El desarraigo. Ese término parece resumir toda la atmósfera en la que vivimos los seres humanos en la post verdad, en la era del vacío, en la feliz entrega a la libertad de los mercados globales. Aquí, en esta Hispanoamérica que se pone de hinojos ante el avance de cuanta progresía se nos someta a culto, en esta tierra que espera y que se deja sola, aquí, cierta juventud que aún puede alejarse de los narcóticos o de la común estupidez que le venden las universidades, huye en busca de un futuro menos gris en cuanto a lo económico, pero pierde toda posibilidad de encontrarse con su pasado, y darnos el beneficio de un futuro mejor. Desarraigo. El gran plan del globalismo.

Sé que en España los pueblos del interior agonizan. Aquí, también. Los diferentes gobiernos – o administraciones, como se las llama gerencialmente de un tiempo a esta parte – se han encargado de despoblar el interior, de cortarle las vías de unión: teníamos 40.000 kilómetros de vías férreas, hoy no llega a un décimo. Languidece la vida en los campos y en los pequeños poblados, y sólo se abarrotan en chabolas miserables los marginales, que nutren los cinturones urbanos en condiciones aberrantes. Han llegado a las ciudades en busca de confort; dejaron atrás la vida pastoril sin servicios básicos, y ganaron la vida marginal de las periferias urbanas sin servicios básicos. Paradoja que señala el atractivo de las luces ciudadanas y que, a poco de llegar, los deja en la cruel realidad, de la que se escapan con los fáciles ofrecimientos de paraísos artificiales propuestos por los carteles de la droga. Desarraigo, otra vez.

Sobre más de dos millones de kilómetros cuadrados, vivimos cuarenta y siete millones de habitantes. Pero más de la mitad de ese número, vivimos en la provincia de Buenos Aires. Se diría que es un país macrocefálico, con piernas y torso de escuálido enclenque. Sin embargo, a los estadistas que pululan en la democracia de varieté sobre la que montan su comedia, eso les resulta miel para sus bocas. Todos los hacinados ciudadanos que cada dos años deben depositar su voto en elecciones libres y pulcras, no demuestran estar en condiciones de elegir libremente, pues su subsistencia precaria la deben a los planes o limosnas que las administraciones les arrojan como bocadillo preelectoral. Nada nuevo, me dirán. Pues claro. De eso trata la bien amada igualdad de oportunidades, el acceso para todos y todas que en nada iguala al acceso que algunos y algunas tienen de un mundo menos achicharrado por la miseria cotidiana.

El plan es claro – seguro, a mis amigos españoles les sonará esta cancioncilla -: arracimados en unos pocos kilómetros, el país se despuebla, y es pasto de grandes empresarios anglosajones o de grupúsculos de “aborígenes” financiados por Londres. En poco tiempo, deberemos sacar pasaporte para viajar a la Patagonia. Y hay provincias con ansias de separatismo en puerta. Porque la inviabilidad de todas las deudas y de todos los malos planes, pues, que la pague el que queda en el Estado residual. ¿Les suena?

Cierro estas humildes reflexiones con la cita de un gran escritor argentino, Marco Denevi, quien hacia la década del ochenta del siglo pasado imaginó qué vería un extranjero que llegara a Trapalanda, nombre que le puso a estas costas basándose en una leyenda de los conquistadores españoles, y que dice así:

“Una coyuntura histórica – la caída de la monarquía española bajo el vendaval napoleónico -, incita a los argentinos a la revolución emancipadora, pero los sorprende en el pleno verdor de la juventud social. Su revolución es un gesto de rebeldía dentro de la misma familia y por eso adquiere tanta virulencia. Es el levantamiento de los hijos contra los padres, de los jóvenes contra los adultos y los viejos. De ahí aquel deseo rabioso de borrar las señales del parentesco con los progenitores (como si eso fuese posible) y de sustituirlas por las señales de una flamante y voluntaria consanguinidad con los maestros: Inglaterra, Francia, después los Estados Unidos”.

Más desarraigos. Culturales, espirituales, históricos. Y un certamen de mediocridades y negación de la propia identidad, ésa que nos aferra a la Hispanidad. Por el pasado pero, ante todo, por el común futuro.