Es inútil luchar contra los elementos con una simple pluma de la suave pechuga de un cisne de blanquísima pureza como único instrumento de defensa y ataque.

Es lo que solía decir mi abuela Leonor que, como resulta fácil adivinar leyendo su discurso, era un tantico cursi en sus expresiones (solamente en verbal) cuando nos empeñábamos en peleas verbales; interminables discusiones intentando convencer a oídos sordos y cerebros duros, cuando lo que se requeriría, según ella, para imponer la razón, sería buena cosa hacer uso de más "sólidos argumentos". Y a mis hermanos y a mí nos remitía a lo que dijo  José Antonio Primo de Rivera el 29 de octubre de 1933 Teatro de la Comedia de Madrid.

En estos momentos las cosas son, según cuentan los pocos que los sufrieron, igual de difíciles para los españoles de hoy, víctimas de estos políticos; máximos damnificados de las crisis económicas; enfermos del Covid-19; sin trabajo; empobrecidos; y fríos como polos por culpa de Filomena, que los españoles de aquellos entonces (sin la Filo) pero, el marco nacional como el internacional en el estamos inmersos, por varios motivos que iremos diciendo, es muy diferente.

Ahora la Justicia, aún con desvergonzadas injerencias políticas, conserva cierta autonomía y, si como estamos comprobando es posible su arbitrio, como lo acreditan muchísimos casos, estos no son aún los momentos que justificaran la drástica utilización de la "dialéctica de los puños y las pistolas".

Pero que estos listillos que por milagro del Maligno están viviendo cómodamente "poltroneaos" no piensen como imbéciles que al gigante dormido, cono están haciendo, se le puede estar continuamente pisando el callo del dedo meñique de los pies, tanto del derecho como del izquierdo. La confianza falta de ciencia suele ser el vehículo en el que con insistencia suele llegar el gran fracaso.

Ojo con pisar, y ojazos con la gilipollez de continuar, ñaca, ñaca, apretando y girando con saña la bota encima del callo pues, ante la disyuntiva de morir de reventón o de cagalera, el gigante, que odia la suciedad, cansado de tanta cabronada, pudiera elegir el imprevisible reventón, sin importarle las consecuencias que le pudieran acarrear a él, ni de lo que pudieran pensar, decir o hacer los relamidos vecinos europeos, tan cercanos, ni los muy lejanos americanos. 

Mucho mejor sería proveerle -que es a lo que tiene derecho y no se le es dado por estas muy devaluadas autoridades- de un calzado cómodo y sin lujos, pero liberalizador del dolor callero-pinrenil al que desde hace muchos años -últimamente con los rojos en el machito, agravado- está sometido, pues el  esfuerzo de caminar tranquilo y pacífico en pos de, con su demostrada solidaria laboriosidad, conseguir sin el menor egoísmo el indiscriminado bien general, es su ancestral naturaleza. 

¡La sociedad ha cambiado una barbaridad en estos últimos cuarenta y seis años!. 

Lo verdaderamente extraño es que esa afirmación la hacen con la satisfacción de quién se ha metido entre pecho y espalda dos paletillas de cordero lechal a la parrilla, muy bien regadas con un riquísimo tinto de la Ribera del Duero, cuando en realidad, con el estómago vacío son -si quien es escuchado no es uno de estos neogolfos rojos, especie que nos tienen "toito er cuerpo sarpullaito" con su presencia- uno de esos memos -que son legión- que lo más cerca que ha llegado a estar de unas paletillas de lechal es en una foto de archivo de los años sesenta del pasado siglo, cuando todos los restaurantes de España dedicados al asado de cordero y cochinillos (ahora a los segundos los tenemos en cargos de altísima responsabilidad política) hacían varios turnos al día dando comidas y cenas.

Si; algún día ¡quién sabe cuando! no les servirán las trampas; ni las mentiras; ni los engaños; ni el haber desmilitarizado al Ejército, ni de haber desnudado de autoridad a los cuerpos y fuerzas de seguridad. Ese día...

¡Venga alegría! Señores ¡venga alegría! Quiero bailar... ¡tra ca ti, tra ca tra !.