Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del socialismo del siglo XXI. Este fantasma no es otra cosa que el viejo comunismo revestido con un ropaje pseudodemocrático. Pero no nos engañemos, bajo este disfraz, que apenas le da para tapar sus vergüenzas, se esconden los mismos objetivos totalitarios y represores, si bien, para alcanzar sus fines, sus promotores han sustituido la revolución violenta que preconizaba el marxismo clásico por una toma progresiva del poder en el seno de las democracias liberales, con el único fin de destruirlas, utilizando, para ello, una estrategia nítidamente populista, demagógica y frentista.

Con el fin de desenmascarar este nuevo intento comunista de reventar las instituciones democráticas y subvertir los valores de la civilización occidental, iniciamos con éste una serie de artículos en los que demostraremos, por un lado, que el marxismo, bajo cualquier forma que se nos presente, es desde el punto de vista teórico una falacia, esto es, una línea de razonamiento errónea, y, por otro lado, como desde el punto de vista de la praxis conlleva la implantación de un sistema político que conduce inexorablemente a la opresión y la miseria.

Así, hablaremos desde un punto de vista crítico del materialismo histórico como base filosófica del marxismo, de la dictadura del proletariado como forma de gobierno comunista, del neomarxismo cultural como un intento de superación de los viejos esquemas de actuación del marxismo clásico si bien manteniendo los mismos objetivos y por último del socialismo del siglo XXI comandado por dictadores latinoamericanos y que en España tiene en Podemos a su más fiel exponente. Así es que comencemos el proceso de deconstrucción del comunismo.

Karl Marx, cómodamente sentado en su despacho mientras sus hijos se morían de hambre, y Friedrich Engels, desde su holgada situación financiera de origen familiar, intentaron dotar al socialismo de un carácter científico del que carecían tanto el socialismo utópico (representado por Saint-Simon, Fourier y Owen) como el anarquismo (cuyos máximos exponentes eran Bakunin y Proudhon).

Para ello, Marx y Engels recurrieron a la dialéctica de Hegel (caracterizada por la célebre triada de tesis-antítesis-síntesis) como mecanismo evolutivo de la historia de la humanidad, sustituyendo el idealismo por el materialismo o, lo que es lo mismo, el espíritu o razón actuante por una fuerza material como es el modo y relaciones de producción.

En definitiva, Marx y Engels no hicieron otra cosa que reemplazar el idealismo dialéctico hegeliano por el materialismo dialéctico, para, así, elaborar su planteamiento sobre el devenir histórico.

Desde esta perspectiva, Marx, al concebir su teoría sobre la evolución de la historia, pretendió establecer las leyes que gobernaban su desarrollo, para así poder predecir las distintas etapas que jalonaban el devenir de la humanidad.

Sus elucubraciones acabaron alumbrando su teoría, conocida como materialismo histórico, según la cual la historia sigue un curso inexorable, en el que se van sucediendo distintas etapas que concluyen con el triunfo del comunismo.

Con este planteamiento de base, para Marx, en cada etapa de la historia, se dan unos modos y relaciones de producción que determinan la existencia de unas clases dominantes y otras dominadas. El antagonismo entre clases opresoras y oprimidas da lugar a una lucha de clases que va a ser para Marx el motor de la historia. A su vez, en cada etapa se producen contradicciones derivadas del crecimiento de las fuerzas productivas, las cuales se ven constreñidas por los modos de producción característicos del momento, produciéndose de esta forma el derrumbamiento y sustitución del sistema sociopolítico en ese momento vigente y el surgimiento de nuevas clases sociales antagónicas. En consecuencia, para Marx, en toda sociedad se daba una estructura de base de carácter materialista que actuaba sobre una superestructura de carácter ideológico. De esta forma, la burguesía destruyó el sistema feudal debido a que el desarrollo industrial y el libre comercio fueron incompatibles con el entramado socioeconómico existente; de igual forma la clase burguesa, enfrentada a la emergente clase proletaria, será incapaz de dominar las fuerzas productivas que el capitalismo ha puesto en marcha, de tal forma que su armazón político, económico y social se vendrá abajo, siendo el proletariado el brazo ejecutor de la demolición de la sociedad burguesa. En ese momento, la clase proletaria quedará como la única clase existente, por lo que desparecerán los antagonismos de clase y las contradicciones en el seno del sistema económico, produciéndose así el advenimiento del comunismo y el fin de la historia.

