Cuando ocurren catástrofes del impacto del coronavirus, se generan infinidad de hechos susceptibles de análisis con los que prevenir futuros acontecimientos.

Esto es especialmente válido frente a fenómenos previsibles y evitables como fue y es el coronavirus y que por obra y gracia del letal Gobierno Sánchez-Iglesias se convirtió en no evitado, con las consecuencias que todo sabemos.

Con independencia del estudio global, fenómenos como el Covid, ofrecen múltiples oportunidades de análisis referidos a hechos y personas o personajes concretos. De forma sencilla obtenemos conclusiones que, si bien carecen del rigor científico o analítico complejo, nos permiten al común de los mortales sacar conclusiones útiles para conocer nuestro entorno y lo que podemos esperar de algunos de los ilustres miembros de nuestra comunidad.

El coronavirus ha puesto en escena, entre otras muchas, a tres personajes y a un acontecimiento con los que obtener conclusiones rápidas, para el día a día y con el valor añadido de que nos permiten visionar el panorama político actual.

El hecho no es otro que el 8M del que por supuesto no voy a hablar entre otras cosas porque creo abiertamente en la igualdad y estoy radicalmente en contra de la manipulación de la mujer por los izquierdosos radicales y rancios, aunque sólo sea por algunas de las vulgares y groseras proclamas exhibidas.

Los personajes son tres. Un trío en el buen sentido de la palabra. Tres ministras, tres. Tienen en común que las tres participaron en semejante bodrio aburrido y ordinario, el 8M. Y para colmo las tres resultaron infectadas por el virus, según dicen los medios de comunicación. Será verdad.

Una de las susodichas ministras, la que vive del cuento de la igualdad, la pareja del también ministro Iglesias, dicen que llegó al acto tosiendo a diestro y siniestro y según parece sabía lo del coronavirus. Ahí está el video donde afirma, sin pelos en la lengua, que este año acudió menos gente por el virus. Yo le pediría a la ministra que le pregunte a un epidemiólogo el número de infectados que un enfermo Covid origina con su participación en un acto multitudinario. Y ya puestos a preguntar que le pregunte, aunque sea por inferencia estadística, el número de ellos que fallecen. No tengo nada más que decir ministra.

Otra de las ministras que enfermó fue una que además es vicepresidenta del letal gobierno. Doy por hecho que, si lo del coronavirus lo sabía una de sus ministras, también lo sabría ella. Así las cosas, no tuvo reparos en animar a las mujeres a acudir al paseo. Y encima les dice que ”les va la vida en ello”. Hubiera sido una delicadeza por su parte, matizar y explicarles a las mujeres de a pie que el asesino no estaba en casa, que en esos momentos estaba circulando libremente por las calles de toda España, que tomaran precauciones, que no fueran, que se quedaran en casa. Que corrían peligro de muerte, por el virus. Ahora, que le pregunte a la pareja de Iglesias qué le ha dicho el epidemiólogo.

La tercera ministra infectada es la que se dedica a eso de la política territorial, vamos, a darle alas al independentismo. No puedo decir de ella ni mucho ni bueno, entre otras cosas porque es también responsable de la cartera de función pública y ni se ha enterado que los sanitarios son empleados públicos. Puede que sea la boba del grupo y no se enterase del coronavirus hasta que empezó a tener fiebre, posiblemente los mismos síntomas que la presidenta consorte, es decir, la pareja del presidente, a la que también vimos en la mani, junto a la ministrilla dando saltos y gritos, no sabemos si es porque es una aburrida y de verdad disfrutaba de la salida dominical o era para espantar al virus o porque ya tenía fiebre y deliraba.

Como médico que soy, no puedo culparles de enfermar, me lo prohíbe mi código deontológico y mi conocimiento científico, y además, aunque me rechazarían, me pongo a su disposición. Pero como español y dado que, aunque parezca increíble, estamos hablando del Gobierno de España, les culpo abiertamente de un comportamiento vergonzoso e indigno antes, durante y después del acto, del que deberíamos sacar conclusiones útiles.

Las tres, lejos de asumir su responsabilidad, al menos política, siguen ahí, en sus ministerios, como si no hubiera pasado nada. La fiscal general del Estado es compi. Se han librado del virus y se van a librar de responder, pero como calaveras vivientes que son, sobre ellas recae hoy y siempre la sombra de miles de fallecidos.

Gracias a ellas no hace falta criminalizar el 8M, ya lo hacen estas tres.