Es normal que, en tiempos culturalmente marxistas como los que sufrimos, vuelvan a coincidir epidemias mortíferas en España. En este caso, la casta política democrática antifranquista y el covid. Nuestros socialistas, junto con sus conocidos cómplices, siempre han sido acaparadores de records históricos nefastos para la patria. Ahora, estos angelitos, en nombre de Satán, también pretenden quitarle el carné de ciudadanos a media España, con la excusa de que se rebelan ante las vacunas, aún sabiendo que son precisamente los no vacunados los únicos sanos, al contrario de los inyectados, que, según opinión de los expertos, son vehículos humanos de contaminación puestos en marcha por las directrices globalistas.

 

Y algunos se preguntan: ¿por qué, en su defecto, no les quitamos el carné de gobernar a toda esta tropa de dementes totalitarios y acabamos antes? Son los no vacunados voluntariamente, aquellos que no quieren infectarse con un preparado biológico bajo sospecha o directamente tóxico, los amenazados y agredidos, no los intimidantes y agresores, pues son ellos los que caminan entre infectados. Y son precisamente ellos, que han decidido no vacunarse y actuar con naturalidad, sin dejarse guiar por artificios y propagandas, los que tendrían que exigir, ya puestos, el ostracismo de los contaminantes. Aclaro: de los recelosos o doctrinarios, no de los pacíficos y tolerantes.

 

Pero aquí sigue vigente la sociedad de Puerto Urraco, la suerte negra, la violencia, la represión cultural, política y religiosa; y ahora también la represión sanitaria. Y nada mejor para mantener este caldo de cultivo oscurantista que las catástrofes, ya sean naturales, políticas o político-víricas. Los renuentes, los incorrectos que piensan por sí mismos y ven más allá de las máscaras con que se ocultan sus prójimos resentidos, políticos o no, están acostumbrados a recibir roeduras y dentelladas en este antiguo país de conejos, acuchillado ahora por la mixomatosis marxista-globalista.

 

Es cierto que el rencor se alimenta con sangre de vivos, no de muertos, pero si alguien envidia o teme a aquél que camina libre de mascarilla o libre de vacunas y muestra hacia él su intransigencia, es un miserable. ¿Qué puede molestarlo, si él ya está protegido con vacuna y embozo? Todo el que envidia la suerte ajena, mira la suya con aversión. Es su problema. Pero debiera dejar en paz a quienes no comparten sus fantasmas o sus miedos, aceptando y respetando las razones de quienes han decidido mantenerse al margen del proyecto esclavista diseñado por los amos del mundo. Y considerando que es por no tener iguales aspiraciones por lo que sus gustos y sus puntos de vista son muy diferentes.

 

Por su parte, los que eluden la vacunación, aun conscientes de que siempre es ligera la carga que se sabe soportar, no están dispuestos a amedrentarse ni a soportar las amenazas. Porque el que exista una barbarie -o su versión buenista de despotismo aterciopelado- cociéndose permanentemente a su alrededor no les obliga a permanecer en silencio. Faltaría más. Por el contrario, son los hombres ofuscados, aquellos que aún doble o triplemente vacunados siguen llevando la mascarilla y el terror a cuestas, y que miran con animadversión a los no vacunados, quienes, como los animales agonizantes, debieran esconderse o ser recluidos. No los sanos.

 

Es triste que la buena fe, por culpa de la miserable propaganda de plutócratas y marxistas, sea hoy entre nosotros un nombre sin sentido. Pero tranquilos, porque este desconcierto, esta inseguridad, esta desconfianza, esta insolidaridad delatora, esta división inoculada en la sociedad, acabará siendo arreglada por los eminentes dignatarios, del rey abajo, que se hallan al frente de nuestras ejemplares instituciones. Ítem más: si alguien presenta un recurso en debida forma, puede con absoluta garantía esperar que la debacle cívica que nos divide y amarga sea paralizada por nuestros Tribunales, como han hecho hasta ahora con cualquier fechoría o sinrazón.

 

Esperar sentado, eso sí.