Recuerdo, hace muchos años, cuando un amigo, para impresionar a unas hermosas jóvenes forasteras que habíamos conocido, una noche veraniega, bajo el cielo estrellado coruñés, en una terraza de la avenida de la Marina, tras entregarle a una de ellas una “Medalla de Sufrimientos por la Patria”, le dijo que tal condecoración la había ganado en la guerra. Sorprendido, lo quedé mirando y no pude más que preguntarle, ¿qué guerra?, ya que, si había habido una, a mí nadie me avisó.

Tal parece que la historia se repita en estos días. No hace muchas fechas, escuché proclamar al siniestro José Borrell, con esa sonrisa cínica que se dibuja en su rostro, que se abandonaba Afganistán porque se había perdido la guerra.

También, en aquel momento, al igual que hiciera ante mi amigo en aquella terraza coruñesa, pregunté, esta vez para mis adentros, ¿qué guerra se había perdido?

Llevamos años, muchos años, escuchando aquello de que nuestras tropas, incluso nuestra Policía y Guardia Civil, se van a “operaciones de paz”, singular forma de referirse a unos escenarios donde se vive cualquier situación menos la de paz. Puede que no se trate de guerras declaradas, al menos formalmente contra nosotros, sin embargo, lo que si es seguro que hablamos de teatros de operaciones bélicas donde cualquiera de los que va corre el riesgo de morir en un ataque traidor, en una emboscada o en un vulgar atentado terrorista.

Hacía 2001, el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó la creación de una Fuerza internacional de asistencia para la seguridad, a la que nosotros aportamos, en 2002, un contingente de 450 efectivos, en los que se integraban Unidades de mando, comunicaciones, apoyo logístico, Ingenieros, un equipo de desactivación de explosivos y personal de apoyo al despliegue aéreo.

En agosto de 2003, la OTAN se hizo cargo de la situación, bautizando la operación con el pomposo nombre de “libertad duradera”.

Tras aquel gesto manifiestamente cobarde y traidor, del canalla de Zapatero, ordenando, en 2004, la retirada de nuestras tropas en Irak, dejando a nuestros militares y a todos los españoles a la altura del betún, para “salvar su culo”, ante una opinión pública internacional que nos miraba con desconfianza, en 2005 nos embarcó en la aventura afgana, asumiendo responsabilidades en determinadas zonas del país, llegando a enviar a la zona un contingente de 1.521 militares que se vieron incrementados posteriormente.

Durante este tiempo, además de misiones de seguridad, se realizaron otras de asesoramiento y de formación tanto de unidades militares, como policiales, en aquel lejano teatro de operaciones.

Incluso, tras adoptar esta medida intentando lavar un poco la cara, la actitud de nuestros sucesivos gobiernos mereció la crítica de muchos de nuestros socios de la OTAN, aduciendo que las posiciones en las que estábamos desplegados eran las más seguras y menos problemáticas del país y otras memeces por el estilo. Así le paga el diablo a quien le sirve, aunque seguro que, en el recuerdo de todos los socios de España, seguía presente la delación del traidor de Zapatero con el abandono de Irak.

Durante estos años, tanto la OTAN como la Unión Europea, alentaron la esperanza entre el pueblo afgano de que por fin podría abandonar la Edad Media en la que vive, para abrirse paso en el camino de la modernidad. Todo un espejismo a tenor de lo que está sucediendo estos días.

A lo largo de estos años de ininterrumpida presencia de los occidentales en Afganistán, el estamento político nos aseguró, una y otra vez, que se trataba de operaciones de paz conducentes, de una parte, a formar una especie de escudo protector contra el terrorismo islamista, y de otra, devolver la libertad al pueblo afgano.

Sin embargo, con la llegada al panorama político internacional de otro siniestro personaje, Joe Biden, entregado, en cuerpo y alma, en los brazos del globalismo internacional, tomó la decisión, no menos cobarde que la de Zapatero en Irak, de levantar el campamento y que los chicos USA retornasen a sus casas y ahí, en ese instante, cundió el pánico y empezó la desbandada general, al grito de sálvese el que pueda.

Y así, de repente, el mundo occidental perdió una guerra que nunca existió y si realmente la hubo, que yo creo que sí, la prensa y demás medios de comunicación, siempre sumisos al poder del dinero con que se les unta, se mantuvieron calladitos y sumisos.

Debería caernos a todos la cara de vergüenza al permitir que se produzca un hecho de estas características y así, tras llenar de pajaritos las cabezas de aquel pueblo oprimido, con promesas de libertad y modernidad, ahora, porque a las oligarquías económicas globalistas no puedan obtener provecho de la operación, levantamos el vuelo y dejamos a toda aquella gente vendida a su suerte.

No vemos siquiera que las feminazis, ni tampoco esas ministrillas de poca monta, ignorantes, zafias y sectarias donde de las haya, de la podemía malvada, clamen, voz en grito, en defensa de los derechos de las mujeres y de los homosexuales afganos que han quedado abandonados en medio de un clima de terror. Aunque ya sabíamos que, para esta gentuza, tipo la ex concubina y demás canalla, no todas las violaciones son iguales y si no que se lo pregunten a esa pobre chica de Formentera violada por varios ilegales.

Tampoco parece importar aquel escudo protector del que nos hablaban para evitar que en Afganistán se forme un campo de adestramiento de terroristas islámicos que, el día menos pensado, pueden darnos un serio disgusto en cualquier población de esa Europa, teóricamente libre y cada vez más cobarde, caduca e insignificante.

Eso sí, los políticos, todos ellos civiles, que gestionan la OTAN se han apresurado a amenazar, en plan rabieta de niño de colegio, con remitir tropas a la zona si los talibanes vuelven a ser malos. ¿Es que alguien realmente cree que se trata de gente con la que se pueda dialogar? Por cierto, ¿qué tropas van a mandar? Hace muchos años que la vieja Europa ha dado de lado a sus necesidades militares en la seguridad que papá yanqui, el viejo tío Sam, se encargaría de sacarnos las castañas del fuego, algo que, a lo que se ve, no va a suceder en esta ocasión.

Se nos acabó el “primo de zumosol” y si hay que defenderse nos toca hacerlo a nosotros solitos, así que será mejor dejar de pagar políticos inútiles y corruptos, asesores, televisiones autonómicas, enchufados, chiringuitos, estructuras de un Estado mastodóntico, coches oficiales, gastos de veraneo, policías autonómicas, embajadas regionales en el exterior, parlamentos autonómicos, etc., etc., etc., y atender los gastos militares y de defensa nacional no vaya a ser que las cosas se tuerzan y tengamos un día que dar la cara.

Sin embargo, resta por hacernos unas preguntas, ¿qué fuimos a pintar a Afganistán?, ¿resolvimos algo con nuestra presencia allí?, ¿hemos dejado un país próspero y libre?, ¿qué sucederá con los afganos que nos apoyaron y no podamos evacuar?

Resta, también, hacer una suerte de resumen final. Durante estos años hemos enviado a aquellos territorios un total de más de 27.000 militares y policías; hemos gastado la friolera de 4.000 millones de euros y lo que es peor, en Afganistán han dejado la vida por España 100 militares y dos policías y esos son los que merecen el mejor y más emocionado de nuestros recuerdos y ante ellos y su memoria tendremos que justificar, algún día, la felonía cometida.