Resulta significativo e inquietante que durante la cumbre virtual del G-20 la República Popular China, mediante su presidente Xi Jinping, impulsase el proyecto: un sistema internacional de viaje basado en el código QR. Este pretende establecer, en coordinación a nivel internacional, quién puede viajar y quién no puede hacerlo mediante un registro que determine quién estuvo vacunado o infectado con el virus de Wuhan. 

Estremece solo pensar en la similitud con un salvoconducto del Gobierno Mundial para el control global de las personas mediante tecnología 5G comunista. El maocapitalismo corre con ventaja para establecerse como el modelo impulsado por el globalismo, por el Foro Económico Mundial, las Naciones Unidas y su agenda 2030. Los gobiernos nacionales e incluso la oposición en la mayoría de los casos, han aceptados los conocidos como Objetivos de Desarrollo Sostenible, los 17 puntos que en menos de diez años cambiarán el mundo de acuerdo a los objetivos de las elites plutocráticas.

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La pandemia del Covid-19 justifica casi todo, también la perdida de las libertades básicas y elementales aceptando el control, seguimiento, rastreo e incluso detención de los ciudadanos considerados “peligrosos” para la salud pública. Un neojacobinismo global de tecnoguillotina sanitaria ha sido puesto en marcha.

La Cumbre virtual de Líderes del G20, realizada bajo la presidencia del rey árabe saudita Salman bin Abdulaziz, dejó como novedad el certificado de salud o pasaporte sanitario global, o el ahora conocido también conocido como el código QR de Xi.  Para el líder chino, la iniciativa está pensada para aplicarse a cada individuo en este planeta mediante el uso de un código QR, que estandarizaría los procedimientos para que las personas pudieran volver a moverse a partir de su implantación. En su país los códigos QR que contienen información, y que los smartphones pueden escanear y leer, son de uso generalizado y obligatorio para el rastreo de personas desde el mes de febrero. Nadie se mueve en China sin que lo sepa el gobierno, incluso sabe el estado de salud de cada ciudadano. Es el triunfo de la tiranía tecnocomunista del Big Data, que da un paso más allá a la del mundo distópico orwelliano de 1984.

En China ya llevan tiempo aplicándolo. Además han implementado un sistema de códigos para la movilidad tipo semáforo. El código verde permite el desplazamiento, el código naranja indica que la movilidad de la persona está limitada y el rojo que debe permanecer en cuarentena sin poder salir de su domicilio ni tener contacto alguno con otro ser humano. El teléfono móvil y el código QR son la policía política ideal del Gran Hermano de Oriente.

Los semáforos ya suenan también en España y en el resto de Europa, igual que los códigos QR. Ya vemos en la televisión el uso cotidiano de este código para ampliar información y tener la última hora relativa al Covid-19, y todo ello ofrecido como un paso más allá hacia el bien del ciudadano. La misma BBC News, que no podemos denominarlo como un medio conspiranoico de la extrema derecha, advirtió que los códigos podrían usarse como un medio para “una supervisión y exclusión política”, agregando que “un enfoque inicial para la salud podría convertirse fácilmente en un caballo de Troya para un seguimiento político más amplio”.

Hemos visto también en el telediario del medio día a una parejita de españoles enseñando alegremente y con sonrisas, las maravillas de la nueva normalidad en el gigante asiático y lo eficaz de las políticas aplicadas que deberían ser tenidas en cuenta en Occidente. Poco a poco, pero sin pausa se ha ido avanzando con firmeza en la construcción y aceptación del llamado “relato”.

La nueva normalidad, guerra de vacunas mediante, control y delación hacia el disidente de la era Covid ha sido aceptada mayoritariamente como hecho consumado. El discurso único y el modelo totalitario se va imponiendo ante el terror pandémico a la muerte.

Lo que hasta hace poco tiempo era terreno especulativo de la ciencia ficción distópica hoy se ha convertido en sociología, antropología y política. Quizás para algunos la adaptación y la obediencia sean mejores que la muerte civil y el anonimato en el Mundo Feliz de Aldous Huxley, que cada vez está más cerca. Tal vez otros no acepten gustosos llevar un código de barras y ser leídos por un scanner para salir de casa. Tal vez, cuando menos lo esperemos, así suceda.

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