El conocimiento de la historia de la izquierda no suele derivar del estudio estricto de la misma, sino de una pseudo-leyenda mitológica de hacendado que se vale de fetiches anacrónicos y de la exacerbación sentimental para generar una mentalidad de grupo fundada sobre una idealización delirante del pasado. Así ocurre con la tiranía cubana y con algunas figuras repugnantes de su historia como Fidel Castro o Enresto “Ché” Guevara. Estamos asistiendo a cómo Podemos sale en la defensa de la dictadura cubana, como ha hecho con Venezuela o con Irán en otras ocasiones —por razones obvias—, en este caso hablando del “bloqueo” inexistente que utilizan como Don Quijote al “maligno encantador” que convertía a las ovejas en huestes a batir; y el PSOE, más comedido y contando con que sus socios vicarios están encargados de embarrarse con el trabajo sucio, se niega a calificar la tiranía de dictadura, sabedores de que negar la valía del proyecto comunista cubano sería negar su propia raíz ideológica y, en su lugar, optan por hablar del supuesto “embargo” o por escudarse tras rebuscados recovecos dialécticos que les eviten decir aquello para lo que no están preparados: que el mito resulta ser una farsa lancinante cimentada sobre incontables víctimas. En algunas cosas la izquierda se las da de progresista, y es probable que lo sea, pero la verdad es que mientras que la derecha (de verdad) defiende ideales inherentes a la civilización —la confesionalidad, la vida, la familia tradicional—, la izquierda defiende ideas de hace dos o tres siglos de existencia y perfectamente fechadas en la historia —la igualdad, la redistribución de la riqueza, la expropiación—, que les obligan a hacer a día de hoy acrobacias intelectuales irrisorias.

Las vidas de los negros importan, como la de George Floyd, un hombre afroamericano asfixiado de forma despiadada por un psicópata con uniforme y placa de policía que ya pena en la cárcel, merecidamente, por su delito. Pero su asesinato fue usado por la izquierda para generar actos de vandalismo y pillaje, protestas sociales y un numerito mediático deleznable que todavía padecemos en las competiciones deportivas y en los festivales cinematográficos. Todo porque ocurrió durante la presidencia de Donald Trump, político incómodo, por independiente, para las élites financieras globales que, por contra, han financiado hasta la extenuación al electo –de forma irregular– Joe Biden o, antes, a Hillary Clinton, a los que no se les organizan estas campañas aunque los negros sigan siendo asesinados por policías en algunos casos concretos.

Las vidas de los homosexuales importan, como la del tristemente célebre Samuel, un muchacho asesinado de forma salvaje en una reyerta callejera de hace unas semanas pero que ha sido utilizado desde entonces, contra los deseos explícitos de su desdichado padre, por la izquierda para culpabilizar, mediante un relato bilioso, precoz y alejado de los hechos concretos hasta ahora conocidos, a Vox. Todos los días nos encontramos con campañas similares que, con el móvil de la “violencia de género”, de la “homofobia” o de las declaraciones “políticamente incorrectas” de alguien, crean en la población un estado de “alerta antifascista” (carcajadas) que, sin embargo, no parece despabilarse cuando la tiranía cubana encarcela a periodistas españoles o detiene a youtubers cubanas a mitad de un programa. Por cierto, en ambos casos, mujeres, sin que Irene Montero se haya pronunciado en su defensa hasta la fecha.

Las vidas de los pasajeros de las pateras importan, como la de tantos ahogados en playas europeas que han copado las portadas españolas —imágenes de muertos por coronavirus y de la supuesta crudeza vivida en los hospitales no hemos visto ninguna; tampoco de los muertos en atentados terroristas en tierras españolas— a lo largo de los últimos años. Porque interesa crear un relato de victimización que nos haga pensar en el africano que se muere de hambre en lugar de en el español que no llega a final de mes, cuando los problemas, como es sabido, han de resolverse de forma local y no global.

Tampoco hemos escuchado a los orgullosos demócratas que defienden entre lágrimas su hidalguía política ante la “amenaza fascista” (redoble de tambor) de los que piensan distinto, cargar contra la desaparición, el asesinato y la censura que se padece en Cuba desde hace seis décadas. ¿Dónde están los aguerridos periodistas progresistas cuando el enemigo tiene una entidad real y concreta? Ah, entonces se escudan detrás de los “intereses económicos españoles en Cuba”: les interesa más la industria hotelera de allí que la de aquí, por lo visto y a tenor de su entusiasmo que manifiestan ante las medidas restrictivas impuestas por las Comunidades Autónomas a los locales patrios...

Las vidas de los cubanos negros, de los cubanos homosexuales o de los balseros cubanos no importan en absoluto a la izquierda. Que el “Ché” Guevara sea, como han demostrado todos sus biógrafos competentes, uno de los asesinos de homosexuales más prolíficos registrados en la historia, poco representa para la izquierda. Que Raúl Castro haya sido la bestia negra de la homosexualidad en Cuba —quizás por razones biográficas insospechadas para el no informado—, no zahiere a la izquierda. Que Fidel Castro se haya enriquecido personalmente, al tiempo de empobrecer al país —basta comparar la renta per cápita con los Castro y con Batista— y de encarcelar, matar e inducir al exilio, no importuna a la izquierda en sus loas, como la de Yolanda Díez, con motivo de la muerte del cabrón. Porque todo eso ocurre en Cuba, un régimen comunista, el último régimen comunista —otros países comunistas no levantan las mismas pasiones por su modelo económico mixto, como China— que tiene su fundamento en un momento previo a la Caída Del Muro de Berlín.

Todas las ideologías modernas, sobre todo aquellas encuadradas dentro de la izquierda política —socialismo, comunismo, altermundismo y demás ralea—, están sustentadas en el idealismo. Incluso aquellas que se jactan de materialistas. Es normal, entonces, que no vean la realidad ni las implicaciones que los hechos fácticos —como los ocurridos estos días en Cuba— conllevan. O que solo lo hagan cuando encaja con su modelo mental preestablecido y falsario. Eso les permite no ver que Cuba es una dictadura comunista, con sesenta años de tradición, de la que beben sin excepción todos sus modelos políticos actuales en lengua española, a este y al otro lado del océano. Y les permite prescindir de las vidas de los cubanos, que no importan a la izquierda un carajo porque no encajan en su espurio relato vesánico. Por eso quienes despreciamos intelectualmente a la izquierda debemos redoblar nuestros esfuerzos por trasladar al pueblo cubano la realidad histórica innegable por la que cuentan, en España, con un hermano espiritual dispuesto a apoyar hasta el final en su lucha por la libertad, la dignidad y la consecución de la democracia. Una vez más, ¡Viva Cuba Libre!