El discurso que Macarena Olona dirigió contra las directrices de la inimaginable ministra Irene Montero, redujo a ésta a un silencio abyecto que jamás le perdonará. La diputada de VOX se limitó a describir la realidad, es decir a poner en evidencia las taras frentepopulistas representadas por la indocta funcionaria. Pero describir la realidad a los paranoicos significa enfrentarles ante un espejo que refleja su estilo de limpiachimeneas, algo que ni aceptan ni perdonan.

Estos demontres son peores que las fieras. Las fieras matan para sobrevivir, pero no son criminales porque no pueden serlo. La experiencia nos dice que ni la virtud ni la inteligencia se enseñan, pero no sé si en el caso de la maldad cabe la enseñanza. Por eso algunos desconocemos si estos psicópatas se hicieron día a día o nacieron hechos; lo que sí sabemos es su increíble capacidad para hacer daño.

Están acostumbrados a gobernar siempre con la propaganda, nunca con el trabajo, porque son conscientes de que ante la plebe la demagogia todo lo gobierna. Se deleitan hablando de la democracia, del progreso y de los pobres, pero se deleitan aún más violándolos y empobreciéndolos.

La experiencia del coronavirus ha sido el colofón de una lamentable estrategia con la que la voluntad de los malvados viene sometiendo a los españoles desde hace más de cuatro décadas. Éstos se han dejado dirigir por los que por envidia o por codicia nunca se satisfacen, y con ellos de la mano se han hartado de rendir culto a sus paranoias ideológicas.

Debido a la crisis del coronavirus, numerosos ciudadanos han aceptado de buen grado la reclusión para evitar la muerte. Pero no es evitar la muerte lo difícil, sino evitar la maldad, porque ella es mucho más rápida que la muerte. Y así, acabado el confinamiento, saldrán de él declarados por los carceleros, si no dignos de muerte, sí dignos de esclavitud, bien dispuestos, como han demostrado hallarse ante la maléfica doctrina de los cancerberos.

Los españoles están a punto de perder su libertad, si no la han perdido ya. Pero se hallan enredados en lo vulgar y en lo contingente, indiferentes ante la malevolencia de sus diabólicos gobernantes. Como los dioses son justos y convierten nuestros vicios en instrumentos para castigarnos, justo es que estos sucedáneos de la raza ibérica paguen ahora -no sólo con sus impuestos- las consecuencias de su abandono moral, su indiferencia o su ignorancia culpable. Lo terrible es que, por culpa de los pecadores, tengan que pagar también los inocentes.

Lo positivo del Covid-19 es que ha mostrado de manera descarnada la viciada realidad de una ciudadanía inerte ante un neofrentepopulismo obstinado en regresar al terrible pasado. Una sociedad insensible ante la partidocracia nepotista que controla todos los resortes del poder, que humilla las libertades y desprecia a la soberanía popular mediante ataques permanentes a la Constitución, pucherazos electorales y secuestro de los medios informativos predominantes; ante delincuentes y dementes, demagogos que se autodenominan demócratas, mafias rosas, redes clientelares, intelectuales orgánicos y charlatanes de feria, todos ellos viviendo como auténticos burgueses a costa del erario público.

Y esa mezcla de ignorancia, vulgaridad y encanallamiento en que se ha convertido gran parte del pueblo, lo acepta gustosa. Por eso es de temer que la vil satisfacción del monigote consumista que, de la mano de sus amos, ha llegado a ser sobrecogedora, salga más degradada aún tras esta prisión. Y si solía mostrarse indiferente ante los peligros de la patria, seguirá mirando hacia otro lado, aunque ya no sean sólo las orejas del lobo lo que asoma, sino el cuerpo entero de la fiera, abalanzándose sobre la plebeya indiferencia con los colmillos a punto del degüello.

No obstante, algunos confían en el despertar de la masa social, no porque su sensibilidad moral reviva, que no puede revivir lo inexistente, sino por los problemas subsidiarios padecidos, incrementados por la ineptitud de los gestores. Problemas de índole familiar, laboral, económica, educativa, sanitaria, etc., que, con su amplia casuística, habrá de padecer a corto y medio plazo.

Los amantes de la mentira, los que especulan con los muertos torciendo las estadísticas para defender su gestión del confinamiento, que incluso se permiten sacar pecho ante la catástrofe provocada por sus decisiones, están silenciando el deterioro de la intimidad tras el leonino enclaustramiento, es decir, la multiplicación de los divorcios, de las neurosis, de las depresiones, de los problemas generales y específicos de salud y de confianza en el futuro.

Porque -aparte del desastre económico- si cada persona lleva un enfermo en potencia, si no sólo la infancia y la juventud necesita vitalidad, esta gigantesca penitenciaria en que los guardianes han convertido el país no puede ser aceptada precisamente como salubre. Las cosas pudieron haberse hecho de otro modo, más humano y eficaz, pero las incongruentes y abusivas directrices de los lacayos del Sistema, su intrínseca maldad, prefirió imponer su ideología, anteponiendo el secreto sufrimiento de los confinados al orden y a la claridad.

Los falsos palabreros, que se dedican a fomentar las dos Españas para luego exterminar a una de ellas, estos personajes resentidos hacia todo aquello de lo que ellos carecen: excelencia, elegancia, pensamiento, nobleza, abnegación, esfuerzo, ética…, están gobernando a una sociedad inanimada con la ufanía cerril y desafiante de los piojos resucitados.

Pero ya está bien. Sabemos que no es posible contar con la muchedumbre, que se mueve sin criterio propio, y sabemos que las aguas de los ríos no pueden regresar a sus fuentes, ni el pueblo español a su pasado imperial o franquista, pero eso no debe empujarnos al suicidio colectivo, aceptando el látigo y la perversión de los totalitarios. Los españoles libres, los hombres y mujeres de bien, están obligados a lanzar el envite decisivo para recuperar, regenerándola, esta España de hoy, moribunda y crepuscular, y hacer de ella un proyecto aristocrático de moral y justicia.