(A Laura Garay, valerosa valkiria)

Siempre tuve claro que la valentía es entrar en una batalla que no estás seguro de ganar. Es más, estás casi convencido de que vas a perder. La valentía siempre ha acreditado, y así se le ha reconocido, al pueblo español. Oponerse - astures, cántabros, lusitanos- al letal Imperio, por poner un ejemplo, me reconcilia con lo más noble de mi estirpe. Pero ya se sabe, “excusatio non petita, accusatio manifesta", lengua por otra parte de la Roma injustamente vencedora. Y la que utilizo, aparte del euskara, habitualmente, derivada del latín es. De entraña guerrera a pavorosa cobardía o, lo que es peor, de inexcusable desesperanza, el pueblo español, horizonte desolador.

Podríamos aprender de Trapito

Lo hablaba con el editor Francisco Lanzas, paradójico - afortunadamente muy paradójico - fascista, hace escasos días. Sobreabundancia de cagaletas, superávit de dodotis. Lastimoso panorama patrio. Tras departir sobre el zombieland patrio, surgió la abisal cuestión del miedo, semillero de esclavos. El pueblo llano, por definición, temeroso, medroso y vil.

Miedos clásicos. Al mar, a los peligros naturales, al sufrimiento, a la enfermedad, a los territorios desconocidos, a la noche, a la pérdida, a los aparecidos, a las alimañas, a la guerra, a la revolución. O, tan actual, a las pandemias, falsas o no. Miedo al otro, al judío, el clásico de nuestros antepasados. Y a otros "extraños", socorridos chivos expiatorios. O emisarios. Por ejemplo, miedo al negro que va a taladrar el chichi de tu  novia blanquita, ella prefiere su pollón, obvio. Miedo paralizante como impecable forma de control social. Y mental. Pero sobre todo, le recordaba a Lanzas, el miedo a la muerte, el primigenio, el originario, el genesiaco. El resto, temores vicarios. Sucedáneos.

Sin miedo, libre

Y, ahí surgió, Epicuro. Y su jardín.  Para Epicuro “es necio quien dice que teme a la muerte, no porque le angustiará al presentarse, sino porque le angustia esperarla”. Pensar en la muerte significa empequeñecer de algún modo el placer de vivir, puesto que se está creando en el hombre una innecesaria “turbación”, un alucinante colapso al no poder llegar a la realización plena de la felicidad por medio del placer, preferentemente intelectual.

Desde el punto de vista epicúreo, una vida plena y alegre está determinada por la relación entre la ausencia de obsesivas e irreales preocupaciones y la búsqueda del placer para alcanzar la felicidad. Ocuparse y preocuparse, orteguiana distinción. Y que tanto me repite mi admirado padre. Como le recordé a Lanzas, sin miedo a la muerte obtienes algo aproximado a felicidad. Y, sobre todo, oxigenante libertad. Suelto como los chuchos, cínicos en este caso. Solo es libre el hombre que carece de miedo a la muerte.

Trapito, de cobarde a valiente

Tras colgar, poco después, me acordé de mi venerado Trapito. Al poco de comenzar a colaborar con este diario (primero Sierra Norte Digital, más tarde El Correo de Madrid), ya les hablé de este maravilloso espantapájaros. De áureo corazón, le puede la melancolía. Amarrado de por vida al suelo, cobardea. A veces se necesita un empujón. Amical. El Patriarca de los Pájaros le encomienda a Salapín la misión de ser el guardián de las ilusiones de Trapito. Y en el  arduo transitar de cobardía a valentía aparecerán amigos como Larguirucho, Espumita y Caballito de Mar, pero también, ineludible es, horrendos y malvados enemigos como el pirata Mala Pata y su secuaz, pero siempre fiel, Ataúlfo, cuervo locatis.

Y, sobre todo, Trapito senderea, sin perder la sonrisa y el buen humor. El verdadero hombre sonríe ante las dificultades, cobra fuerza de la angustia y crece valiente por la reflexión. Por muy dolorosa que ésta resulte. En fin.