El psicólogo Nelson Zicavo definió la “Padrectomía” como “el alejamiento forzado del padre, cese y /o extirpación del rol paterno y la pérdida parcial o total de los derechos paternales ante los hijos, lo cual conduce a una vivencia de pérdida con fuerte impacto negativo para la estabilidad emocional del hombre, sea este progenitor o no y en donde el niño sufrirá la deprivación paterna con gran dolor”.

Esta práctica, la padrectomía, propia de países como España, en los que el feminismo es una de las principales industrias de la nación, países que presentan un Derecho de Familia desigualitario, esto es, en el que la jurisprudencia tiene sexo y prima los derechos de la mujer frente a los derechos de padres e hijos, está íntimamente relacionada con el Síndrome de Alienación Parental (SAP). Pero como tal síndrome está prohibido en España, entonces digamos que se trata de una interferencia parental que incapacita a todo progenitor para ejercer la guarda y custodia de los hijos respetando el interés superior del mismo.

Cualquier país sano, moderno, democrático, en un contexto constitucional, preserva el interés superior del menor y el derecho de su progenitor a mantener una relación sana con él, sin mediación de artimañas o estrategias encaminadas a perturbar la relación paterno filial y el mundo afectivo.

  La relación de un padre con sus hijos nunca debiera centrarse en exclusiva en procurar bienes materiales (llevar dinero a cas de la mamá), que ese y no otro es el eje de giro del feminismo español (obtener casa y pensiones varias), no, sino que además, y en mayor medida, dicha relación se basa en el ejercicio normalizado de la paternidad y coparentalidad, en donde ha lugar la transmisión de valores, el intercambio y consolidación de los afectos, en un ámbito de reparto de tiempos de convivencia lo más parejo posible.

  En este contexto, el mismo concepto de régimen de visitas es una aberración moral y una práctica inconstitucional, desfasada. De ahí que obligar a los hijos a que vean a su padre sólo en encuentros esporádicos, alejados de su ambiente habitual y cotidiano, en escenarios tan artificiales y antinaturales como los llamados puntos de encuentro, condicionadas esas visitas al capricho del otro progenitor es un ejercicio absoluto de terrorismo feminista de Estado, de violencia doméstica estructural generalizada.

La mejor estrategia para enfrentar la padrectomía sería, a nuestro entender, supervisar anualmente las custodias monoparentales (maternas en un altísimo porcentaje) a través, por poner un ejemplo, de un cuestionario de obligado cumplimiento que rellenasen por separado ambos progenitores, el custodio y no custodio. Una batería de preguntas al objeto de analizar un correcto ejercicio de parentalidad y detectar interferencias parentales que pudiesen perjudicar a los menores. Dichos cuestionarios serían supervisados por los Equipos Psicosociales que derivarían al Juez -de Familia cabe suponer, nunca de Género- aquellos casos de ejercicio inadecuado de custodia exclusiva.

  ¿Qué faltan medios? Pues no, el feminismo clientelar consume dinero como para multiplicar por 100 lo que costaría este seguimiento anual de las custodias exclusivas. Dinero sobra, si el que ahora se destina a clientelismo de género se emplease en comenzar a respetar los Derechos de la Infancia, los derechos de paternidad de los padres y los derechos de los abuelos a relacionarse con sus nietos, tres lesiones comunes en esta España feminazi.