Resumiendo, el comunismo y sus excrecencias constituyen la suma de siniestras etopeyas de arribistas sin escrúpulos. Y, como modélico agente del Mal que es, se muestra proteico y emplea sus rebrotes de falsa indignación social acogiéndose a lo que el momento histórico le exige, bien sea mediante pruritos ecológicos, redenciones feministas, leyes homosexistas, gestualidades o imaginerías de camisetas «a lo Guevara», farsas socio-culturales de intelectuales áulicos, vandalismos de matones a sueldo, manifestaciones clientelares, auto atentados victimistas con culpables fingidos, piqueterismo de derribacruces, cursis pijoprogres asaltando capillas…

Hace ya ocho largos años que José Javier Esparza escribió en La Gaceta: «Marx y Engels llamaban ‘falsa conciencia’ al fenómeno según el cual ciertas personas adoptan ideas contrarias a su interés de clase o a sus condiciones materiales de existencia. Por ejemplo, los obreros que piensan como burgueses. Adonde no llegó Marx fue al fenómeno contrario, es decir, el de los burgueses que adoptan ideologías de extrema izquierda. De hecho, la inmensa mayoría de los ideólogos comunistas de todos los tiempos han sido gente de buena posición». Y ponía el ejemplo de «un florido ramillete de burgueses españoles, desde Mayor Zaragoza a Pilar Bardem», que había desfilado una tarde de aquellas en Bilbao jaleando a los presos de ETA, algo que, por desgracia, sigue ocurriendo en la actualidad.

El caso es que los vagos y delincuentes de todo tipo y clase social, sumados a los indiferentes y a los insolidarios, forman una amalgama muy fértil para que los nuevos esclavistas de la plutocracia, los populistas totalitarios y los chekistas de siempre lleven a buen puerto sus objetivos. Es terrible comprobar cómo la sociedad ha entregado la cuchara a un grupo codicioso de dementes y delincuentes que no sólo se proponen asaltar el cielo, sino que tratan de hacerlo a costa del sudor y la sangre de la población explotada y despreciada.

Aplicando sus nefandas teorías, la gente de esta calaña jamás ha mejorado la situación económica, social y política de la humanidad. Al contrario, ha asfixiado cualquier posibilidad de riqueza y ha llevado a los seres humanos a la esclavitud y la miseria, al desastre absoluto. Entregados con su entusiasmo demencial a la trata de esclavos, y adaptándola a su época, se han hecho inmensamente ricos y no dejan de acopiar toda la producción para seguir multiplicando su fortuna, mientras financian, hipócritamente, falsas oenegés y pretenciosas fundaciones solidarias

Pero lo sorprendente es que, siendo esto así, la multitud se halla reacia a distanciarse de ideas cuya índole autoritaria y criminal se ve clara desde el principio, permaneciendo como simpatizantes de unos amos, bolcheviques o financieros, cuyas doctrinas alienantes programan el sexo y extirpan la capacidad sentimental e imaginativa, desnaturalizan a la dignidad personal y se burlan de la Naturaleza mediante las pretensiones cientificistas del materialismo histórico y de la plutocracia globalista.

En España, concretamente, tenemos venalidad judicial, corrupción impune, fracaso escolar y familiar, divorcios, alcoholismo juvenil y adolescente, droga, aborto, homosexismo, pederastia, aumento de la población penal, promoción de la actividad sexual -pervertidora y pervertida- en edades escolares, desprecio de la excelencia y del esfuerzo, inmigración ilegal descontrolada o permitida, humillación internacional, prohibición o restricción del idioma común…

Pero, curiosamente, en esta convivencia progre, el chivo expiatorio sigue siendo el franquismo, cuyo creador murió hace más de cuatro décadas, y a pesar de haber sido las izquierdas resentidas y sus cómplices quienes han controlado la sociedad, desde ya antes de la desaparición de Franco, mediante una hábil, sistemática y sofocante propaganda. De modo que a nuestra colectividad, bajo décadas de ideología socialcomunista dominante, desvirtuada por el buenismo y por el pensamiento único y lo políticamente correcto, no le queda sino el desconcierto y la descomposición.

Una visión de la vida atravesada dramáticamente por las taras y la hispanofobia frentepopulista y aceptada por un PP cómplice, carente de convicciones morales, partidario de los lóbis culturales pervertidores impuestos por los amos globalistas y entregado definitivamente a ellos. Un PP desleal, a gusto en su papel de bardaje político, babosa ideológica incapaz de oponerse a la malevolencia y bravuconería de quienes le putean en la función.

Una sociedad compuesta mayoritariamente de sañudos o tigres, de cobardes y necios o borregos, de lujuriosos o puercos, de caprichosos y frívolos o simios, en la cual apenas queda sitio para los prudentes. Una sociedad en la que el pesimismo de los más lúcidos se refuerza a la vista de las pasiones colectivas sin rumbo que la muchedumbre está pronta a sentir, quejándose en las insatisfacciones, recibiendo con entusiasmo las tragantonas y las jaranas, acojonándose ante las catástrofes, incapaces a su vez de arrojar a la hoguera a los hombres públicos corruptos y a los delincuentes, antes al contrario, tolerando diariamente su presencia.

