A pesar de que no es fácil que los médicos reconozcan posible causalidad de muertes o enfermedades graves producidos por la vacuna covid, sobre todo si no hay una relación temporal muy inmediata, lo cierto es que dichas “vacunas” pueden producir estos nefastos efectos hasta varios meses después de su inoculación, como lo demuestra el estudio realizado por el patólogo alemán Arne Burkhardt tras el minucioso análisis postmortem de numerosas autopsias de fallecidos tras vacunarse.

Este trabajo del profesor dr. Burkhardt ha sido presentado en el tercer simposio de Doctors for Covid Ethics en febrero de 2022 y es muy significativo que el análisis macroscópico de los órganos del fallecido no permite inferir la causa del fallecimiento, siendo necesario recurrir a estudios histopatológicos, es decir, análisis microscópico de los tejidos que forman dichos órganos.

Un estudio inicial de 15 casos, le permitió determinar que 14 de ellos habían fallecido como consecuencia de la vacuna, entre siete días y seis meses después de la inoculación (aquí es preciso recordar que Pfizer finalizó de manera sorpresiva su estudio clínico postcomercialización a los seis meses, cuando empezaba a observarse más fallecidos en el grupo vacuna que en el grupo control). Dichos casos eran siete varones y ocho mujeres de edades comprendidas entre los 28 y los 95 años. La mayoría habían muerto en casa o en el hospital y alguno en la calle o en el coche y las vacunas que se habían puesto en su mayoría estas personas eran las de ARNm (Pfizer y Moderna).

Las lesiones se encontraron principalmente en los vasos sanguíneos (endotelio y pared vascular) de todo tipo de vasos: grandes arterias y arteriolas pequeñas, venas y vasos intraorgánicos de corazón, pulmón y cerebro. Además pudo observar un fuerte ataque autoinmune a dichos órganos y varios otros más, ocasionado por infiltración linfocitaria de los mismos, así como una intensa reacción linfocítica en bazo y ganglios linfáticos.

Para comprobar qué podía ocasionar dicho autoataque linfocitario desarrolló una técnica de enzimoinmunohistoquímica, es decir, una reacción inmunológica mediante anticuerpos específicos de la proteína espiga o proteína de punta del coronavirus (recordemos que es la proteína que nuestras células producirán como consecuencia de la información que las vacunas génicas del covid proporcionan) y que en caso de estar presente en las lesiones se teñirá de un color pardo por el efecto de un enzima y su sustrato acoplado a un segundo anticuerpo específico. Pues bien, pudo comprobar que, efectivamente, había una fuerte expresión de dicha proteína en las lesiones encontradas en los vasos sanguíneos, en los que provoca una fuerte inflamación y la formación de trombos, que pueden ocasionar infartos, ictus y embolias pulmonares, además de trombosis de los miembros.

También observó una intensa expresión de proteína espiga en el bazo y lesiones en sus arterias y arteriolas similares a las producidas por enfermedades autoinmunes graves como el lupus eritematoso (capas de piel de cebolla), además de la característica infiltración linfocitaria que, en alguno de los casos, era compatible con lo que ocurre en los linfomas.

Otro órgano con fuerte expresión de dicha proteína es el corazón, donde no solamente se expresa en sus vasos sanguíneos (arterias y venas coronarias) sino también en las propias células musculares del órgano, ocasionando la característica inflamación por infiltración linfocitaria compatible con las frecuentes miocarditis que estas inoculaciones están produciendo. Y lo peor es que comprobó la necrosis o muerte celular de células miocárdicas por lo que estas miocarditis dejarán una cicatriz permanente en el corazón aunque no produzcan la muerte, algo absolutamente inadmisible en el caso de personas jóvenes y sanas que, además, no sufren de covid grave.

Otros destacados órganos que sufren el mismo tipo de lesiones inflamatorias por infiltración linfocitaria son el pulmón, donde se produce un cuadro clínico de alveolitis similar a la patología respiratoria que se achaca al covid y el cerebro, donde observó lesiones inflamatorias de meningitis, encefalitis y necrosis de la glándula hipófisis. Finalmente halló también lesiones del mismo tipo muy frecuentemente en la arteria aorta y otros grandes vasos así como en riñón, tiroides, glándulas salivares, hígado, testículo y piel.

La conclusión evidente del estudio del profesor Burkhardt es que las mal llamadas vacunas covid están detrás de la muerte de los numerosísimos casos reportados a las agencias reguladoras como VAERS y Eudravigilance y ello, teniendo en cuenta que a estas agencias se notifican entre un uno y un diez por ciento de los casos reales. Además, pone de manifiesto que la enfermedad grave e incluso la muerte, se pueden producir mucho tiempo después de haberse producido la inoculación y que la repetición de dosis no puede sino agravar la situación. Es sorprendente hasta qué niveles se está imponiendo la propaganda en lugar de la evidencia científica, por más que cualquier dato objetivo que no concuerde con el relato oficial sea tachado de pseudocientífico o negacionista. Los estudios clínicos para la autorización de las vacunas covid  nunca contemplaron más de dos dosis, nunca se hicieron con embarazadas o inmunodeprimidos y nunca presentaron datos sólidos sobre la prevención o la evitación de enfermedad grave o muerte por covid.

REFERENCIAS:

https://tube.childrenshealthdefense.eu/videos/watch/2f4da04b-0485-4bd9-89bd-b546cc9cad1f?title=0&warningTitle=0