“El hombre actual es un hombre permisivo, hedonista, consumista y relativista. No tiene puntos de referencia ni puntos de apoyo, y acaba no sabiendo a donde va; envilecido y rebajado. Un hombre que ha perdido la brújula y se deja llevar por los vientos que soplen en ese momento” Entresacado de unas frases del psquiatra Enrique Rojas

El mundo actual, entregado a un relativismo asfixiante, ha tirado por la borda del barco con el que navega por el proceloso mar de la vida, el sentido moral y la cordura. Y esto es así en todos los órdenes de la vida y, como no podía ser de otra forma, en la política en la que la moral y la cordura brillan por su ausencia.

Hoy todo está asistido por la tolerancia mal entendida. El relativismo puede llegar a justificar hasta el asesinato porque según esta doctrina lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira; no lo son en sí mismas, sino en función de las circunstancias y de la libre y subjetiva opinión de cada uno. En el caso del asesinato, para el relativismo el asesino no es tal porque las circunstancias fueron las que le llevaron a asesinar o porque el asesino, desde su punto de vista - el cual hay que tolerar según la doctrina relativista – no ve ningún mal en el asesinato. Hoy, los ciudadanos, sin referencias, sin nada donde apoyarse, son como hojas que se mueven según la dirección que marcan los últimos vientos que llegan. Es la sociedad líquida de Sygmunt Bauman, esa que adopta la forma del envase donde la echan sin ofrecer la mínima resistencia.

Ciñéndonos a la política, esa marrana monumental que ensucia todo lo que toca y que se revuelca en el lodo espeso y mugriento de los detritos, la moral y la cordura hace muchos años que ni están ni se les espera. La política, al menos en España, se ha convertido en un lodazal de amoralidad, en un muladar de mentiras, en un aquelarre de locura. Nada, absolutamente nada de lo que forma la política posee el brillo de la verdad, el resplandor de lo honesto, la blancura de la moral, la razón de la cordura. Hoy, además, carece de inteligencia porque sus políticos son odres de ambición, están hidrocéfalos de egoísmo, son oligofrénicos de previsión y, entre muchas más cosas, son ruines, mezquinos y torpes lo que les impide actuar sin hacer daño a los ciudadanos, los cuales les importan un bledo. Es imposible que una política amparada en las ideologías, esos instrumentos que multiplican la injusticia y donde se inhuman la ciencia y las ideas y que sirven de excusa a la ambición de los políticos, produzca algo bueno. Una política golfa donde pululan a sus anchas, advenedizos, trepas, buscones donde llenar los estómagos. Política húmeda llena de podredumbre, cubierta de costras y de fetidez. Donde, bajo una monumental hipocresía cabalga un mundo de fracasados, resentidos, oportunistas en cuyas caras se puede leer la suspicacia, la codicia, la pedantería, la mala intención y la cobardía. Y todo trufado con una tendencia congénita a la holganza. Es imposible, digo, que en esa política pueda anidar la moral y la cordura.

En los últimos años, la política ha devenido en una amoralidad sin precedentes, amoralidad que está justificada por el relativismo en el que esta sociedad vive y que permite tolerar lo intolerable, justificar lo injustificable y permitir lo que nunca antes se permitía. A esto añadamos que la política, al menos la que se ejerce en España, carece de la más mínima cordura. Pero, claro, la política la ejercen los políticos y estos son elegidos libremente por los ciudadanos y, como la sociedad vive instalada en un relativismo que castra cualquier conato de moral y de cordura, es imposible que en España se pueda ejercer una política mínimamente razonable porque la mezcla es letal: políticos sin moral y sin cordura y ciudadanos que los eligen a los que la moral y la cordura le suenan a milongas y música para canarios.