El concepto de Navidad cada año está más desvirtuado y falseado por una sociedad enferma de idiotez y consumismo desaforado y estéticamente hortera. El calendario, desde mediados de diciembre hasta los primeros días de enero, se alarga y se adecua a unas celebridades falsas que nada tienen que ver con el sentido espiritual cristiano de la natividad del Señor. La batalla ganada por el ateísmo y el laicismo de la izquierda es el triunfo sobre una Iglesia que debió salvaguardar lo que significa en su mayor sentido el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.

         Cristo nació, en nuestro rito sagrado, la noche del 24 de diciembre y nació en un portal en Belén porque San José tenía que censarse en su lugar de nacimiento por orden del emperador César Augusto, y ese lugar precisamente era la ciudad más arriba indicada al ser José miembro de la casa de David como María. Como ella estaba en cinta siguió a su esposo y además tenía que ser así, no solo por las razones administrativas ya explicadas, sino para que se cumpliera la profecía del nacimiento de El Salvador justo en ese mismo sitio. Así ocurrió que La Santísima Virgen se puso de parto allí, y dado que por el gentío que acudió para cumplir también con la obligación de censarse, todas las posadas estaban ocupadas, El Divino niño nació en un Pesebre en Belén. ¿Esto todos lo sabemos? Claro que no, porque si fuera de esta manera, si todos conocieran esta maravillosa historia se celebraría la nochebuena de otra forma muy distinta a esta. Sin comilonas ni borracheras. Sin escándalos ni juergas nocturnas.        

         La siguiente jornada festiva el 25 es el día de la Sagrada Familia y nada tiene que ver con un señor gordo en trineo repartiendo regalos y mucho que ver con el anuncio de un Ángel y la huida a Egipto. Pues según dijo el Ángel, Herodes quería matar al niño. Esta situación nos lleva al siguiente hecho y día. El día 28, tampoco entiendo por qué, siendo el día de los Santos Inocentes una fecha luctuosa, pues se conmemora la matanza de los niños menores de dos años llevada a cabo por Herodes I el grande, para con ella intentar deshacerse del Mesías, se celebre una fiesta de y para imbéciles con bromitas y gilipolleces, y tampoco entiendo que además la Iglesia lo permita... 

         Lo del 31 y 1 de enero es ya para alucinar, pues enmarcar los dos días en estas fiestas religiosas no tiene una razón lógica que tenga que ver con la Navidad y sí con el cachondeo y la locura de una alegría falsa y absurda enmarcada en el tránsito natural de un año al siguiente... 

         El día de Reyes es un día que tranquilamente se podría celebrar el 26 de diciembre y así representar una Navidad continuada en el correlato de los acontecimientos religiosos.

A mí me salen, por tanto, 3 días lógicos de una celebración navideña real y cristiana, lo demás es pura chifla de anuncios de colonias y de regalos que llueven de un cielo muy poco espiritual. 

         En esta sociedad laica y vacía de trascendencia ya ni siquiera en el mensaje del Rey se dice nada sobre lo que representa la Navidad y la llegada del que con su divina presencia ilumina un mundo y en nuestro caso una España en la que hemos desterrado la representación del hecho cristiano, por ejemplo, encarnado como testimonio religioso en las figuras de los nacimientos que se ha sustituido por abetos importados de otras tradiciones que no representan nada de nuestras creencias. Y también se ha destruido otro símbolo muy nuestro, aquellas tarjetas navideñas que llenaban nuestros buzones de correos y que ahora que somos tan modernos se han convertido en fríos pitidos de los móviles, esos terribles cacharros que marcan el ritmo de unas navidades cada vez más artificiales y trastocadas. Navidades globalistas que pretenden enterrar el concepto de civilización cristiana para convertirlo, y van camino de conseguirlo, en algo hueco de sentido y contenido iluminado con falsas luces de abarrotados mercados y almacenes llenos de desamparo y honda tristeza, en un consumismo donde Dios no cabe.