En esta semana conmemoramos la muerte de Jesús de Nazaret, un profeta que vivió y predicó en Palestina hace dos mil años y fue condenado a muerte de cruz por el Procurador Romano a petición de las autoridades religiosas judías. No voy a entrar ahora en el significado religioso de su figura. Allá cada uno con su fe o su incredulidad. Me atendré a datos sobre su vida y su mensaje que podemos considerar históricos. Jesús ni robó, ni mató, ni promovió ninguna revuelta popular. ¿Por qué lo condenaron?

Jesús se había enfrentado con el poder económico, había excluido a los ricos del Reino de Dios que él anunciaba. En el evangelio de Mateo podemos leer: “No podéis servir a Dios y al dinero.” “Os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos.” El evangelio de Lucas añade: “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!”

También se había enfrentado a las autoridades religiosas de la época porque: Atan cargas pesadas e insoportables y las echan a los hombros del pueblo, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas”. Les echa en cara su hipocresía: “¡Hipócritas, pagáis el diezmo del anís, de la menta y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe!”, y sus ambiciones: “Devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones y aman los primeros asientos en las sinagogas y los saludos respetuosos en las plazas”.

Jesús no pretendió una revolución política. Rechazó los intentos de sus seguidores de proclamarlo rey, pero toda su vida fue una clara crítica de los poderosos “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros”. Pone al Cesar en su lugar, limitando sus pretensiones absolutas: “Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Eso no podía ser aceptado por un imperio en que se divinizaba al emperador. Unos y otros se pusieron de acuerdo para darle muerte.

¿Tienen algo que ver las celebraciones que podemos ver estos días por nuestras ciudades y pueblos con ese Jesús que nos presentan los evangelios? Jesús condenó la riqueza, y hoy “sus fieles” se esfuerzan en hacer ostentación de riqueza en imágenes, mantos, joyas, coronas. Se enfrentó a la casta sacerdotal con sus normas rigurosas, sus ritos y sus ceremonias, y hoy se conmemora su muerte con solemnes ceremonias religiosas donde el clero tiene el papel protagonista. Rechazó todas las pretensiones de convertirle en un líder político, y el gobernador del Imperio le condenó a muerte, pero hoy las autoridades políticas ocupan un lugar destacado en procesiones y cultos, y hasta fuerzas de la legión llevan a hombros su imagen crucificada.

Mientras tanto, los pobres de la Tierra, con los que se identificó Jesús, pasan infinitas penalidades, mueren de hambre, o vienen a estrellarse contra los muros y alambradas con que los países ricos y “cristianos” de Europa protegemos nuestra riqueza.

Parece evidente que se está cumpliendo otra cosa que dijo Jesús: “Los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz”. Los grupos sociales que condenaron a Jesús han conseguido apoderarse de su memoria y la utilizan para apoyar sus privilegios.

Pero, a través del humo del incienso y los solemnes cantos y sermones, sigue resonando el auténtico mensaje de Jesús, un mensaje de fraternidad y justicia. ¿Seremos capaces de escucharlo?