generando desilusión entre unos pacientes ciudadanos y dando pie para comenzar a pensar en otras alternativas, respetuosas, por supuesto, con los grandes principios universales reguladores del orden social, político y moral, como sucediera en otros tiempos. ¿ O es que acaso se puede poner en duda que una persona  recta íntegramente honesta que va con la verdad por delante y que hace siempre lo que debe hacer sin reparar en las consecuencia carece de porvenir político en un sistema como éste?

“A grandes males, grandes remedios” como sucede en todos los estratos de la vida. “A nuevas necesidades y exigencias, nuevos cambios y  compromisos”. El tiempo de las expectativas frustradas y de las promesas incumplidas acaba al final haciéndose insoportable, porque sin ningún tipo de esperanza es imposible vivir. No podremos seguir indefinidamente bajo la amenaza y el miedo, que se nos trasmite a través de la consigna manipuladora, según la cual fuera del  (des)orden establecido no hay alternativa posible. Vivir así no es propio de hombres libres y responsables, sino de seres atemorizados y pusilánimes. Es tiempo de pensar en una trasformación política y habrá que hacerla, mejor antes que después. Llevamos viviendo engañados casi medio siglo al amparo de unas utopías que se han ido desvaneciendo y ya se sabe…. las utopías cuando mueren dejan de ser útiles, cumplíéndose al pie de la letra lo que dijera Borges: “ Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro, significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado”

No sé por cuanto tiempo podremos seguir cobijándonos bajo el paraguas de Europa, pero el caso es que también Occidente se ha quedado sin asideros firmes y se va debilitando y envejeciendo a pasos agigantados. Lo más triste de Europa es que se ha olvidado de los grandes ideales y se encuentra sumida en un grosero materialismo;  también el Viejo Continente está sufriendo los efectos de una cierta eclosión, donde los poderes políticos están sucumbiendo a los intereses financieros y la capacidad de decisión de los gobiernos está siendo mediatizada por fuerzas ocultas de todo tipo. No es disparatado suponer que el vuelco pudiera producirse y que las ideologías y los partidos pasen a segundo plano, como ya ha sucedido con los sindicatos.  Nadie puede detener el curso de la historia. No faltan razones, pues, para pensar que acaso nos encontramos ya en la fase previa que augura el cambio hacia un nuevo proceso político, pero esto lo analizaremos en un próximo artículo.