No digo que los Borbones no tuvieran y tenga un cierto sentimiento de amor a España, aunque mayormente siempre la sintieron como su cortijo. Un cortijo al que esquilmar, sin otra pretensión que vivir a cuerpo de lo que eran, reyes por la gracia gratuita de la suerte.

    Por eso volvió don Juan, y por eso hoy vuelve el Emérito. La razón es la misma: el cortijo. El cortijo al que volvió don Juan después de años “cerrando casino y bares en Estoril” para ejercer de rey padre, vender para su beneficio personal parte del Patrimonio Nacional que nunca debió de ser suyo y dar la imagen de ser el autor moral de la democracia como gran consejero de su hijo. Farsa que se vendió hasta que muchos comprendieron la razón por la que Franco no lo eligió como su sucesor a título de Rey, y no tanto por sus nulas capacidades, que eran evidentes, sino por su condición moral.

    Y hete aquí que hoy la historia se repite. Y se repite tanto, que bien podemos decir aquello de… Igüalico, igüalico, que el difunto de su papaíto.

    El Emérito ha sido un indeseable -no olvidemos que fue amigo del genocida Santiago Carrillo-, condición moral que adornó de algunas cualidades que lo disimularon. Un perjuro y un traidor. Y por si no fuera suficiente, garante de un sistema político imperfecto donde ha dominado la corrupción a todos los niveles del Estado. Con todo, el pasteleo de propios y extraños lo mantuvo incólume hasta que el matrimonio Borbón & Ortiz decidió que había llegado su hora esperada, esto es, la hora de hacerse con el cortijo, y al Emérito se le dio boleto de ida. Mientras la Esposa, cobrando del erario, seguía con esas cosas que tienen que ver con eso que dan en llamar “caridad”, tan vaciada de contenido real, que es la manipulación que se hace del lenguaje para orientar nuestra forma de pensar según conviene a las oligarquías gobernantes.

    Hoy se discute sobre su vuelta. Si es un acto de piedad o de justicia. Con todo, sobre la mesa del debate está si conviene o no al hijo. Otro Borbón instalado, absolutamente prescindible y, como todos ellos, viviendo a cuerpo de lo que no se impide que sea: Rey.

    Y toda esta historia interminable con relevo a la  vista, la Niña, a la que se pone como ejemplo de supremo saber y entender a doctores, académicos, científicos y demás gente del pueblo. A todos, menos a nosotros, los del CORREO DE ESPAÑA, que bien sabemos que el oscuro objeto del deseo de los Borbones es el cortijo.