Al caer la tarde, las veces que paseo por el Muelle de la Sal, a orillas del Guadalquivir, con disimulo y la añoranza del ayer, con la alegría de experimentar que el amor y el cariño se abren paso este tiempo de penumbra, con la complicidad de aquel otro yo que aún permanece en mí, observo a decenas de parejas que se inician en la natural común unión de hombres y mujeres, unas pasean de la mano y otras se besan sentados ambos en el borde del malecón.

Es justo entonces cuando me asalta una creciente indignación al tomar conciencia de lo atados en corto y del trampeo que rodea a estos muchachos, supongo que sin ser plenamente conscientes ellos y ellas de la encerrona que les tiene montada un gobierno que se llama feminista, pero que en realidad es una banda de indecentes sin escrúpulos.

Las esperanzas de toda primera juventud, los proyectos de formar una familia y demás ilusiones que uno tiene al abrirse a la vida, aquí y ahora se ven condicionadas, violentadas y teledirigidas a capricho por un régimen feminazi que ya tiene elaborado un perfil para cada sexo y una jurisprudencia acorde a ese perfil: “Los varones son violentos, potenciales violadores, maltratadores de mascotas e hijos, siempre culpables; ellas son seres de luz que nunca mienten, mi maltratan, ni son violentas, siempre víctimas”. Pero realidad es que la maldad no tiene sexo y tanto maltrata y mata una mujer, como mata y maltrata un hombre.

Establecer un compromiso hombre-mujer, a día de hoy en España, es una empresa de alto riesgo que además carece de sentido porque se sustenta en una desproporción de derechos que hace inviable y desnaturaliza dicho pacto. Un matrimonio civil, en cualquier país no metastasiado por el feminismo radical, como es el caso de España, es una empresa entre dos socios en igualdad de derechos, otra fórmula no cabe, ya que sería inconstitucional.

Una pareja que decide caminar de la mano no puede sustentarse por ley feminista en que la palabra de ella prevalezca sobre la de él. Los hombres no tienen hijos para que se les niegue su derecho a la crianza compartida con tan sólo una denuncia falsa o denuncia de género. Los hombres no se lanzan a la paternidad para que les escondan o secuestren a sus hijos. Hoy en día, los padres deseamos ejercer de padres sin riesgos, en igualdad, en legalidad, desde un Derecho de Familia y una justicia justa que no distinga el sexo, sino que juzgue a personas.

Si la baja política española se propuso destruir la familia, rasgar el tejido social, crear resentimiento entre hombres y mujeres, su tarea está casi finalizada, porque ¿quién se arrima a una mujer convertida ésta en un explosivo inestable que puede estallar en cualquier momento? y ¿quién tiene un hijo para no poder convivir con él y que además te lo embrujen con el Síndrome de Alienación Parental (SAP)?

El engaño a los jóvenes, el maltrato a la familia natural, los diferentes derechos según sexo y el despliegue y la toxicidad social de una basta y vasta jurisprudencia feminista, ahí están y ahí estarán por decenas de años más si no ocurre un vuelco político que eche a esta gentuza.