Sr. Director: 

    Pacto de Estado con chusma, rufianes separatistas y ex terroristas de ETA. Nefasta gestión de la pandemia a todos los niveles. Guerra abierta con la Oposición de centro-derecha y derecha. Ineficaz política exterior. Intento de manipular al Poder Judicial. Nula respuesta al gravísimo problema de la inmigración. Y para remate nos cae la nevada del siglo que tampoco han sabido gestionar.   

    Parecía difícil un gobierno peor que los presididos por Zapatero, pero Sánchez lo intenta, aunque en puridad, el gobierno que había concebido y ya estrenado no sea realmente lo que se entiende por tal: un órgano constitucional que encabeza el poder ejecutivo del Reino de España y dirige la Administración General del Estado, cuyas funciones son dirigir la política interior y exterior, la administración civil y militar y la defensa del Estado; así como la función ejecutivo y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución y las leyes. Sino algo perteneciente a la aventura, incluso al esperpento, que por sus deficiencias no puede conseguir siquiera marcar un camino. 

    Con un discurso inconexo, no lineal, que sufre continuos e intercalados altibajos, y que, pese a ser rico en efectos especiales, parece dirigido desde lo alto por un arcano a cuya vera tienen lugar la variadas decisiones y actuaciones, se mueven con desusada entrega y emoción dos personajes: el presidente Pedro Sánchez, que ha establecido desde el principio su potente irrelevancia intelectual, y el vice Pablo Manuel Iglesias, siempre con la soga judicial al cuello. Y ambos, en un continuo y cambiante recitativo parlamento que se esfuerza lo indecible para solventar los innumerables problemas que crean. 

    Para qué negarlo, surgen muchas dudas sobre sí se hubiese preferido estar en la España de Pavía.