En el catecismo que nos enseñaban en nuestra lejana infancia se hablaba de “Nuestro Señor Jesucristo”. El catecismo neoliberal, que hoy se ha impuesto en el mundo, asegura que ”Nuestro Único Señor es el Dinero”. En la mentalidad capitalista el dinero está sacralizado. Todo se puede sacrificar: el medio ambiente, la democracia y millones de seres humanos, pero las grandes fortunas ¡esas ni tocarlas!

Ya bastante gente ha señalado repetidamente eso de que el dios de esta sociedad es el dinero. Y Antonio Machado escribió que “Una sociedad no cambia si no cambia de dioses”. Completando esta idea, más de una vez José Luis Sampedro, catedrático de economía y escritor, añadió: “Y el dios de esta sociedad es el dinero”.

Eso de la adoración de la riqueza no es nuevo en la historia humana, pero parecería que con el predominio absoluto que el cristianismo consiguió en Europa durante largos siglos, el culto al dinero debería haber desaparecido. Desde luego ni Jesús ni los apóstoles tenían ni idea de eso que llamamos “capitalismo”, pero con el lenguaje de hoy podemos decir sin la menor duda que el mensaje de Jesús es un mensaje radicalmente “anticapitalista”. Sus palabras: “No podéis servir a Dios y a la riqueza” manifiestan taxativamente que la búsqueda del beneficio económico es incompatible con el servicio a Dios. Son caminos alternativos. Uno u otro.

Eso de la adoración de la riqueza no es nuevo en la historia humana, pero parecería que con el predominio absoluto que el cristianismo consiguió en Europa durante largos siglos, el culto al dinero debería haber desaparecido. Desde luego ni Jesús ni los apóstoles tenían ni idea de eso que llamamos “capitalismo”, pero con el lenguaje de hoy podemos decir sin la menor duda que el mensaje de Jesús es un mensaje radicalmente “anticapitalista”. Sus palabras: “No podéis servir a Dios y a la riqueza” manifiestan taxativamente que la búsqueda del beneficio económico es incompatible con el servicio a Dios. Son caminos alternativos. Uno u otro.

La misma idea está repetida en múltiples pasajes del evangelio: “¡Ay de vosotros los ricos!”, “Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los cielos”. Y lo mismo podemos leer en otros escritos del Nuevo Testamento: “La raíz de todos los males es el amor al dinero”. Pero el amor al dinero es muy seductor y, a pesar de la contundencia de esos principios evangélicos, al final fue la jerarquía eclesiástica la que acabó convertida en una de las instituciones ricas y poderosas de la sociedad, defensora infatigable de la propiedad privada.

A lo largo de la historia de la Iglesia se han levantado multitud de voces clamando por una vuelta a los principios evangélicos de rechazo a la riqueza y llamada a compartir los bienes de la tierra. Pero han sido siempre sofocadas de una manera u otra por el peso muerto de la jerarquía. De todas maneras la situación se había vuelto tan escandalosa que en el siglo pasado algunos papas, sobre todo Juan XXIII, retomaron el rechazo evangélico al afán de riqueza.

Hoy el papa Francisco asume con toda contundencia esta postura evangélica que le lleva a rechazar sin paliativos el sistema económico dominante en el mundo: la divinización de la riqueza. El problema es que el culto al dinero está muy arraigado en nuestro mundo. El imaginario colectivo de nuestra sociedad tiene como uno de sus puntos clave que la felicidad se logra con el consumo, es decir, que el dinero sí da la felicidad (“Imaginario colectivo” es un concepto de las ciencias sociales, acuñado en el año 1960 por Edgar Morin, que designa al conjunto de ideas que, en cada momento, funcionan efectivamente como de "mente" social colectiva)

Mientras ese mito del dinero como fuente de la felicidad no se destruya, es inútil pensar en un cambio social profundo. Y el mejor camino para destruirlo es alcanzar una vida plena y satisfactoria sin depender del consumo.