En la segunda “línea de necrosis” hemos visto cómo en la sociedad actual impera una hostilidad difusa, que a menudo se condensa y se vuelve rabiosa, contra el varón y la masculinidad en general.

Parte de este ataque contra los hombres se presenta bajo falsa bandera, la llamada igualdad de género que, en la práctica, se aplica sólo cuando favorece a la mujer. Se exigen cuotas femeninas y favorecer a la mujer cuando hay pocas mujeres en trabajos que estén bien pagados pero no sean particularmente peligrosos, ni incómodos, ni conlleven demasiado riesgo físico o penal. En general, cuanto mayor sea la inseguridad, personal o penal, cuanto mayor sea la responsabilidad exigible por las consecuencias de la propia conducta, menores son la exigencia de cuotas, el lloriqueo por presuntas injusticias estadísticas, el impulso vital de las empoderadas por realizarse en este tipo de actividades.

Esta es la igualdad de género en su aspecto de falsa bandera, refugio inigualable de parásitas y aprovechadas.

Pero en esta aberración no todo es falsa bandera, no todo es el quítate tú varón para ponerme yo fémina. Existe también una igualdad de género genuina, un aspecto o si queremos un componente de esta tendencia que es auténtico; no un simple pretexto para favorecer a la mujer, sino un intento sincero de hacernos iguales a la fuerza, o de negar la realidad afirmando que somos iguales en todo.

Y contrariamente a lo que sucede en general, aquí lo genuino es quizá peor que lo falso; la igualdad de género genuina es posiblemente más perversa que la de falsa bandera. A esta última es fácil quitarle la careta y mostrarla por lo que es, una exigencia de privilegios indebidos desde una posición de fuerza, algo que ha existido siempre y siempre existirá de una u otra manera. La primera en cambio, la auténtica, es un ataque directo contra la realidad y contra la vida; no se le puede quitar la careta porque no la tiene, se muestra con su verdadero rostro aunque sea con un maquillaje muy cargado, que oculta la realidad de una piel ya muerta y podrida.

En este sentido, la igualdad de género genuina presenta un caso particular de esa lacra general que se llama igualitarismo y ha convertido la palabra “igualdad” en la más sucia del diccionario. El igualitarismo, sea de género o de cualquier otro tipo, es una negación de la vida; es contrario a la vida y a la libertad porque representa una lucha sin cuartel contra todo lo que es cualitativo, diferenciador, afirmativo.

La igualdad de género, como aplicación de lo anterior en el campo de las diferencias entre hombres y mujeres, se ha convertido hoy en día en una obsesión enfermiza, un ídolo contrahecho que es el fetiche y el fanatismo de nuestro tiempo. Cada época, parece, tiene que tener su estupidez; la imbecilidad más popular y venerada del tiempo que nos ha tocado vivir es ésta, falsa e inmoral a la vez.

¿Cómo puede ser esto? Porque lo es en dominios diversos. La igualdad de género es falsa en el plano de la realidad y de los hechos, inmoral en el plano de la voluntad y los valores.

Para ser totalmente claro: es falsa cuando pretende que hombres y mujeres somos iguales; es inmoral cuando pretende que debemos convertirnos en iguales.

La salud y la vida están en que el hombre y la mujer se complementen, desarrollando cada uno un camino diferenciado, exaltando y profundizando en las diferencias en vez de intentar comprimirlas. La igualdad de género, necedad estupenda y ceguera militante satisfecha de sí misma, ha podido surgir sólo del odio más negro contra el hombre y la mujer