España, como supongo que ocurre en cada nación, tiene sus guetos y sus canallas, pero la diferencia estriba en que más allá de los sórdidos antros, reinan y proliferan por las calles y por las instituciones, a la vista de todos, y que se juntan en las convivencias y distracciones ciudadanas con irritante vulgaridad o intolerable abyección. Bajos fondos y mundos culturales ostentosos no sólo en los garitos, sino sobre todo en los palacios teñidos de glamur; mafiosos y fraternos sectarios con circunscripción propia a quienes ni la policía ni la justicia incomoda, porque o están compradas o no se ejercen las leyes que impedirían la impunidad.

Si el modo de vida es vulgar, libertino y corrupto; si la existencia es inquietante y los poderes establecidos incitan con absoluto descaro al delito o a la sumisión; si abundan los abusos, las intermediaciones, las comisiones, los subsidios, los chantajes y los fraudes…, al ciudadano honesto, al honrado trabajador, cuya existencia sólo conocemos al pagar sus impuestos, le queda poco espacio para poder vivir su vida en paz.

Basándonos en el Apocalipsis, puede decirse que España, hoy, se somete maravillada a la Serpiente. Y que se postra ante el Gran Dragón porque éste ha dado el poderío a la Serpiente. España bala o ronronea: « ¿Quién como el Gran Dragón? ¿Quién puede luchar contra él?». El Gran Dragón tiene a bien dar a la Serpiente una boca con facundia, así como poder para actuar. Y la Serpiente abre su boca para blasfemar contra la Verdad, es decir, contra Dios; y actúa como el Mal sabe hacerlo: odiando, traicionando, mintiendo, pervirtiendo... Y Serpiente y Gran Dragón son adorados por todos los habitantes de la tierra cuyo nombre no está inscrito en el Libro de los Prudentes. Y quien tenga entendimiento que entienda lo anterior.

Pero la Prudencia, aunque pocos son los vecinos honrados y prudentes, no puede permitir el reposo del Gran Dragón, ni de la Serpiente, ni de sus adoradores. Uno de estos escasos frutos de prudencia que hoy se dan en España era Aquilino Duque, a quien mis pacientes lectores permitirán que le rinda un modesto y sucinto homenaje con estas líneas, pues su reciente fallecimiento y su lúcida visión de la realidad hacen ello imprescindible para mí.

A él se las dedico, porque era uno de los pocos intelectuales genuinos que se oponían activamente a estas almas de serpientes, a estos forofos del Mal, a estos artistas de la violencia que son los comunistas y sus excrecencias. Y sabía bien, como todo espíritu libre, que no se les puede permitir el abuso, porque el socialcomunismo y sus terminales tienen como corolario el hambre, la miseria y el miedo.

En el exilio interior, hostigado por quienes envidiaban su independencia crítica, por banderizos totalitarios y por la recua de parásitos, bufones, charlatanes y juglares que, al contrario que hizo él, buscan sus comidas gratis a la sombra del poder, Aquilino Duque escribió páginas brillantes denunciando a dragones y serpientes.

Permítanme, pues, que con este breve texto, que a continuación transcribo en su casi completa literalidad, reproduzca el pensamiento de Aquilino Duque respecto a cómo actuar frente a las arpías antiespañolas y demás liberticidas, aportando una solución al caos: «Un Estado impregnado de sentimiento religioso, fortísimamente constituido, un cesarismo formidable que haga frente a la lucha a muerte que el marxismo cultural revolucionario planteará al mundo tradicionalista y burgués, porque allí donde lo inicuo pueda aspirar al triunfo hay que buscar el triunfo en una dictadura que dé soluciones cristianas a la lucha del marxismo plutocrático y de la libertad y arrebate su bandera al globalismo militante. La auténtica libertad política se apoya en la personalidad humana, la cual tiene su base en la propiedad. Pues bien, la revolución globalista, cuyo fin último es acabar con la libertad y aplastar la personalidad, no vacila en atacar el edificio por su base, vociferando con Proudhon que la propiedad es un robo. ¿Cómo no advierte el insensato la posibilidad de que se vuelvan contra él las propias insensateces? Y por si la cosa no estuviera clara, otro evangelista del diablo, Engels, propugna una sociedad utópica en la que esté abolido el séptimo mandamiento… La sociedad socialista global con que sueña la revolución… ¿qué es, pues, sino la Jauja del cleptómano? En la presente coyuntura histórica el delito más grave es el delito contra la propiedad, y hemos de ser implacables en reprimirlo. El menor resquicio que una misericordia mal entendida deje en nuestros baluartes será el portillo por donde las turbas asalten las Tullerías».

Pues eso.