El conservadurismo surge de una intuición que todas las personas maduras pueden compartir sin problemas: la percepción de que las cosas buenas son fáciles de destruir, pero no son fáciles de crear.

Esto es especialmente cierto de las cosas buenas que nos llegan como patrimonio común: paz, libertad, derecho, civismo, espíritu público, la seguridad de la propiedad y la vida familiar, en todas las cuales dependemos de la cooperación de otros al tiempo que carecemos de los medios para lograrlas por nuestra cuenta.

En relación a tales cosas, la obra de destrucción es rápida, fácil y euforizante; la obra de creación, lenta, laboriosa y aburrida. Esa es una de las lecciones del siglo XX. Es también una de las razones por las que los conservadores se enfrentan a una situación tal de desventaja cuando se presenta ante la opinión pública. Su posición es correcta pero aburrida; la de sus detractores, emocionante pero falsa.

A causa de esta desventaja retórica, los conservadores defienden a menudo su postura en el lenguaje de la lamentación. Las lamentaciones pueden abarcarlo todo, como las Lamentaciones de Jeremías, exactamente igual que la literatura revolucionaria abarca todo el mundo de nuestros frágiles logros.

Y lamentarse es a veces necesario; sin la ‘labor del duelo’, como la describía Freud, el corazón no puede avanzar de lo que ha perdido a lo que lo reemplazará. No obstante, la defensa del conservadurismo no tiene por qué presentarse en tonos de elegía. No se trata de lo que hemos perdido, sino de lo que hemos conservado, y cómo mantenerlo.”.

Estas palabras pertenecen a Roger Scruton, filósofo, escritor, ensayista, conferenciante, un intelectual incorrecto, audaz y valiente, además de activista político. No tuvo complejos y sin negar su pasado, hizo propio el pensamiento conservador cuando vivió en primera persona el Mayo del 68 y percibió lo que ese movimiento, que para muchos era una pasajera explosión de infantilismo revolucionario, tenía como objetivo real el derribo de la civilización occidental de manos de su propia intelectualidad burguesa. Hoy ante el pensamiento único y políticamente correcto, y frente el cadáver ideológico de la izquierda, en esta era turbo globalista heredera del sesentayochismo, ser verdaderamente transgresor, contracorriente y revolucionario es ser conservador.

Scruton habla de patrimonio común transmitido por generaciones como lo son la libertad, el derecho, la seguridad de la propiedad y la familia. Esos principios básicos de nuestra civilización son lo que se debe preservar, cuidar, proteger, conservar y transmitir a las generaciones venideras. Para el filósofo ingles esos principios fundacionales de Europa y Occidente son los merecen ser conservados, ya que en caso contrario se está condenado a la extinción, a la desaparición no solo de un pueblo sino de una cosmovisión verdaderamente humana, y que es la de la civilización.

Seamos como Roger Scruton, denunciemos la ignominia y falsedad de un poder sin alma ni trascendencia. Digamos la verdad, mantengamos, defendamos y transmitamos los valores que nos han hecho lo que somos sin que ello sea una elegía. Seamos libres, pero de verdad.