Una pandemia no puede entrar en conflicto ni cuestionar los datos estadísticos de mortalidad. Porque, en efecto, si se cuestionan no hay pandemia. Y eso es precisamente lo que ha ocurrido.

Tanta evidencia ‘científica’ y nadie ha concebido la pandemia como una ficción virtual técnica gigantesca sin base ni fundamento real, porque apenas hay muertos. Y como en las malas películas o en las guerras transmodernas, si no hay muertos se inventan.

Desde marzo de 2020 el exceso de muertos habidos no justifica una pandemia. Por tanto, siendo precisos, tendríamos más que buscar justificaciones de esta situación habría que volcarse en analizar las consecuencias que ha desatado este tipo tan singular de pandemia cuya naturaleza no es sanitaria sino política.

La pandemia no es un organismo que disponga de voluntad salvo la que le otorga la Organización Mundial de la Salud (OMS). Se ha desplegado mundialmente conforme a la confluencia de innumerables factores estocásticos, públicos y privados, que han coadyuvado al resultado final: la de un panorama presidido por la cultura de la enfermedad, hacia un nuevo horizonte donde lo artificial desplaza el universo de lo natural y donde, desgraciadamente, constatamos con pasmo que sobramos para producir (las máquinas son unas sustitutas perfectas y eficientes de la ‘fuerza del trabajo’) y para procrear (la familia ha sido dinamitada dejando un sexo excedente y estéril).

Todas las fuerzas y energías que los Estados ha puesto para ‘combatir’ un virus artificial solamente han servido para cebarlo en la placa de Petri de la población transformada en recurso biótico. Después de todas las inversiones, de dilapidar enormes recursos, de dañar gravemente el tejido económico y emocional, de desviar las potencias profundas del imaginario en una guerra artificial vírica, al final de todo eso tenemos que afrontar una guerra real.

Y desgraciadamente seguimos pensamos que el ruso se rige por el mismo tipo de comportamiento que el virus de fantasía que nos hemos dado: la vacuna de las sanciones económicas servirá para inmunizar su violencia y para acabar con él.

Pero Europa sigue infectada de gravedad por algo peor que un virus letal: por su extraordinaria estulticia al pensar que puede transformar el mundo a su imagen y semejanza bajo el principio unilateral de lo que define como Humanidad, Derechos Humanos y, en estos momentos, Agencia 2030 de la ONU. Ese es el punto donde convergen al unísono en Europa todos los partidos políticos, de derechas y de izquierdas, de centro y populistas, sistémicos y nacionalistas.

Seguimos operando con la misma lógica de la guerra contra el virus, como si la del ruso fuera también una guerra de ficción. Occidente es incapaz de concebirse sin sus característicos rasgos de potencia que lucha, que combate y que hace la guerra... envuelta en un hermoso papel de celofán imaginario y guiada por el mito del bien a la Humanidad.

Primero, con el virus, se limitó a actuar como si estuviera frente a un ‘enemigo’ de la Humanidad. Segundo, con el ruso, actúa del mismo modo: como si el mal no estuviera en su mismo interior conjugado con el bien, sino como si el mal total estuviera identificado y proyectado fuera, en el exterior de su universo imaginario, y reencarnado en una sola persona (Putin).

Pero seguimos con la misma lógica. Resulta evidente que del mismo modo que el virus ha vencido sin paliativos para moldear nuestra existencia futura en lo artificial, la guerra contra el ruso presenta el mismo resultado final: vencerá el ruso, sea cual sea el resultado, pero para la mayor gloria de la decadencia de la Unión Europea.

Porque el orden Occidental, y en esta zona geográfica, la Unión Europea no puede escapar de los efectos, programados, de sus propias ficciones tecnológicas, de saltar sobre su sombra de soberbia, porque ha optado vivir en y por las ficciones que produce. Eso es Europa: una ficción descarnada que se proyecta en su horizonte de decadencia.

¿Es que hubiera sido preferible que el virus hubiera acabado con un tercio de las vidas del viejo continente, que eso que hemos vivido como una ilusión virtual radical, que ha alcanzado a estremecer nuestra alma, hubiera sido una realidad apocalíptica? Porque después de una guerra real y efectiva contra el virus, seguramente, ya estaríamos exhaustos y careceríamos de nuevas fuerzas para continuar con una guerra real y militar contra el ruso.

Pero hemos apostado por la ficción y tendremos ficción y guerra. Hoy en Europa no hay más que fuerzas virtuales que resultan impotentes para oponerse o neutralizar la capacidad militar del ruso.

¿Por qué? Porque los rusos ya no son soviéticos, ni occidentales, ni liberales… porque los rusos son como el rescoldo de ese fuego que creíamos apagado de ‘la competencia radical entre potencias analógicas’.

La zona europea del orden Occidental solo puede permitirse oponer a Rusia sanciones económicas inútiles, unos medios de comunicación arteros y unas redes ‘sociales’ cretinizadas en la anarquía. Como Estados Unidos de América. Como Japón, Canadá y Australia. Al no poder oponerse militarmente, la suerte de Ucrania y el resultado final del conflicto ya está perfectamente definido.

Pero la situación no deja de ser paradojal. La demonización de Putin supone la elevación al estado angelical de Biden. Y Biden no es más que el último representante del agónico Imperio anglosajón que juega como maestro geopolítico dispuesto a sacrificar a esos inútiles aliados europeos que ha mantenido y defendido durante más de medio siglo.

Pero hay algo más lastimoso. ¿Cómo es posible en Europa que una población transformada en recurso puede tener disposición y ánimo militar?

¿Veríamos batallones de transexuales empatizando con el viril enemigo?

¿Veríamos a viejos, obesos y transidos de enfermedades, haciendo marchas de 1 kilómetro que los dejarían reventados?

¿Veríamos al ‘Cuerpo’ de Tropas Voluntarias del Feminismo extremo exhibiendo por armas ofensivas sus pectorales caídos hacia el suelo?

También es verdad que la Unión Europea no podía intervenir en el conflicto porque Ucrania no es miembro de la OTAN. Esa circunstancia ha permitido a los líderes europeos redoblar su agresividad verbal (que no puede contrarrestar a la militar) sabiendo perfectamente que no intervendrán manteniéndose a salvo del ruso en la zona de confort de su inanidad e irrelevancia mundial detrás de la estructura y de la organización militar de Biden.

Estados Unidos de América tiene la absoluta certeza que un conflicto nuclear no le alcanzará de pleno y podría subsistir. La OTAN es una organización norteamericana y orientaría en su beneficio la estrategia de una guerra nuclear. Y no le importará que Europa fuera arrasada, porque así elimina a un competidor de segundo orden y un gorrón de primer nivel.

¿Qué sucedería si Estados Unidos orientara su agenda internacional retirándose militarmente del mundo, reforzarse internamente digiriendo y saneando la enorme deuda que ha creado su hegemonía mundial y convertirse en la primera nación virtual del mundo?

China, ahora un espectador nervioso e inquieto, no tardará en agitar las aguas de la escena mundial y actuar como siempre ha ocurrido con los conflictos analógicos: luchar como el que más hasta que quede uno.

No podríamos entender nada sin comprender que en un universo dialéctico los bloques están en perpetuo conflicto visceral. Y desde la caída de la Unión Soviética apenas hemos tardado poco más de 30 años en retornar al principio dual que rige los conflictos analógicos: competir para exterminar al otro.

Y en esta novedosa situación ¿qué puede hacer la Unión Europea aparte de narcotizarse para olvidar su impotencia?