Las guerras se saben cuándo comienzan, pero nunca cuando terminan. Y esto es la guerra, una guerra mundial revolucionaria de nuevo cuño y más peligrosa que las conocidas hasta ahora. No hay frentes convencionales definidos, movilización de tropas, ni militares, ni misiles o bombas destruyendo ciudades. Sin embargo, los aún incipientes efectos que estamos empezando a ver son verdaderamente devastadores. Allí están, delante de nuestros ojos y solo hace falta abrirlos para comprobarlo.

Esta batalla crucial no ha terminado ni mucho menos, sino que acaba de comenzar. En el momento actual los primeros en caer han sido los más débiles físicamente, los ancianos y los más desfavorecidos. Sin pretender ser catastrofista, creo que lo peor está por venir. Ya se puede ver la destrucción de los sectores más sensibles del tejido productivo de las naciones y que tendrá como resultado gravísimas consecuencias sociales, como nunca se han visto.

Esto no es nuevo, se lleva preparando el terreno desde hace mucho tiempo y no se ha querido ver por cobardía y miedo a quedar fuera de lo políticamente correcto. Sus impulsores son poderosos y totalitarios, odian a los pueblos, su soberanía, la libertad y a la misma democracia. Son los ingenieros sociales omnipresentes y que durante décadas han manipulado las conciencias de millones en el mundo entero.

La llamada batalla cultural nunca se ha querido asumir verdaderamente por parte de las fuerzas políticas demoliberales, liberalconservadoras, o como se las quiera etiquetar, porque han sido parte del juego estratégico de lo que hoy podemos definir como mundialismo. Dejaron la economía y una parte importante de lo social en manos del capitalismo sin alma; y la educación, lo cultural y lo ideológico, en manos de la izquierda radical reciclada en las distintas minorías egoístas, ghettizadas y hedonizadas de un mundo sin ideales ni trascendencia.

¿Dónde estamos parados? ¿Existe aún un área política que podamos llamar “nuestra”, tradicionalista, conservadora, soberanista, patriótica e identitaria? Sí, existe. Está dispersa y en gran medida en silencio. Una parte se encuentra en formación y otra en crecimiento, pero sin la conciencia suficiente de ser la pieza de un todo que excede las fronteras nacionales, idiomáticas y culturales que comparten una misma raíz y un mismo destino.

Aún hay mucho prejuicio, desconocimiento e incluso miedo a tomar afrontar la situación. Harían falta referentes políticos que rompieran con ello y empujasen en una misma dirección, la contraria a la de globalismo sin rostro ni frontera, y que pretenden instalarlo sin que las mayorías se den cuenta de ello. Poco a poco, “por las buenas”, con sonrisas y colores brillantes, normalizando lo anormal, domesticándonos con el confort del salón y la plataforma de series, sobre todo a los más jóvenes, a los que están creciendo, a los pequeños, a los niños, entregando un planeta de arco iris donde todo es igualitario, placentero, dulce y con música bonita.

Para oponerse y plantar cara ante ello sería necesario la aparición de una nueva clase dirigente, política y administrativa, surgida de la mayorías silenciosas y conscientes de la actual situación de conflicto mundial entre la patria y el globalismo. La victoria del último modelo sobre el primero impondría una sociedad absolutamente distópica y totalitaria, y de ahí la importancia y gravedad del momento.

Esta situación no se limita solamente a nuestras fronteras nacionales. La lucha entre el globalismo y el patriotismo identitario se da a nivel europeo y mundial. Por ende, la estrategia a tener en cuenta debe contemplar este escenario repensando y reformulando ideas y modelos políticos del siglo pasado que han fracasado, adaptándose al nuevo contexto internacional, si pretendemos salir victoriosos ante el poderoso enemigo que tenemos enfrente.

A nivel regional, la Unión Europea, en este momento gobernada por las élites, ha dejado de manifiesto que encarna la avanzada del proyecto globalista. Frente a ello contamos con tres mil años de Cultura Europea e identitaria que se resiste a morir y que busca recuperar sus principios para poder legar en las nuevas generaciones un futuro de libertad donde la trascendencia, la tierra y los hogares sean los pilares que sigan sustentando nuestro carácter y nuestro ser. Todas las fuerzas identitarias deberían acercarse, dialogar, discutir y acordar una táctica común para sobreponerse a esta asfixiante situación actual y más aún ante la tragedia económica, social y cultural que tenemos en ciernes.

Pensar un nuevo mundo sustentado en la identidad milenaria de nuestra Civilización es el desafío. Las políticas del mundialismo están dispuestas a borrarla del mapa y a eliminar todo vestigio del pasado que no les guste o no sirva a sus intereses. Deberíamos enfrentarlas, oponiendo un proyecto patriótico que contemple las diferencias y particularidades históricas y culturales, contando con la colaboración entre los distintos pueblos con los que compartimos Historia, Cultura y Tradición.

Nos están robando nuestro ser, pretenden silenciarnos y quitarnos la libertad haciéndonos dependientes absolutos del Nuevo Orden Mundial. Ya están cambiando a su gusto e interés la Historia creando sujetos sin nombre ni memoria. Necesitan convertir al hombre en un simple número aislado en el egoísmo consumista y el placer efímero de una sociedad nihilista, hipócrita, malvada y manipulable. El “haz tu voluntad: será toda la ley” de indudable raíz oscura, es el lema de la mutación entre el capitalismo ultralibertario y el comunismo ultratotalitario que rige el globalismo pospandémico.

Sí, Identidad y Tradición, Cultura y Religión, con mayúsculas y sin complejos, sin pretender ser aceptados por el pensamiento único de la corrección política, luchando por la vida y por doblegar el invierno demográfico, por las obligaciones y derechos que nos competen como miembros de una comunidad organizada y con raíces profundas que tiene como fin el bienestar de sus gentes, su patrimonio y la custodia de sus creencias. En definitiva, la lucha por el sentido común y la naturaleza humana.

¿Suena “rancio”? Qué más da, si los que nos juzgan buscan destruirnos. Jamás podremos complacerlos ni ganar su voluntad justamente por ello. No debemos comprar su discurso ni adoptar su lenguaje ni símbolos. Tenemos de sobra, auténticos y milenarios y que han vencido mil y una batallas a través de los Tiempos. No busquemos ser aceptados por los que quieren borrarnos de la Historia ¿Nos llaman reaccionarios, conservadores, carcas y demás adjetivos presuntamente descalificativos? Qué más da si tenemos la fuerza y la convicción de la Verdad.

En Europa no estamos solos, somos millones y tenemos aliados en Oriente y Occidente, de Norte a Sur, solo es cuestión de reconocer la situación y empezar a andar. Deberíamos buscar acuerdos con el otro, dejar de lado algún aspecto propio y acoger otros que nos complementen para poder marchar en la misma dirección.

Repensarnos, dar el primer paso. Nunca ha sido fácil sino lo todo lo contrario, pero el primero es el más importante, el que no se olvida y entra en la Historia. Para ello es necesario ponerse en pie y mirar adelante. Andar, antes que sea demasiado tarde.