En definitiva el materialismo histórico es una teoría etapista, determinista y teleológica que no deja lugar al libre albedrío, ya que todo lo que en la historia acontece no se debe a la acción voluntaria del ser humano sino a la existencia de unas leyes materiales que determinan su devenir.

Sin embargo, a pesar de las pretensiones de Marx y lo elaborado de su constructo, lo cierto es que el materialismo histórico carece de todo fundamento científico. Así, como señala el filósofo de la ciencia Karl Popper, en su obra “Miseria del historicismo”, “la creencia en un destino histórico es pura superstición y no puede haber predicción del curso de la historia humana por métodos científicos o cualquier otra clase de método racional”. Y ello es así porque el devenir histórico está fuertemente influido por el crecimiento del conocimiento y siendo la magnitud del mismo impredecible también resulta, en consecuencia, impredecible el desarrollo de la humanidad en su conjunto. De esta forma, cabe decir, como señala Popper, que el historicismo está mal concebido y se cae por su propia base.

Pero es que además, los grupos sociales son sistemas dinámicos complejos en los que las relaciones causa-efecto no son lineales, por lo que están sometidos a lo que el matemático y meteorólogo Edward Norton Lorenz definió en 1963 como el “Efecto mariposa”, según el cual en todo sistema con un cierto grado de complejidad cualquier acontecimiento, por ínfimo que éste sea, tiene a largo plazo efectos absolutamente impredecibles, pudiendo incluso provocar alteraciones de gran magnitud. Ello determina que en las ciencias sociales el horizonte de predicción sea muy breve, echando así por tierra el soporte conceptual del historicismo.

Por otra parte, el materialismo ignora que el capitalismo, dada su dinámica interna, ha roto el sistema de clases sociales entendidas éstas como compartimentos estancos siempre enfrentados. Y ello es así, por un lado, porque la emergencia de una clase media en el seno de las democracias liberales ha difuminado los vínculos intraclasistas, debido a la confluencia de intereses comunes entre determinados grupos de capitalistas y trabajadores, y, por otro lado, porque la aparición de un alto grado de permeabilidad entre ambas clases sociales ha puesto a disposición de los individuos, ya sean de una clase u otra, el llamado “ascensor social”.

Si todo ello no fuera suficiente para convencer a los fanáticos del historicismo materialista, nos encontramos con el hecho de que Marx entendía que la revolución comunista solo podía darse en sociedades burguesas altamente industrializadas, ya que solo éstas presentarían un fuerte antagonismo de clase, por estar bien diferenciadas.

Sin embargo, también en el terreno de lo fáctico Marx se equivocó, ya que la revolución comunista por excelencia aconteció en la Rusia zarista, donde apenas existía burguesía. Por lo tanto, la revolución rusa se saltó la revolución burguesa, según el esquema etapista preconizado por Marx, pasándose directamente de un régimen de características feudales a un régimen de tintes comunistas. Para soslayar este grave problema teórico Lenin recurrió a una argumentación “ad hoc”, que es tanto como decir que dado que la teoría se incumple de forma palmaria, en lugar de rechazarla y sustituirla por otra, se crea un artificio argumental enunciado al hilo de lo acaecido, para de esta manera mantenerla y no enmendarla. Así, Lenin postuló que en el caso de la revolución rusa el proletariado había asumido una tarea que no le era propia, esto es, la tarea de destrucción de la sociedad zarista, defendiendo así una anomalía teórica a la que denominó “hegemonía”. Con ello, Lenin desarrolló el sofisma de que el proletariado ruso, a pesar de su escaso número, se alió con el campesinado para llevar a cabo la revolución comunista, manteniendo, no obstante y en todo momento, su posición preponderante.

Por todo lo expuesto, podemos decir, más allá de toda duda razonable, que si en el terreno teórico el materialismo histórico es insostenible científicamente, en el terreno práctico es un fracaso demostrado por los hechos.

Pero más allá de su insostenibilidad teórica y fracaso práctico, lo más grave del asunto es que en aras de un supuesto paraíso comunista -que no es otra cosa que una distopía delirante de profundas raíces totalitarias, al más puro estilo orwelliano- se elimina todo componente espiritual de la humanidad, ese componente intangible sin el cual el ser humano que sabe (homo sapiens) queda reducido a un ser humano que solo puede fabricar (homo faber). Triste destino para un ser capaz de transcender sus propios límites físicos para fusionarse con el “Uno cósmico”.