Afganistán era un país olvidado para la inmensa mayoría de los occidentales hasta hace una semana. En el caso español, de vez en cuando pasaba algún titular por la prensa sobre la situación de los militares desplegados allí, eso sí, omitiendo desde buena parte del arco parlamentario (y en eso han coincidido tanto Vox como el Partido Socialista) el papel de fuerza de choque y carne de cañón al servicio de los Estados Unidos de América. Porque Irak movilizó a buena parte de la izquierda sociológica contra el Partido Popular presidido por José María Aznar, pero Afganistán ha servido para que los progres presuman de ministra embarazada pasando revista a unas tropas que en territorio afgano prestaban a España el mismo servicio que en suelo iraquí: ninguno. Algo debe tener Afganistán para que a la izquierda no le parezca humillante ni vergonzoso que las tropas españolas sean desplegadas por su territorio al servicio de unos gringos que han terminado fracasando en su tentativa, exactamente igual que les ocurrió a los soviéticos en los estertores de su imperio comunista.

Dicen que si algo nos ha enseñado la Historia es que nadie ha aprendido de sus lecciones. Eso explicaría por qué hay personas empeñadas en legislar por ley cuál es la Historia correcta o por qué hay países empeñados en no escarmentar, ni en cabeza ajena ni en propia. Lo de Afganistán era un fracaso desde mucho antes de que a la Administración Biden se le ocurriera retirarse, pero el descontrol institucional y el rápido avance de unos tipos presentados a Occidente como unos pastores fanáticos podría tener una repercusión muy superior a la comparativa con Vietnam; a fin de cuentas, el trauma y la humillación sufridos ante el bloque comunista quedó bien curado tras el desplome del Telón de Acero. Ahora el vergonzoso espectáculo afgano apunta más bien al fin de los Estados Unidos como superpotencia mundial. Tras dos décadas plagadas de intervenciones militares a lo ancho del planeta, amainadas pero no desaparecidas durante la Administración Trump, todo apunta a que la aspiración del gendarme global desaparecerá en el mismo lugar donde comenzó. Resulta difícil creer que los chinos, ante semejante espectáculo, vayan a temer a una potencia en horas bajas y con un presidente cuyas facultades físicas y mentales son notorias; una cosa es que el mandarín no asuma el relevo del inglés en relevancia internacional y otra que el dragón rojo no aumente su influencia sobre todo el continente asiático, incluyendo Oriente Próximo.

Dejando a un lado el maremoto geopolítico a kilómetros de nuestras fronteras, ¿qué va a ocurrir en España respecto a este asunto? Es de esperar que desde el Partido Socialista gobernante acusen al Partido Popular en la oposición de habernos metido en el conflicto, como si Felipe González nunca hubiera acompañado en las intervenciones por Yugoslavia y Oriente (además de confirmar el ingreso español en la OTAN), como si José Luis Rodríguez Zapatero no hubiera aplicado ningún continuismo en el mismo sentido o como si Pedro Sánchez no llevara ya tres años disfrutando de un colchón nuevo en La Moncloa. También es de esperar el anuncio de los tertulianos de turno, dándoselas de expertos en geopolítica con la misma pompa con la que hablan sobre la campaña de vacunación, presentando a Afganistán como el nuevo paraíso del integrismo islamista, como si los jeques de otros países no hayan sido señalados en multitud de ocasiones por sus vínculos con el Estado Islámico y la edificación de mezquitas por territorio europeo; pero ahí los tenemos, presumiendo de talonario para llevar la zurda de Leo Messi nada menos que a París, capital de uno de los últimos imperios coloniales europeos, y bajo un escudo que ostenta la flor de lis tan presente en la Historia de Europa durante los últimos siglos. En cualquier caso, todo apunta a que asistiremos a una nueva función más de la farsa en que se ha convertido el Nuevo Orden Mundial, sostenido a estas alturas con tanta propaganda mediática como por deudas imposibles de saldar.