La tertuliana progre Elisa Beni ha desatado una tormenta tuitera por afirmar que las generaciones más jóvenes de nuestro tiempo no adquieren una vivienda ni forman familias por preferir estar tomando copas en los bares, algo que no se habría visto hasta ahora. Es curioso que lo diga alguien que, al menos por su edad, debe haber conocido épocas como la movida madrileña y los años noventa, marcados por un hedonismo que nada tenía que envidiar al de nuestro tiempo y, si acaso, más peligroso por todas las muertes provocadas a raíz de las drogas y el SIDA. De aquellos polvos estos lodos, dice el refrán; y si hoy la chavalería se comporta como los petardos que aparecen en las series de Netflix es gracias a quienes, desde 1968 en adelante, se han empeñado en convertir el mundo occidental en un frívolo parque de atracciones.

Hay quien ha traído a colación el discurso de Ana Iris Simón en medio de esta polémica. Pero, curiosamente, la autora manchega también aludía en su libro a algo de lo manifestado por Elisa Beni: la mayoría de los jóvenes no tiene hijos, simple y llanamente, porque no quiere. ¿En qué se diferencia, entonces, la situación que vivimos en España respecto a hace una década? Por entonces irrumpió el 15-M y sus indignados a causa del malestar de una juventud a la que se engañó prometiéndole que por por el simple hecho de estudiar y esforzarse tendrían garantizado un cómodo porvenir; hoy esa frustración ni se contempla, gracias en buena parte a una precariedad material y vital asumida y anestesiada con TinderGlovoUber y demás aplicaciones con todo tipo de servicios. Parece mentira, pero en España hemos pasado de escuchar "Nos mean encima y dicen que llueve" a "Tenemos que hacer sacrificios por el bien del planeta y contra la guerra de Putin", como si en ambos casos no estuviéramos ante el mismo fenómeno: la aplicación de recortes en la calidad de vida de la población.

En cualquier caso, el descenso de la natalidad es algo constante no sólo en España, sino también en todo el mundo occidental durante las últimas décadas. Y países orientales como China y Japón también observan con preocupación el envejecimiento de sus poblaciones. Parece que, a medida que aumenta el bienestar, la capacidad de sacrificio y el instinto de conservación de las comunidades humanas se reduce. No es cuestión de consolarse con el mal de muchos, consuelo de tontos, pero sí de llamar a las cosas por su nombre: por mucho que se quiera acusar a las generaciones más jóvenes de hedonistas, caprichosas, egoístas y todo lo que se le antoje al tertuliano de turno, no dejan de ser el resultado de toda la propaganda y mentalidad con que han sido criados. Es más, una feminista como Elisa Beni debería sentirse muy satisfecha de que la juventud, especialmente la femenina, rehuya de la maternidad como de la peste y prefiera optar por dedicar su tiempo a las copas en una discoteca. ¿Acaso no es eso lo que han entendido históricamente como una liberación de la mujer?

No obstante, quien sí desea formar un proyecto de vida se encuentra con unas limitaciones materiales que las generaciones predecesoras conocieron también, pero a un menor volumen. La gentrificación de las ciudades y el elevado precio de los alquileres, junto con la mayor dificultad para adquirir una vivienda propia, la precariedad laboral reforzada por la legislación del Gobierno presuntamente socialcomunista... Y, tal vez el mayor escollo, el espíritu posmoderno. ¿Cuántos jóvenes estarían dispuestos a dejar de disfrutar de unas vacaciones en la playa o en un festival de música, o de renunciar a tomar copas un sábado por la noche, por tener que ocuparse de unos hijos, es decir, a reducir su calidad de vida por traer otras al mundo? Mejor dicho, ¿cuántos de esos jóvenes estarían mentalmente en condiciones de comprometerse con otra persona en algo que hasta hace bien poco era lo más natural del mundo? Si ya se ha normalizado que para algo tan básico como la procreación haya que pasar por clínicas de fertilidad, ya que la edad de tener los hijos se retrasa demasiado en pos de vivir experiencias y disfrutar de la vida (mantras posmos por excelencia), no sería de extrañar que, al igual que ocurre con las depresiones, de aquí a unos años sea la clase política de turno quien tenga la ocurrencia de que la incapacidad de los individuos para comprometerse y formar familias sea afrontada como una competencia del propio Estado (tras la propuesta de un Infojobs público, consecuencia de la incapacidad del Estado para ayudar a encontrar empleo, ¿tendremos un Tinder también público?: el tiempo lo dirá).

El posmodernismo es un virus que, dentro de lo malo, nos está dejando momentos sublimes. Los progres justificando la gestión del Gobierno sanchista como muy positiva y culpando a la juventud más feminista, inclusiva y tolerante de la Historia (según se vanaglorian los pedagogos de turno) de ser unos irresponsables que sólo piensan en empinar el codo, no es algo que se vea todos los días. El problema es que las grandes multinacionales farmacéuticas no parecen estar por la labor de buscar una vacuna contra este virus. Aunque no debería hacer falta, porque para llegar hasta el momento presente de la especie humana (éste que los lerdos consideran la culminación de todo a lo que puede aspirar el hombre) se ha transitado sin muchas cosas que hoy se nos antojan imprescindibles y que, no obstante, podríamos volver a vivir sin ellas.