La pérdida espiritual del pueblo español avanza a pasos de elefante, como los que llevaron al General Aníbal hasta los Alpes. Lo peor es que ese hurto paquidérmico ha sido a cambio de poco o nada. Resulta increíble, además, en la cantidad de disparates huérfanos de raciocinio con los que el personal pone en marcha su fe cuando deja de creer en Dios. Basta para tenerlo claro con leer unas líneas de las terapias mágicas del yo, el universo, supersticiones y demás. A ello ha de añadirse el crepúsculo de las ideologías que asola el mundo contemporáneo, como advirtió Gonzalo Fernández de la Mora, después de un siglo XX marcado por dos guerras mundiales que nos han hecho abdicar de las mismas. 

Comunistas, socialistas, anarquistas e incluso liberales (todos comparten el laicismo como «religión» de Estado) lo espiritual ha quedado fulminado de un plumazo y la religión, ha pasado de ser la moral del pueblo (la única que ponía cordura) a ser poco más o menos que el opio del pueblo. ¿Acaso nuestros gobernantes capaces de reformar el sistema educativo ocho veces en 42 años tienen claro la educación que necesitan nuestros hijos? ¿Acaso este gobierno de mendrugos, corruptos, jetas y abrazafarolas, comebocadillos de los que de su letra sólo puede salir odio y basura, puede ser comparada su eficacia y su pluma con una doctrina consolidada como la Doctrina Social de la Iglesia y/o con el mensaje de Jesús y/o con la fuerza de los evangelios? Ya quisieran…

En mi humilde opinión, considero que sería más útil que la gente volviera a creer en el viejo Dios de San Agustín y Santo Tomás que en todos esos delirios del new age y cía. A la paz interior de los valores, del dar sin esperar, de la honestidad, de la lealtad… En definitiva, de la fe en un Dios que nos inculca ser buenos y hacer el bien.

Me pregunto en este punto, ¿Se puede recuperar la fe de los pueblos? Claro que se puede. Se ha podido. Hay precedentes en la historia. Hubo un tiempo (después de aquella ilusa Revolución Francesa de 1789), cuando Napoleón Bonaparte, devolvió a Francia al catolicismo romano, para acabar con el caso revolucionario sobrevenido, a través del Concordato de 1801, diciéndole a los católicos franceses con una cita de bemoles: «Me propongo restaurar la Religión no por vosotros, sino por mí» y a su vez comunicó a la casta académica y profesoral surgida de la Revolución que: «hasta el presente la única buena educación que hemos conocido es de los organismos eclesiásticos. Yo prefiero ver a los niños franceses de la mano de un hombre que sólo inculque los valores del catecismo, antes que en las manos de un hombre instruido, pero poco juicioso, carente de moralidad y de principios».

Así que, mientras no renazca ese hombre portador de valores eternos y esa España auténtica y de verdad, basada en su personalidad histórica, en su tradición y en su cultura, siendo, en esencia, católica, romana y apostólica y no vuelva a brotar el fruto del espíritu como las aguas más puras del manantial y no las obras de la carne, entendiéndose por éstas, lo expuesto en Gálatas 5:19: «Fornicación, impureza, libertinaje, idiolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes», florecerán como ya han florecido y plagarán el campo humano de cardos y malas hierbas.

De ahí la urgencia de que la fe del pueblo español necesite de nuevo ser evangelizada, porque España es cristiana. Desde nuestros orígenes como nación siempre lo hemos sido. Hemos sentido a nuestros santos, a nuestros beatos, a nuestros vírgenes y a nuestros cristos como nuestros, de hecho, no hay país en el mundo que tengas dos Ciudades Santas (Santiago de Compostela y Caravaca de la Cruz) ni nación con más advocaciones marianas por metro cuadrado que éste, llegando el número a unas 20.000, lo que da una media de a unas tres por municipio.  

Queremos, como decía José Antonio, «que el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra historia, sea respetado y amparado como merece, sin que por eso el Estado se inmiscuya en funciones que no le son propias ni comparta –como lo hacía, tal vez por otros intereses que los de la verdadera Religión– funciones que sí le corresponde realizar por sí mismo».

Pero para ello necesitamos como conditio sine qua non que la Iglesia de Roma, como se indica en la Carta a los Filipenses de San Pablo «esté al servicio de la verdad, de la justicia y de los valores que promueven y salvan al hombre de cada tiempo y de cada lugar". Sin esa Iglesia, los católicos tampoco podremos hacer mucho, al menos de forma colectiva.

Podría citar a grandes autores que avalarían mi tesis para cerrar este artículo de opinión, pero quizá ninguno menos sospechoso de capillita (como dicen por el sur) que Robespierre, como ejemplo de jacobino y gran líder de la meritada Revolución Francesa, dijo así: «La Religión es parte de la estructura social. El ateísmo es aristocrático. La idea de Dios que vela por la inocencia oprimida y castiga el crimen, es social y revolucionaria. No sólo condeno el ateísmo como filósofo, sino como político. La idea de Dios y de la inmortalidad del alma es una constante llamada a la Justicia. Es, pues, social. Si la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma fueran sólo sueños, seguirían siendo la más hermosa de todas las concepciones del espíritu humano. Quien pueda sustituir a Dios por algo mejor en el sistema de la vida social sería, a mí entender, un prodigio de genio. Quien, sin haberlo sustituido, sólo piensa en expulsarlo del espíritu de los hombres, me parece un prodigio de estupidez y perversidad. ¡Ay! del que intente asfixiar ese instinto moral y religioso del pueblo que es el principio de todas las grandes acciones de los hombres».

Me pregunto, como él, hasta cuándo el furor de los déspotas será llamado justicia. Y aquí me quedo, con mi pregunta. Meditando…