Más allá del impacto que causase en aquél tiempo la afirmación que como colofón cerraba una disertación de alto nivel doctrina y alcance político, la tesis de Blas Piñar en Medina del Campo (16 de septiembre de 1979) es hoy una cuestión de plena actualidad. La Corona no da para más en España, y hasta los monárquicos saben que la Monarquía en España tiene los días contados, sabedores, como ocurrió en 1931, que nadie saldrá a defenderla, pues se abra agotado… Será, como bien dijo José Antonio de la de 1931, “un cascaron vacío” de contenido real efectivo, con las manos vacías sin nada que ofrecer.

El clamor contra del Rey es mayoritario en la sociedad española, y, como se ha dicho, con ese descrédito de la opinión pública no hay monarquía que pueda sobrevivir a largo plazo en democracia. Además de que al Rey se le ve desganado, casi se diría con ganas de irse.

A Felipe de Borbón y Grecia, actual Felipe VI, se le educó para presidir, o mejor diríamos, regir, un tiempo que ya no es. Tal es así, que si algunos creyeron ver en él a un capitán, hoy tienen que conformarse con aceptar que es un simple ordenanza a las órdenes de cualquier gobierno, aunque sea el caso de ser un gobierno de incapaces, buscavidas o chusma. Y ningún Rey, a menos que sea africano, puede presidir una nación regida por un gobierno frentepopulista que se junta con lo peor y más abyecto de la nación, con quienes quieren romper su unidad, poniéndola en quiebra, como es el caso del gobierno Sánchez, que espero que caiga pronto, no más allá del 18 de julio.

Cuestión ésta (tumbar este gobierno) de primer orden de importancia, porque la situación de España en estos momentos no es tanto la Constitución que en sí misma pone en peligro su unidad con el modelo autonómica que da lugar a 17 gobiernos, parlamentos y demás aparatos institucionales, como un mal funcionamiento del Parlamento. Por tanto, se trata de disponer de una mayoría que haga posible la gobernabilidad de España, que es por lo que convendría tensar la cuerda para lograr un gran pacto electoral sobre un programa de mínimos-máximos irrenunciables entre las diferentes fuerzas políticas del centro-derecha y de la derecha. De lo contrario, como ya sucedió en 1936, y ojo que tenemos el mismo calendario, asistiremos a una hecatombe.

Medina del Campo fue una cita obligada para quienes le seguíamos. Blas Piñar y su Fuerza Nueva estaban en pleno apogeo, y todo anunciaba que pronto podríamos tener una parcela de poder suficiente desde la cual comenzar a enmendar las cosas. No fue así, principalmente, porque Fuerza Nueva se auto-disolvió, una decisión que a día de hoy seguimos sin explicarnos algunos, y que mi amigo José Luis Díez razona tras una entrevista…

El colofón al descrédito del Rey ha venido con la pandemia del coronavirus, el bicho de China, país que de la Edad Media europea ha logrado situarse como gran coloso económico por encima de Estados Unidos y a Europa, extendiendo ese poderío por todo el mundo, sin olvidarnos de que China es una potencia militar de primer orden. Por eso, sin salirnos de la pandemia, es posible que ésta ponga, si no todas, algunas cosas en su sitio. Para empezar, el papel del Rey en el acontecer real de España, pues no ha sido de recibo su ausencia, hasta el punto de que el esperado mensaje real vino cinco días después de que el Gobierno impusiera el Estado de Alarma Nacional, con el consiguiente confinamiento de toda la población en sus casas, so pena de ser denunciados y puestos a disposición judicial. Ausencia, además, en el puesto de mando, en hospitales, dependencias policiales y parques de bomberos, así como en los lugares donde miles de personas se han empleado con profesionalidad y generosidad al servicio de todos. Siendo, entonces, que lo único que hemos sabido de la Corona y sus afines, sean en línea directa o colateral, ha sido que al padre del Rey le siguen investigando por haber sido un comisionista voraz. Que es la joya, hoy emérita, que hemos manteniendo durante cuarenta años sobre el soporte de haber parado el 23-F, que a la postres se ha demostrado otra patraña.

Blas Piñar apostaba por una Monarquía que, aun no siendo la deseada en su legitimidad de origen ni de ejercicio, al menos tuviera voluntad de hacer y prerrogativa de mandar, no simplemente figurar y representar. Esto es, apostaba, al menos, por una Corona a la que no se pudiera hacer representar cualquier opereta.

La cacerolada al Rey mientras su busto parlante emitía sonidos y gesticulaba al modo de un presentador de televisión, pues las gentes en ventanas, terrazas y balcones no escuchaban ni les interesaba lo que decía, fue abrumadora y elocuente. Más apabullante, incluso, que la que se le hizo a Sánchez y a su tropa. Con estos mimbres se pueden hacer poco cestos por más posibilistas que nos pongamos o, por confusión mental, creamos que hablar del mal comportamiento de la Corona nos asemeja a la tropa comunista y anarquista. Sea lo que sea, sería prudente, entiendo, ir pensando lo que más le conviene a España a fin de irlo preparando, más que nada para que lo que tenga que ocurrir no ocurra de forma precipitada y a destiempo. Pues todo tiene que tener un orden legalmente normado, y con los machos puestos.

Algunas veces suelo ir a Medina del Campo y paso el día, y no sé por qué, pero al caer la tarde, cuando me dispongo a volver, recuerdo perfectamente, como si las estuviera oyendo por segunda vez, las palabras de Blas Piñar…. Si no pudiera ser una Monarquía tradicional, católica, social y representativa, preferimos una República Nacional con unidad de poder, al servicio de la unidad, grandeza y libertad de España. Pues en eso ya estamos muchos. Eso sí, si se va, bien sea porque esté cansado o porque no tenga nada que ofrecer… ¡Que se vaya con lo puesto!