Antes de empezar declaro que tengo derecho, título y credenciales  para  hablar de Filosofía pero carezco de  títulos para hablar de Teología,.. Lo  cual no quiere decir que la ignore, la menosprecie o no la haya estudiado. Todo lo contario, cuando he podido, mi  hambre de conocimientos de todo tipo,  me ha llevado a  cursos de Teología, en sus diversas ramas: dogmática, moral,  ascética y hasta mística. Este último sobre mística,  en francés y sobre, seguramente, con el mejor texto como base posible: el de Tanquerey. Lo cierto es que me  precio de valorar al súmmum,  la ciencia que versa, nada más y nada menos,  que sobre el Creador...

Esta introducción  está motivada por la pregunta que planteo y cuya última respuesta  corresponde a los teólogos:

En la doctrina  revelada por Cristo,  expuesta en los Evangelios y  glosada después por los Padres de la Iglesia, ¿cuál de las dos virtudes—ambas fundamentales--  es ‘más trascendental’, la Verdad o la Caridad?”

Por una parte,  nos enseñaron y  así lo creemos –pues, el  propio Maestro divino, lo afirma-- que “toda la Ley y los Profetas”  se resumen  en dos mandamientos: “Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a ti mismo”.

Pero por otro lado,  el mismo Jesús, cuando faltaban unas horas para morir en la Cruz, le dice  a Pilatos: “Yo para esto nací y para esto vine al mundo: para ‘dar testimonio de la VERDAD’…. (Por supuesto, no hay ni puede haber contradicción posible, entre ambas afirmaciones, quede claro)

No es una pregunta baladí porque tiene consecuencias prácticas en la vida del cristiano. Quienes por convicción, dedicamos nuestras vidas  como seglares católicos, a la defensa de la Fe, y hacemos de ello una obligación, ¿a qué debemos darle prioridad,  a la “defensa del AMOR” o enfocar nuestros cañones al “triunfo de la VERDAD”?

Este escrito es consecuencia de uno de los últimos artículos de D. Alvaro Romero en el CORREO DE ESPAÑA, donde afirma: “a mi sinceramente, ‘me importa un bledo’ la libertad de expresión”.

Suscribo tal afirmación totalmente,  por la sencillísima razón aducida por  D. Alvaro: porque la libertad “absoluta” para decir lo que a uno le viene en gana, no existe como derecho y debe estar limitada. Los sabios y santos papas del siglo XIX,  lo dejaron muy claramente expuesto en todos sus documentos al respecto. (Doctrina que aplicó Franco  inteligentemente, para bien de España, en  defensa contra sus enemigos…)

Este “mito” embustero --la cacareada “libertad de expresión”--es un invento salido de la “oficina de ideas y proyectos” de la bimilenaria Sinagoga de Satanás, que, además de haberlo sabido convertir en “materia tabú” de la Democracia, ha  conseguido de la “inteligencia de bestias” de los goyim”, verlo ascendido a dogma de Fe “democrática”.

Volviendo al hilo del artículo, mi respuesta a la pregunta planteada es clara  como mi convicción. Ciertamente,  la Iglesia de Cristo es la Religión del Amor, y el Verbo Divino lo da por sentado, pero, en la práctica,  Cristo  dedica su vida evangelizadora a subrayar la importancia de la VERDAD,  a hacerla triunfar  y a combatir,  con toda la fuerza de su autoridad y energía, la mentira en todas sus formas. 

Mi respuesta por deducción lógica humana, se decanta a ver al Creador inclinándose del lado de la  mayor trascendencia por la defensa de la verdad. “Él”, nos presenta la Verdad como madre de la “libertad”: “La Verdad os  hará libres”. A mi entender, es una pista.

Ya que el hombre sin Verdadera Libertad –como la entiende nuestra  Fe--– no es nada, es una vulgar bestia, sin capacidad de creer, de adorar y de amar  a Dios y al prójimo. Por lo tanto, poseer la Verdad es el fundamento de todo, incluido el Amor. Así se explica que la afirmación de Jesús: “Yo para esto nací y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la Verdad” Vino a dejar constancia de nuestros pecados y de haber venido a salvar muriendo en una Cruz. Y a revelarnos todas las verdades ocultas hasta su Encarnación. 

Completa su enseñanza definiendo al diablo como “padre de la Mentira” y mostrando su máxima indignación ante la hipocresía, por ser tal proceder  la mentira “cuajada en realidad palpable” y  el súmmum de la mentira.

Desde mi punto de vista “humano” --de simple seglar católico practicante y  militante pero estudioso y conocedor la Historia de la Iglesia, de su Doctrina, de su Tradición y de su Apologética--,  estoy convencido de que los efectos nefastos del Vaticano II son consecuencia de haberlo apartado del proceder de los veinte Concilio Ecuménicos anteriores, cuyo objetivo último era siempre: la VERDAD  de nuestra Fe. Evitarle o limpiarle de los errores salidos de las cavernas satánicas.

Los modernistas condenados por los papas León XIII, Pío X, Pío XII, tras un golpe de Estado genial,  lo cambiaron,  por una “ilusa adaptación” al Mundo moderno,  fomentando el “diálogo” con quien Cristo había maldecido y prevenido: “Vosotros no  sois del Mundo”, “yo no rezo por el Mundo”. Eso sí, ¡siempre embusteros!, lo  vistieron todo de  “Amor a los pobres”, “amor a las  minorías”, “a los incomprendidos…”; siempre envuelto en “seudo-amores evangélicos”.

He dado mi opinión. Me gustaría oír la de los Modernistas en cuyas manos está la Iglesia Católica, hoy.