Aparte de no aportar nada determinante a la historia de los hechos, porque como ha dicho el general Cassinello, “algunas cosas es mejor que no se sepan nunca”. Yo creo que esto de publicar los “papeles” de quienes estuvieron en el centro del volcán de la Transición, y tienen que callar tanto, no interesa a nadie. Demasiado tienen los españoles con pagar la hipoteca de la casa y el recibo de la luz, ambos mercados en manos de especuladores.

¿Se acuerdan ustedes de la manta de Roldán, aquel pájaro que presidió la Guardia Civil? ¿Y de los “papeles” de Bárcenas, el de la peineta? Pues eso, que los “papeles” de Cassinello son otra tomadura de pelo, algo para entretener.

Sin descartar que en todos los sitios hay descerebrados, lo que no hay quien compre es que un grupo de oficiales quisiera dar matarile a los directores de dos de los principales periódicos de entonces. Cosa distinta es que un espía tomase notas en alguna celebración militar, después del obligado “vino español”. Yo mismo recuerdo una celebración, en la que alguien dijo que si se sacaba a Franco el Valle de los Caídos había que ir a la guerra civil. Luego resultó que los que fuimos a protestar por tal ignominia estuvimos sujetos por no más de una docena de agentes de la Policía. Lo que son las cosas. Tumbar al Estado, que es cosa muy seria, es difícil y solo está al alcance de unos pocos en la historia.

El comportamiento de los militares durante la Transición, que duró hasta que el PSOE llegó al poder en 1982, fue de todo punto comedido. Tan comedido, que algunos empleamos el calificativo de pusilánime. Vengamos entonces en relatar, cuál fue la actuación de los militares en aquella hora decisiva, de la que se sabe lo principal, y hasta lo que se oculta, la tarde-noche del 23 de febrero de 1981, en la que la deriva a la que se conducía a España pudo haber sido enmendada.

Adolfo Suárez, hombre sin ideología definida, precipitado, sin programa y fiándolo todo a su sonrisa profident, era lo que era, un encantador de serpientes. Políticamente formado en los despachos del Régimen de Franco y camisa azul, presidía el Gobierno. Su nombramiento había sido la apuesta conjunta del Rey y el “brujo” Torcuato Fdez. Miranda para ganar tiempo, frenar la polarización política del momento y dar sentido a un nuevo régimen político (la democracia liberal). Su misión, para lo que se le había elegido contra todo pronóstico era esa y solo esa, mientras se fortalecía una opción de centro que resultase atractiva para los sectores conservadores. Pero el dandy de Cebreros se creció, y en ese crecimiento sin sentido resultó ser un enorme fiasco del que todo el mundo trataba de deshacerse. Lo que obligaba a pararle los pies. Había suficientes razones para actuar así ante un paisaje político que había intensificado su deriva.

Temerosos de que la situación se descompusiera más de lo que ya estaba, a la que el PSOE, fiel a su historia, no hacía más que echar leña al fuego, los rumores de un golpe de Estado crecían con intensidad. Rumores que se anunciaban diariamente en la prensa del momento, y El Alcázar, a diario y en portada, hasta la “solución” Armada.  

Con todo, los planes conspiratorios, dos en marcha, más el de los espontáneos, siempre a un instante de producirse, se sucedían, pero faltaba todavía un objetivo común y un liderazgo decisivo bajo el que todos los hilos golpistas confluyeran en un mismo ovillo. Que eso fue la “solución Armada” a fin de salvar la Monarquía y el régimen de la Transición.  

Ante esta situación de rumores inciertos, el Rey (el hoy Emérito), que estaba hondamente preocupado por la situación de deriva a la que se conducía a España, mantiene diversas “charlas” con Alfonso Armada, su ex secretario, amigo y confidente, que acude desde Lérida, plaza donde entonces estaba destinado. Armada le diseña al Rey una “solución”. A la que el Rey por prudencia política no da asentimiento, pero tampoco rechaza: no dice nada, escucha y deja hacer. Que es donde está la participación del Rey en el suceso del 23-F. La clave del general es el fortalecimiento de una solución política apoyado por personas alejadas del extremismo de un lado y del otro.  Y tal es la confianza del Monarca en su general, que se lo trae a Madrid como 2. º Jefe de Estado Mayor.

La “solución Armada” parte de la que había dado Tarradellas con el nombre de “cambio de timón”, con la que el padre del Rey, don Juan, puede que por ser marino, estuvo completamente de acuerdo. Pero como la solución de Tarradellas no se concreta. Armada, consciente de lo que se venía encima por parte de los dos golpes que se preparan, uno para “cuando florecieran los almendros”, esto es, para la primavera de 1981, decide coger el toro por los cuernos. Había llegado la hora de arreglar la situación mediante una acción-fuerza. Que es por lo que utiliza a Tejero, el bravo y eficaz espontaneó. La solución Armada era eso, nada de turnos ni transacciones; un corte definitivo con la situación revolucionaria que se vivía en España, para después de darse un respiro y con tiempo suficiente ordenar las cosas.

Puesta en marcha la “solución”, dirigiendo a quienes se comprometieron, pautando las actuaciones para que no se salieran de su guion y, por prudencia, ya que no se iba a un baile, guardando silencio. El general Alfonso Armada “Prosigue” en lo que entiende es un servicio a España, distinto a los muchos que le había ofrecido desde la temprana edad de sus 19 años como soldado voluntario en nuestra Cruzada, pero de la misma importancia.

(…)

Concluido lo dicho, la pregunta no puede hacerse esperar y es obligada al hilo de lo que dicen que dicen los “papeles” de Cassinello sobre la actitud sanguinaria de algunos militares… ¿Qué hizo el Ejército? La respuesta es sencilla: acatar órdenes, y los implicados, o al menos todos los que salieron en la foto, asumiendo lo hecho. Qué fue una pena, pues, ¡claro que sí! No hubo secuestros ni amenazas a nadie por parte de los militares, y ni siquiera hubo heridos.

Que no nos cuenten chorradas sobre los “papeles” del hombre que dirigía los servicios secretos durante la Transición y el Servicio de Información de la Guardia Civil durante el 23-F.